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El payaso de la fiesta

Amndré Rentería Meza,

Escritor

Se bajaron del autobús a toda prisa. El viaje se había demorado más de lo debido por causa de un accidente de moto. La mujer miró al cielo y supo que ya era tarde, así que aceleró el paso por la calle adoquinada.

A su hijo le costaba seguirle el paso, pero no tuvo impedimento para sacar de una bolsita de colores dos dulces de leche de burra. Desenvolvió uno y se lo metió a la boca, el otro se lo ofreció a su madre, pero ella lo rechazó con la cabeza.

—No estés comiendo tanto dulce, ya te comiste muchos —le dijo al niño sin quitar la vista del camino.

El chiquillo se tragó la golosina de un solo, como temiendo que lo obligaran a botarlo.

—¿Mami?

—Ajá.

—¿Te cuento algo?

—Sí, pero caminá rápido porque tu papá ya ha de haber llegado a la casa.

—Fíjate que cuando el payaso andaba repartiendo estas bolsas —el niño se las mostró—, me dio una cuando estaba sentado en la mesa del pastel, pero como yo después me moví a la mesa donde vos estabas, me volvió a ofrecer otra. Yo le dije que ya no me diera porque ya me había dado una, pero él me la regaló y me dijo que me la daba por honrado.

La madre sonrío.

—¿Qué es ser honrado, mami?

—Que sos un buen niño —dijo ella—, pero apúrate, no te quedés atrás.

Guardaron silencio el resto del camino.

Doblaron la esquina del pasaje y la mujer vio el automóvil de su esposo estacionado. Apuró el paso a manera de zancadas. El niño, que no podía caminar a su ritmo, decidió correr hasta la casa con sus dos bolsitas llenas de confiterías y bombones.

La mujer llegó instantes después a la casa. Cruzó la puerta y vio a su esposo sentado en su sillón frente al televisor y con el semblante serio. Quiso saludarlo de beso, pero él la esquivó. Ella volvió la mirada a la pantalla, estaban dando el resumen del partido de fútbol. Fue a dejar su cartera a la habitación.

—¿Cómo quedaron? —preguntó ella para sacarle plática.

—¿A dónde andabas? —respondió él.

—Ahora fue la piñata de un compañerito del niño. Ayer te pregunté si querías ir, pero me dijiste que ibas a ir a ver el clásico con tus compañeros de la oficina —le contestó con seguridad—. ¿Ya comiste?

Hubo silencio.

Ella se cambió los zapatos por unas sandalias de goma. Salió del cuarto y fue a la cocina para prepararle algo de comer a su esposo. Él se levantó de su sillón y se fue detrás.

—¿Y estás son horas de venir?

La mujer estaba sacando un sartén con arroz de la refrigeradora para ponerlo a calentar.

—Te estoy preguntando si estas son horas de venir —insistió él—. ¿Con quién estabas?, decime.

—No vayas a comenzar otra vez con eso.

—¿Que no comience con qué?, ¿que no comience con qué? —el hombre caminó desafiante hasta ella y le torció el brazo—. ¿Con quién estabas, pues?

—Ya te dije que estaba en la piñata con el niño.

—A mí no me das paja —replicó él y la sometió con más fuerza.

La mujer soltó la cacerola. El arroz con maíz amarillo se esparció en la baldosa. El hombre le pegó una bofetada.

En ese instante llegó el niño dando saltos juguetones hasta la cocina.

—Papi, papi, ¿querés que te cuente una historia?

—Por supuesto, campeón.

La mujer aprovechó la oportunidad y fue al cuarto de servicio a buscar una escoba y una pala para recoger el arroz. El niño comenzó a contarle a su padre la historia del payaso de la fiesta y de las dos bolsitas de dulces. La mujer llegó a la cocina y comenzó a limpiar en silencio. El esposo miraba con atención sus movimientos hasta que el niño terminó su historia.

—¡Qué bueno, hijo! —le dijo el padre con falsa alegría—, ahora váyase para su cuarto a jugar.

El niño obedeció y se fue dando brincos.

—¿Así que ahora andás cogiendo con un payaso?

La mujer resopló de asco. El hombre se acercó a ella y le dio un empujón que la envió hasta el piso. La escoba, la pala y el arroz también cayeron.

—¿Y si no andás cogiendo con el payaso por qué le dio tantos dulces al niño? —preguntó y sin esperar una palabra le pegó una patada a la mujer en el estómago—, ¡Contestá, pues! ¿Quién es el payaso ese?

El hombre levantó la escoba del piso y con la rodilla quebró el palo por la mitad.

—¿Así que andabas en una piñata con el payaso?

—Por favor, cálmate —suplicó la mujer.

—Yo no sé para qué salís de la casa si aquí tenemos nuestra propia piñata —le dijo él y comenzó a golpearla con el palo de madera hasta que se partió en dos.

Agitado, el hombre salió de la cocina, buscó las llaves del automóvil, salió a la calle y se marchó haciendo sonar el motor con furia.

Cuando todo el escándalo había terminado, el niño salió de su cuarto y caminó hasta la cocina. Observó los residuos del palo de escoba, el arroz con maíz amarillo desparramado, la cacerola dada vuelta y a su mamá tendida en el suelo con varias heridas y moretones. El pequeño se agachó a su lado y le preguntó con voz quebradiza.

—¿Querés un dulce, mami?

Ella lo miró con ternura y abrió la boca lentamente.

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