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Palmadas en la espalda

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Dicen que no existe muerto que no sea santo. Por aquello de que siempre se resalta lo maravilloso que fue el fallecido mientras estuvo vivo, sobre todo si era una persona importante o destacada. Sin embargo, no siempre es así.

Aunque muchos se dedican a defender a presidentes golpistas, dictadores o fundadores de partidos políticos, lo sombrío de sus personalidades terminan opacando tanto sus historias que el colectivo termina rechazando cualquier figura al ser cuestionada. Incluso al morir cualquier fulano se aprovecha para sacarle sus errores y humanidad olvidando que no es al dicho fulano al que golpean, sino a su familia. La virgulilla de la “ñ” en la historia desaparece si la consideramos innecesaria, aunque en el caso de los seres humanos no podemos negar la humanidad: tenemos defectos de fábrica. Decir que un individuo solo era maldad es igual de grave que afirmar que el santo era pura bondad. Despertemos, solo eran seres humanos que destacaron por algo. Individuos que en algún momento tuvieron el sueño de la perfección, pero como obvios seres humanos perfectibles apenas rozaron lo que inscribió sus nombres en la historia de forma positiva o negativa.

Creo que no hay mejor lugar para conocer ese toque de humanidad que en el mundo de la literatura, donde cada escritor además de escribir sus libros termina narrando su propia historia (creando un mito). Aunque, el resto de personas tengan su propia narración y vean al poeta con ojos benevolentes o inquisidores. Quizá la gran ventaja estriba en que los literatos no se toman la opinión sobre ellos tan personal, en la mayoría de casos no pretenden ser (del todo) lo que no son y se saben tan humanos que lo menos pensado para estos es fingir u ocultar su naturaleza, tienen la certeza de que solo son poetas.

Total los laureles solo son para los césares. Los que habitamos la vida deberíamos enfocarnos en la premisa de ser de utilidad, crear y vivir, antes que buscar aplausos. Lamentablemente en el mundo de los postulantes a poetas parece más importante que se brinde de honorario la palmada en la espalda y que le llamen “poeta” o  incluso atosigar de recitales a sus amigos, donde no llega casi nadie a disfrutar sino por compromiso.

Por eso es importante diferenciar entre el escritor y su obra. El autor no es lo que escribe, aunque las páginas que escribió surgieron de él y al final se defenderán solas si se hizo el trabajo que se debió hacer.

No podemos pretender que un hijo sea su madre. Sin embargo, siempre estarán relacionados. De igual forma la historia no puede sacudir a los literatos y borrarlos de su lugar, aunque sean los primeros ajusticiamientos durante una revolución o en un golpe de estado; por la sencilla razón que ellos son los que escriben la historia.

Un poeta no es su obra, pero deja el alma en cada verso de la misma forma que el narrador termina por reflejar su entorno y darnos un trozo de su mirada.

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