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El paso de la recua

Arturo Ambrogi

Escritor

 

Cae perpendicularmente el sol. Cae perpendicular, encendiendo ofuscantes reflejos en el polvo calizo de la carretera.

Es la hora del mediodía. La hora propicia en que los garrobos, abandonando sus cuevas, suben, rampantes, por los troncos de los viejos árboles, hasta la cúspide pelada y ahí plantados, parecen implorar una ráfaga de brisa. Es, también, la hora en que las culebras se enroscan en nudo más apretado, y así amodorradas se están, chitas, entre las requemadas macollas o se tienden , estiradas como chirriones, simulando estar muertas, entre el polvo blanco.

La naturaleza parece aletargada. Sumida en un sopor de plomo, en medio del cual apenas repercute, estridente, el agrio chirrear de las chicharras y de los chiquirines.

A ambos lados del camino se enristran, hasta perderse de vista, las cercas de piña, cuyo verde esmaltado, deslustra espesa capa de polvo. Las enredaderas, interpoladas entre las pencas espinosas, se han marchitado; y el entreveramiento de sus bejucos tostados, evoca en la imaginación, enjambre de víboras en celo. La hora es ardorosa. Los pájaros han enmudecido, dormitando la siesta. Sólo unos cuantos pijuyos resisten la temperatura, saltando con torpezas de tullidos, por entre los varejones de las escobillas. Van, armando una batahola de mil diablos. Para los pijuyos la hora del mediodía , es la hora de delectación . Y en medio al fuego canicular, ellos están como en su elemento, felices, satisfechos. En la soledad de un potrero, unos cuantos bueyes, echados a la sombra enrarecida de unos huachipilines, rumian despaciosos, lentos, entrecerradas las pupilas, la última brizna de hierba ramoneada. Los moscardones les asedian tenazmente; entre zumbidos que repercuten con vibraciones de enjambres de avispas; pero ellos parecen no darse cuenta, sumidos por completo en la beatitud del momento. El cono de paja de un rancho, resplandece como una colmena de oro. Al abrigo del corredor, sobre el suelo apisonado, varios perros héticos dormitan, mientras las gallinas les picotean entre las costillas, persiguiéndoles las pulgas. En el poyo el rescoldo humea. La mano descansa en la piedra de moler acabadita de lavar. Unos cuantos pollos desplumados revuelven en un rincón un destripado matate de tusas. El rancho duerme, rodeado de las inmóviles cepas de plátano, entre la lluvia de flores rosadas que brotan los caraos.

En el promedio de la carretera, entre los troncos macheteados de unos quijinicuiles , y al abrigo de sus tupidos follajes, están , desunidas, hasta ocho carretas. Cubren el cargamento de las carretas, cueros de res sujetados por los lazos. Los bueyes, desenyugados, han sido apersogados a los troncos de los mismos quijinicuiles , hozando en los manojos de zacate despenicado. Las doradas hojas, los tostados tallos, crujen entre los dientes que los trituran. Bajo las camas de las carretas, sobre el caldeado colchón de polvo, con la charra embrocada a la cara, los carreteros duermen a pierna suelta. Por entre la abierta sesgadura de la camiseta grasienta, el velludo pecho se descubre. Los carreteros roncan con estrépitos de fuelle en maniobra. Los moscardones zumban. Y la uniformidad de sus monocordios, arrulla el descanso de esos rudos transeúntes. Por el tupido follaje de los quijinicuiles se van colando, se van filtrando encajes de sol, los que se calcan sobre el piso, y ponen en la monotonía gris de la capa de polvo la alegría de frágiles bordados de oro, como en una frazada de gigante.

De pronto, una nube de polvo se levanta a lo lejos, al término del camino.

Primeramente aparece en espirales fijas, como si fuere la humareda de una quema. Luego, por momentos, se va acercando. Y conforme se acerca, toma mayores proporciones. Ahora, asciende en espeso manchón que dilata, ensuciando la limpidez reverberante del cielo, en que el azul es de cobalto. La columna se acerca, arrastrándose, envolviéndolo todo a su paso. Entre la columna de polvo, suena un recio pisotear de cascos. Y es una recua de mulas cargadas, la que llega, la que pasa, la que se aleja, estimulada por sus propios pujidos. Los azeales restallan. Los arreadores , cabalgando a la par, lanzan, juntan a los restallidos, brutales imprecaciones. Y conforme la estruendosa recua se aleja, la espesa nube de polvo se va aclarando. Poco a poco va enrareciéndose, va dejando descubrir entre su cortina, trozos del paisaje. Y no es sino cuando la última partícula flotante se asienta, que todo brilla de nuevo, como antes, uniforme, bajo el sol ardiente e impetuoso.

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