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Dos relatos de Mario Hernandez-Aguirre

La aventura

A Magda

“Que si nouns espérons, c´est contre l´esperance”.

Nicolas Pavillon, Obispo de Alet, en “Carta a Antonio Arnauld”. Agosto 1664.

Para encontrar el número colocar seis dados en el cubilete, y se lanzan de un solo golpe sobre la mesa. Si solamente se tiene un dado, se lanza seis veces seguidas. Pero se puede intentar la suerte en un número de cifras o de tiros superiores o inferiores a seis. El uso del cubilete no es absolutamente necesario ni indispensable. Se pueden usar dados de marfil, de yeso, de plomo, de hueso, de madera, de plástico, como se prefiera. Cualquiera que sea su color, peso, forma, brillo, precio, el resultado será siempre el mismo. Con la mano izquierda o con la mano derecha, se descuelga el teléfono y se marca sobre el disco el número obtenido. Ese número posiblemente no será el bueno, y en ese caso hay que volver a colocar el teléfono en su receptor. Posiblemente el error está en cualquier nerviosismo insignificante de la mano que tiró los dados, o de alguna arruga en el tapete de la mesa; y es posible que los dados han sido lanzados en un momento que no es el exacto o haberse equivocado al formar el número en el teléfono. Hay que intentar de nuevo. Es posible que surjan numerosos fracasos. Pero hay que guardar las apariencias y jamás encolerizarse de colgar y descolgar el aparato telefónico con toda calma y compostura. A menos que el azar nos simplifique la búsqueda y que haga marcar el número de los bomberos, o de la morgue, o de la hora exacta, o de informaciones o de larga distancia, o de cualquier otro servicio público, no se debe estar completamente seguro que el número compuesto figura en la Lista Oficial de la Dirección General de Teléfonos. Las tonalidades como silbidos agudos, el raro trac-trac-trac- que se escucha cuando llueve torrencialmente, la estática parecida a la de las radios, no son forzosamente índice de malos augurios. Los ruidos escuchados, pueden ser falsos o puede uno equivocarse al juzgarlos. Por otra parte no hay que fiarse de los que falsean la voz aunque digan que se llaman González, o López o Martínez, y que pretenden afirmar que escuchan de buen gusto. Hay que exigir del interlocutor una prueba de buena fe, y si duda en proporcionarla, de inmediato solicitar que le comunique al Gran Jefe. Si él se llama verdaderamente González, o López o Martínez, con seguridad que colgará, y probablemente antes va a pronunciar un insulto, ya que es casi seguro que se le ha sacado de la cama y se le ha interrumpido el sueño. Podría también suceder que el otro se apresure a preguntar quién llama, entonces lo más conveniente es colgar inmediatamente y con toda tranquilidad; mas si llega el caso que el otro conteste diciendo que el Gran Jefe está de vacaciones, o en una sesión privada, o enfermo, o bien que no existe tal gran Jefe. Esos son los casos más difíciles. En fin, se debe esperar igualmente a que el otro consienta en poner la comunicación con el Gran Jefe, de alguna empresa de responsabilidad limitada, o de alguna organización filantrópica o de un club de coleccionadores de mariposas, en cuyo caso es conveniente y aconsejable solicitarle cualquier cosa antes de colgar. Todo eso no importa. Hay que volverse a armar de valor, voluntad y paciencia. Probablemente se estará obligado a componer decenas, centenas, millares de números, a tal grado se terminará por no abandonar nunca el teléfono. De mala gana, la mujer demandará el divorcio; le abandonarán los parientes, los hijos, los amigos, los sirviente. No importa. Se quedará solo. Solo. De todas maneras siempre se ha estado solo. La tierra va a continuar su curso alrededor del sol y la luna va a continuar girando alrededor de la tierra. Los torrentes, los ríos, los arroyos continuarán perdiéndose en el mar y la rosa de los vientos de reunir las aguas. Para ti, los años van a seguir pasando, se envejecerá, con todo y esperanza. Terminarás perdiendo los cabellos, los dientes, el apetito; pero conservando la seguridad de escuchar un día a Aquél al que se ha estado llamando sin tregua ni reposo –la voz extraña, la voz desconocida de Aquél que sabe que esperas, y que dirá: “Habla, te escucho”.

Ese día, tal vez, ese día se sabrá, al fin, lo que quiere decir hablar…

 

DEL INFIERNO O DEL CIELO

A Christiane, la pequeña hechicera rubia de Lausanne

En Verbel, diminuta ciudad llena de ruinas que se levanta con su curiosa arquitectura a orillas del Infipar, vivía un hombre en un viejo caserón, construido sobre la ladera que domina el camino. Como todo el resto de los vecinos, era un hombre absolutamente normal: cumplidor de sus deberes, observador de las jerarquías, y, tal vez, un poco misántropo. Silencioso.

Durante el verano, cuando las aguas del río corren más límpidas y el sol dora los sembrados, murió Dionisia. La mujer que amaba.

Se le vio entonces abandonarse a largos paseos a la orilla del río. Le precedía su hermoso perro blanco que moviendo la cola, lo esperaba a la sombra de los árboles.

Los campesinos se acostumbraron a encontrarlo a las más altas horas de la noche, con una oscura y delgada capa protegiéndose de los vientos invernales; y, para todos los caminantes nocturnos no era ninguna sorpresa contemplar la ventana iluminada en la cima de la cresta que domina el paisaje.

Al volver el verano, bajó al río, siempre acompañado de su perro, y habló al agua, al viento, al cielo y al infierno, con su bienamada.

Escuchó la sonrisa del río, que en esa época corre límpido y cristalino, y también a una alondra que cantó en los árboles cercanos.

Entonces la vio. Pasó su mano temblorosa sobre aquella hermosa cabellera oscura que tanto había amado, y, sumergiendo sus ojos en los ojos de ella, quedó embelesado por el canto de la alondra.

Cuando el canto cesó, sintió las manos cansadas y un viento frío que venía del bosque.

Regresó, y todo en el pueblo había cambiado: las gentes, las casas, las calles, las torres.

Se acercó al jardín de la Iglesia en donde crecía la hierba y el musgo. En una plancha de mármol, ya astillada y rodeada de espinos, contempló la escultura de Dionisia, representando a Eva. En la mano derecha apoyaba la cabeza, y con la otra tenía la manzana. En la mejilla izquierda, se deslizaba una lágrima.

Sintió que habían pasado mil años entre su salida hacia el río y el regreso. De golpe se convirtió, entonces, en un montón de cenizas que quedaron frente al mármol y los espinos.

El perro blanco, salió del jardín moviendo la cola, y mirando hacia las nubes azules que pasaban encima de los árboles.

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