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El P. Rutilio Grande y Mons. Óscar Romero, Memoria Viva del Evangelio…

German Rosa, s.j.

La zarza ardiente del P. Rutilio Grande y Mons. Óscar Romero fue la llamada de Dios desde el pueblo humilde y sencillo de El Salvador. Tanto el P. Rutilio como Mons. Romero reconocieron el rostro sufriente de Jesús en el pueblo sufriente de El Salvador, especialmente en aquellos que sufren injusta e inocentemente. Ellos supieron ver los rasgos de Jesucristo en los pobres, los sencillos y humildes que les otorgan una autoridad que viene de su propia situación y condición. Autoridad que Jesús les dio al identificarse con ellos en el Evangelio, y explícitamente en la parábola del juicio final: “Y el Rey les dirá: les aseguro que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25,40). El reconocimiento de esta autoridad de los que sufren injustamente significa el reconocimiento de la inviolable dignidad del ser humano (Cfr. Metz, J.B. 2009. Memoria Passionis. Un ricordo provocatorio nella società pluralista. Brescia, Italia: Editrice Queriniana, p. 162). El P. Rutilio y Mons. Romero abrieron sus ojos a esta realidad y fueron sensibles al dolor de los que sufren. Jesús puso en el relato del juicio final, bajo la autoridad de los que sufren la historia entera de la humanidad: “Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ Y el Rey les dirá: ‘Les aseguro que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron’” (Mt 25,37-40). Mons. Romero y el P. Grande vivieron una espiritualidad y una mística de los ojos abiertos que los llevó a tener compasión. Y la mística de la compasión nace y se verifica en el encuentro con Jesucristo crucificado. La pasión de Jesús y su muerte en la cruz nos inspira y hace que nazca la compasión en el corazón del cristiano (Cfr. Metz, 2009, p. 165). En el Evangelio la autoridad de Dios se refleja de manera particular en el rostro sufriente de los empobrecidos, de los excluidos, de los que sufren y son víctimas de la injusticia.

1) El Evangelio, memoria viva que hizo arder el corazón del P. Rutilio Grande y de Mons. Óscar Romero

El encuentro con Jesucristo crucificado, la presencia viva de Jesús sufriente que trasparentan los rostros de los que sufren y de las víctimas, es lo que vivieron Rutilio y Mons. Romero y, en consecuencia, les llevó a mantener viva la memoria del Evangelio, el anuncio y la práctica apostólica pastoral de la buena noticia del Reino de Dios. El Evangelio es una memoria viva que hace arder nuestros corazones, así como sucedió con el corazón de Mons. Romero y también del P. Rutilio el Grande… El Evangelio es memoria viva como la zarza ardiente de Moisés; como la zarza ardiente del encuentro con el resucitado que tuvieron los discípulos de Emaús; en modo semejante el encuentro con los pobres, los sencillos y los humildes de Aguilares, El Paisnal, y tantos pueblos, barrios y cantones nuestros fue un “fuego” renovador para Rutilio y Mons. Romero. Así como el fuego que descendió sobre los Apóstoles en día de Pentecostés.

Sorprende positivamente la capacidad que el P. Rutilio y Mons. Romero tuvieron para tener esta apertura y esta disposición que les llevó a dar el paso de una experiencia eclesial que se distanciaba del mundo moderno y lo condenaba, al diálogo con él, y se fueron apropiando del Concilio Vaticano II y les impulsó para desarrollar su actividad profética. Esta experiencia les permitió la superación de un modo individualista de ver al hombre y a la fe, haciéndoles redescubrir la importancia de la comunidad. El Concilio Vaticano II creó un dinamismo de retorno a las fuentes de la revelación, a la Escritura, y por tanto actualizó una nueva visión de la existencia cristiana y de su rol en la historia humana. Todo esto como una renovación propiciada por el Espíritu Santo.

A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia se convierte en servidora del mundo (GS 40-43)1, que sigue el camino de Jesús pobre y humilde (LG 8)2 y que camina hacia la escatología (LG VII). La Iglesia se concibió a sí misma como semilla y móvil para la realización histórica del Reino (LG 5) y le permitió estar atenta a los signos de los tiempos (GS 4, 11, 44). Sin lugar a dudas, Mons. Romero y el P. Grande tuvieron una comprensión del Espíritu y la letra del Concilio Vaticano II, porque su obra apostólica pastoral muestra la excelencia de su servicio al Reino de Dios que estuvo atento a los signos de los tiempos.

2) Mons. Romero y el P. Grande se apropiaron del Concilio Vaticano II

El Vaticano II recuperó el concepto bíblico de Pueblo de Dios. Se trata del pueblo de bautizados que tienen la misma fe, una misma Escritura, que se nutre de la Eucaristía y que posee pluralidad de carismas del Espíritu (LG 12). La jerarquía se ubicó a partir de este momento, dentro del pueblo de Dios, no al margen o por encima (LG III). Tanto el P. Rutilio como Mons. Romero, ambos acompañaron al pueblo de Dios y lo hicieron en uno de los períodos históricos más difíciles y más complejos de la historia en el país.

La Iglesia pasó de ser concebida como sociedad perfecta, encerrada, viéndose a sí misma, a ser sacramento universal de salvación, sacramento de la unidad entre Dios y los hombres (LG 1, 9, 48; GS 45). Se superó el axioma clásico: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. El Concilio Vaticano II favoreció un cambio de concepción de la Iglesia en la práctica. Ambos, Mons. Romero y el P. Rutilio, tuvieron una práctica eclesial encarnada en la historia de El Salvador.

La Iglesia es sacramento de salvación en cuanto es una comunidad; la Iglesia está llamada a ser comunión (Koinonía). El plan de Dios es salvar la humanidad; es decir, salvar a los hombres y mujeres comunitariamente (LG 9), tal como apareció en Israel en el A.T. Y ellos, el P. Rutilio y Mons. Romero, nos hicieron ver con sus vidas que la Iglesia es Koinonia (Comunión) y al mismo tiempo Diakonia (Servicio) a favor de la salvación histórica y escatológica de la humanidad.

La teología de la Iglesia local es una de las mayores novedades del Vaticano II. La Iglesia local es la primera célula de la comunidad, reunida en torno a la eucaristía, que actualiza la memoria de Jesús. Es comunidad de fe y de fidelidad a la Palabra. A partir de este momento, la comunidad no se centra más en ella misma, sino que es comunión solidaria con los hombres y mujeres, en especial con los pobres (GS 1). La comunidad eclesial tiene como objetivo último la comunión con Dios y con la humanidad (koinonía), gracias a la acción del Espíritu. Por ello, las vidas del P. Rutilio y de Mons. Romero fueron tierra fértil para la acción del Espíritu de Dios, el gran protagonista de toda su actividad apostólica pastoral en El Salvador.

En síntesis, el Concilio Vaticano II recuperó la eclesiología de comunión de los primeros siglos de la Iglesia, en el contexto del diálogo con el sujeto social moderno que vive en un mundo industrializado, capitalista, con tecnología avanzada y migraciones urbanas; políticamente, este sujeto social se mueve en esquemas democráticos y participativos; religiosamente, valora la experiencia histórica, el sentido crítico, la ciencia, la antropología, en síntesis, es una Iglesia que asumió el diálogo con lo que se ha denominado la Primera Ilustración.

En el Concilio Vaticano II la Iglesia dialoga con el sujeto social moderno, tiene apertura al diálogo ecuménico, a la libertad religiosa y reconoce la autonomía del mundo creado con respecto a la Iglesia. El Concilio Vaticano II fue el principio y fundamento que posibilitó su aplicación práctica en América Latina a través de un diálogo con el sujeto popular emergente: los sectores populares, cuyo clamor de justicia se hacía sentir en el continente.

El sujeto social popular irrumpe en la historia de manera impetuosa y novedosa. Su crítica es al proyecto de la sociedad capitalista, la religiosidad desencarnada, individualista y poco sensible a la realidad social. Este sujeto es el que inaugura la llamada Segunda Ilustración y se constituye en el sujeto social de la eclesiología latinoamericana de Medellín y Puebla (Cfr. Codina, V. 1990. Para Comprender la Eclesiología desde América Latina. Navarra: Editorial Verbo Divino).

El Concilio Vaticano II fue un concilio de la Iglesia Universal y propició una verdadera renovación para toda la Iglesia.

La aplicación práctica del Concilio Vaticano II se realizó en los distintos continentes del mundo. En América Latina esta se hizo en la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín el año de 1968. Esta aplicación dio lugar a la acogida en la Iglesia de la llamada Segunda Ilustración o la Ilustración del “Tercer mundo”, en la cual se escuchó la voz de los pobres.

Rutilio y Mons. Romero encarnaron el Concilio Vaticano II en el horizonte que trazó Medellín, y esto los llevó por el camino del martirio. Sobre esto trataremos en otra ocasión.

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