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El imperio gringo y el cristianismo evangélico

Óscar Miguel Marroquín

Periodista

El verbo dominar resulta esencial para Estados Unidos, con dos objetivos principales: político y económico. El imperio entendió que no es suficiente controlar territorios y cuerpos humanos, sino también influir en la mente de hombres y mujeres; en otras palabras, instaurar en la mentalidad de los dominados una creencia casi irreversible: la fe cristiana, lo que lleva a los pueblos sometidos a volverse obedientes de manera voluntaria. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) asimiló completamente lo que expresó Carl Marx: la religión es el opio del pueblo, y así, el imperio comenzó a saturar la conciencia humana con símbolos, significados y representaciones relacionados con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

¿Cuál es el origen y la razón de esta nueva arma del imperialista?

La respuesta a esta pregunta se sustenta en tres elementos claves: en primer lugar, un componente que proviene de la doctrina Monroe; en segundo lugar, los Estados Unidos consideran la religión católica, especialmente la opción preferencial por los pobres, como una amenaza seria que podría intensificar la conciencia de solidaridad con los necesitados; esa caridad a la que se está llamado. Esta solidaridad implica hacer propios sus problemas y luchas, abogando por ellos; esto lo podemos leer en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Finalmente, el destino manifiesto: de acuerdo con esta concepción, el pueblo estadounidense ha sido elegido por Dios para crear una sociedad ejemplar y propagar los beneficios de la libertad, las instituciones republicanas y la iglesia protestante por todo el continente americano.

Es suficiente un poco de reflexión para comprender el propósito imperial; un objetivo cargado de malicia que condena a los individuos de principio a fin vivir en pobreza tanto material como espiritual de generación en generación. El imperio genera un Dios político que obliga al pobre a reafirmar su condición de sometido y, lo que es más grave aún, a aceptar que todo lo que vive el pobre en la tierra es por voluntad divina del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para Friedrich Nietzsche, la cuestión es evidente: en el pasado, el Dios representaba a un pueblo, la fuerza de un pueblo, todo lo agresivo y sediento de poder existente en el alma de un pueblo; ahora, simplemente es un buen Dios. Ahora es un buen Dios que aplasta toda capacidad de razonamiento de los pobres.

En América Latina, es decir, en nuestra América, muchas veces los pobres han alzado su voz contra la ignominia oligárquica e imperial; cuando no había otra salida, en ocasiones ese clamor ha tomado la forma de luchas violentas: Cuba, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Colombia, Perú y México, entre otros. El Salvador, por ejemplo, ha experimentado dos levantamientos armados en tiempos muy distintos, pero la causa ha sido exactamente la misma: la pobreza y la violencia impuesta por el Estado y los terratenientes o grupos oligárquicos. Es importante mencionar aquí las palabras de Óscar Arnulfo Romero, ahora conocidas en todo el mundo: «En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!». Para Romero, era insostenible el sufrimiento por el que atravesaba el pueblo y sus palabras dieron vida a este reclamo; los pobres caían masacrados por decenas, los ricos habían decidido matar antes que permitir, por ejemplo, una verdadera reforma agraria, que era lo que exigían los campesinos de oriente a occidente. Ante tanta brutalidad cometida por el Estado, Romero se convirtió en la voz de los pobres.

Asimismo, en Nicaragua, el pueblo se alzó en armas contra la dictadura que comenzó con Anastasio Somoza García, y después de 43 años, los pobres decidieron acabar con ella; tomando las armas como la única alternativa para liberarse de aquella insostenible situación política y económica. El pueblo indígena guatemalteco es otro ejemplo; Estados Unidos y su principal herramienta de muerte, la CIA, no dudó en planear y ejecutar un golpe de Estado contra el presidente Jacobo Árbenz Guzmán, quien para los estadounidenses cometió un error imperdonable: promover la expropiación de tierras en favor de los campesinos, es decir, el presidente Árbenz llevó a cabo una reforma agraria.

Tantas otras historias son bien conocidas en toda América Latina, historias donde los pobres han sido los protagonistas principales; en otras palabras, son quienes han pagado con sus vidas cuando han decidido construir una sociedad más inclusiva. Los modelos liberal y neoliberal, con Estados Unidos a la cabeza, han brindado todo tipo de apoyo a las oligarquías conservadoras, tanto militarmente como en el ámbito de un pensamiento religioso neoconservador que oscurece la razón de los pobres para que ignoren las causas reales que los mantienen en la marginalidad.

Este instrumento ideológico denominado neo cristianismo, creado por Estados Unidos, está actualmente evolucionando; el sionismo, en su locura mesiánica, está utilizando las iglesias evangélicas, principalmente en América Latina, para establecer una nueva forma de religión en favor de lo que los sionistas llaman el gran Israel. Esto no es más que un proyecto sionista que surge de un concepto ultranacionalista, fundado partir del Antiguo Testamento y con la pretensión extremista de conquistar territorios que abarcarían Palestina, Jordania, Líbano, Siria, partes de Irak, Egipto y Arabia Saudita. El historiador Ilan Pappé detalla la limpieza étnica que Israel lleva a cabo en la actualidad contra el pueblo palestino, una limpieza que realiza Israel en nombre de Dios y de la tierra prometida.

En la segunda parte de este artículo me ocuparé de la situación actual del sionismo y su influencia en las iglesias evangélicas en América Latina; por considerarlo de vital importancia en el análisis periodístico y en el pensamiento crítico.

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