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PDF-R: La comunidad tepesiana espera que el TPS se pueda extender a favor de 170 mil salvadoreños amparados en esta medida que les fue otorgada tras los terremotos de 2001. Foto: Diario Co Latino / Archivo

¿Qué es lo que realmente ha pasado con el TPS de El Salvador?

Raúl Miranda

El período formal de protección vencía el 9 de septiembre de 2026. Llegado el día, el Departamento de Seguridad Nacional no anunció una renovación, tampoco una terminación y mucho menos una solución permanente. Se limitó a decir que el anuncio se haría “en el momento apropiado” y que, mientras tanto, los salvadoreños conservarían su protección. Dicho en lenguaje sencillo: el gran anuncio consistió en anunciar que después habrá otro anuncio.

¿Qué significa realmente? Que los beneficiarios del TPS continúan, por ahora, protegidos contra la deportación y autorizados para trabajar. Pero no significa que se haya aprobado una nueva extensión con fecha cierta; no significa que el TPS esté garantizado por seis, doce o dieciocho meses; y, desde luego, no significa que se haya resuelto el problema de fondo de familias que llevan veinticinco años renovando una protección temporal.

La forma en que surgió la noticia también dice mucho. Según la secuencia pública, la breve declaración apareció después de que agencias como Reuters y Associated Press pidieran respuestas al Gobierno estadounidense. No fue una resolución (acto jurídico administrativo) detallada dirigida a los beneficiarios, con fechas, instrucciones y consecuencias. Fue una respuesta escueta entregada a la prensa, posteriormente convertida en titular. Si los periodistas no preguntan, probablemente continúa el silencio; y si continúa el silencio, alrededor de 170,000 salvadoreños deben adivinar qué quiso hacer el Gobierno con sus vidas.

Y sí, al menos todavía están protegidos, pero no es una protección que resuelva en la vida práctica. Por ejemplo, un salvadoreño acudió después del anuncio al Departamento de Seguridad Pública de Texas para renovar su licencia de conducir. No se la renovaron, pero tampoco se la negaron. Le entregaron un papel provisional indicando que el trámite quedaba pendiente de verificación de expediente. Es decir, llegó con TPS vigente y salió con una licencia en el limbo administrativo.

El caso muestra la consecuencia práctica de la ambigüedad. Para una agencia estatal, un empleador o una institución financiera, “está protegido hasta que anunciemos otra cosa” no sustituye una fecha verificable en los sistemas federales. Mientras Washington juega con el calendario electoral, la persona necesita conducir para trabajar, llevar a sus hijos a la escuela y atender sus obligaciones. La burocracia puede esperar; la vida cotidiana, no.

El limbo resulta electoralmente conveniente para Trump. Su administración ha terminado el TPS de más de un millón de personas de trece países, y figuras influyentes de su Gobierno han defendido públicamente la eliminación de estas protecciones. Una renovación firme podría desagradar a los sectores más recalcitrantes de su base, incluidos grupos supremacistas blancos que gravitan alrededor del movimiento MAGA. En cambio una terminación inmediata, tendría costos humanos, económicos y políticos en plena campaña de elecciones legislativas, y se enfrentaría al influyente lobby de la Alianza Nacional TPS.

La ambigüedad le permite no hacer ninguna de las dos cosas. No renueva formalmente para no desencantar a sus seguidores antinmigrantes; pero tampoco termina todavía para no cargar inmediatamente con las consecuencias. Trump mantiene abiertas todas sus opciones y los salvadoreños cargan con toda la incertidumbre.

Pero la conducta más reveladora, por su vileza y falta de escrúpulos, es la de Nayib Bukele.

No existe constancia pública de una gestión concreta y verificable suya para conseguir una nueva extensión. No se ha mostrado una carta, una solicitud formal, un acuerdo, una declaración conjunta ni un compromiso de Trump. Associated Press informó que Bukele ni siquiera había dicho públicamente si solicitó otra extensión durante sus reuniones con el presidente estadounidense. Ahora, cuando el beneficio estaba realmente en peligro, predominó el silencio.

Eso no impidió que su maquinaria de propaganda y “analistas” a sueldo construyeran rápidamente la historia de una supuesta negociación presidencial. Es la diplomacia invisible: no hay documento, no hay fecha y no hay decisión, pero hay que creer que Bukele lo resolvió.

También circularon videos de 2019 presentados como si fueran anuncios actuales de una nueva extensión. Los verificadores como Voz Pública demostraron que eran imágenes antiguas recicladas. Pero, en el ecosistema de propaganda bukelista, una grabación vieja puede rejuvenecer siete años si resulta útil para el relato.

Ahí está el fondo del asunto: Bukele no necesita resolver el TPS; le basta con controlar la narrativa sobre el TPS. No necesita obtener una extensión con fecha ni promover una solución permanente. Necesita que la población crea que su supuesta amistad con Trump produjo un milagro diplomático. Si después una persona no puede renovar su licencia, si un empleador duda de su permiso de trabajo o si una familia no sabe si debe vender su casa, ese ya no es un problema para Bukele. La noticia falsa ya cumplió su función.

Eso es la posverdad: el hecho objetivo —no existe una decisión final— queda subordinado a la utilidad política del relato —Bukele lo resolvió—. El silencio de Trump se transforma en negociación secreta; la falta de fecha se presenta como extensión; y una respuesta a periodistas se vende como triunfo presidencial.

Todo ocurre mientras la dictadura de Bukele se prepara para otra reelección inconstitucional. En ese contexto electoral, cualquier imagen de influencia internacional tiene valor electoral, aunque detrás de la imagen permanezcan intactos el miedo y la inseguridad de miles de familias.

Los salvadoreños con TPS son, así, los patos de la fiesta electorera de Bukele y Trump. Trump conserva una ambigüedad útil para no enfrentarse todavía con los sectores racistas MAGA. Bukele toma esa ambigüedad, la envuelve en propaganda y la presenta como una victoria propia.

Hasta ahora, lo único que ambos gobiernos han extendido con absoluta claridad es la incertidumbre.

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