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El gallo y el maicillo

Carlos Andrés Villacorta,

Escritor

Regresé de los Ángeles el día 18 de Mayo a las 7:00 de la mañana  vía  aérea  estuve cinco meses con mi hijo Emiliano y la mamá de él. El viaje fue para ir a ubicar a Emiliano y que estudie,  ya que la oportunidad se presentó, en la ciudad de Los Ángeles. Ojalá que todo salga bien  y para el bien de todos.

Me sentía desesperado por regresar, pero era necesario por el bien de Emiliano, mi hijo. Esta es la decimacuarta ocasión que he ido y siempre estoy de regreso. A mí me desespera estar mucho tiempo fuera de mi querida patria pues me siento feliz aquí donde nací, y aunque es interesante conocer otras latitudes las veo con la mayor naturalidad. Pues, como mi patria no hay dos. Claro que es bueno viajar, pero siempre regreso al terruño querido con todo y sus problemas.

El Salvador es bello y lo llevo en el corazón,  y nunca lo olvido por más que me aleje. Como un imán potentísimo  me hace volver  me fue a traer al aeropuerto mi hija Silvia Enriqueta y a Dios le doy gracias por tanta misericordia. Cuando estuve de nuevo en mi casita después de cinco meses y medio la encontré toda llena de polvo, pero gracias a Dios me ayudaron a hacer la limpieza unos familiares de mi esposa. La maleza había crecido en la entrada,. Confieso que lloré de emoción cuando contemplé los muros de piedra que la rodean.

Días después fui al centro histórico de San Salvador y recordé aquella canción que dice:  “Patria chiquita  como estás de linda”. Algunas veces he ido a la ciudad de Mejicanos a comprar algunos comestibles como el queso que tanto me gusta, algunas verduras y pescados ese día cuando me disponía a regresar y abordar el transporte público, observé a unas señoras muy humildes de esas que se ponen con su canastos en las aceras y vi que tenían un gallito de color marrón,  lo tenían todo maniatado de sus patas. Parecía ser un prisionero culpable de un delito, me acerqué a ellas y les hice la pregunta:  “podían decirme si venden el gallo”. A lo que respondieron “sí”, y les pregunte de nuevo “¿y en cuanto me lo venden?”

Daba la impresión que venían de alguna parte rural, que son tan bellas en mi país, y respondieron de nuevo: “Se lo damos en nueve dólares”, y les pedí rebaja, pero lo hice como un ejercicio mental con ellas. Sé que esas humilde señoras se ganan la vida vendiendo sus animalitos o algunas frutas o verduras que llevan en sus canastos, también mangos.  Bueno al fin se decidieron y me lo dejaron en ocho dólares, me dieron el gallo y esperé el microbús que me traería de regreso. Cuando intenté subirme al microbús el conductor observó el gallo y me argumentó que tenía que pagar pasaje por el gallito que ya era de mi propiedad,  y le dije que lo llevaría en mis piernas cuando me sentara pues el microbús llevaba asientos vacíos, “sí” me respondió, pero si se caga el gallo, bueno está bien acepte y pague el pasaje.

El gallo venía pataleando hasta que llegamos.Varias mujeres se me quedaban mirando a mí y al gallo, como si ambos fuéramos extraterrestres.

Realmente el gallito lo quería para que me cantara en las madrugadas, pues me he sentido muy solitario. Así pues llegamos a la casa  y lo desate, pues venía todo amarrado de las patas, lo primero que hice fue ir a la tienda a comprarle maicillo, pues le di arroz y no lo quiso. Al principio el gallo quizás extrañaba su antiguo hábitat, hasta el momento me siento contento de tenerlo porque me canta en las madrugadas.

Un día de estos se me quedó viendo el gallo  y telepáticamente me dijo que él venía de una hacienda llamada el sauce allá por Comalapa, ahí fue donde  se inspiró el escritor Cristóbal Humberto Ibarra y escribió su novela Tembladerales que retrata a nuestros campesinos en la época que se cultivaba el algodón, esta obra viene prologada por el escritor Salvadoreño Luis Gallegos Valdez un hombre muy culto y que recopiló también en su obra panorama de la literatura Salvadoreña he hizo una redada reuniendo a todos nuestros mejores escritores comenzando por don Francisco  Gavidia  y todos  los demás hasta nuestros días.

Volviendo a lo del gallo, un día de estos decidí ir a ver al maestro Mauricio Vallejo Márquez,  quien goza de mi gran estimación. Nuevamente el gallo se me queda viendo y me pregunta con la mirada ¿A dónde vas? Y le respondo: “voy a ver a Mauricio”, y me dice: “te apurás no me dejés solo y me traés algo de comer”.

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