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martes , 17 octubre 2017
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El enemigo de Occidente está en casa

Iosu Perales

Como bien ha escrito el intelectual argentino Atilio Borón, illness “los atentados terroristas de París hay que condenarlos sin atenuantes. Son actos criminales, sovaldi sale expresión contemporánea de un fanatismo religioso que desde tiempos inmemoriales y en casi todas las religiones han plagado la humanidad con muertes y sufrimientos aberrantes.” La barbarie perpetrada en París, online citando al judío del siglo XVII Spinoza, no basta con condenar y llorar, es necesario explicar. La respuesta no es desde luego simple, aun cuando muchas voces tratan de dibujar el escenario de un Occidente amenazado por el Islam. Para empezar conviene decir que aun cuando el discurso religioso ha impregnado la causa de los asesinos, sus actos han sido consecuencia de decisiones políticas. Fanáticos al servicio de oscuros intereses que utilizan la religión como enganche, es el retrato de lo ocurrido. En realidad, el terrorismo yihadista nada tiene que ver con un Islam pacífico compartido por más de mil seiscientos millones de personas que son las primeras víctimas  de sus bombas y matanzas.

Este yihadismo es una amenaza para Occidente, y lo es ya en mucha mayor medida para el mundo musulmán. En Pakistán, Afganistán, Siria, Irak, Nigeria, Níger, Camerún, Libia, Mali, Somalia… los terroristas asesinan, violan, secuestran, queman aldeas, haciendo que el terrible atentado contra Charlie Hebdo sea casi una inaceptable anécdota. No conviene olvidarlo, sobre todo por aquellos que tienden a culpabilizar al mundo musulmán por lo que hacen unos fanáticos que constituyen una infinitésima parte.  No, no creo que nuestro mayor peligro provenga a pesar de todo del enemigo externo. Hablando claro, el mayor peligro que amenaza a Occidente se encuentra en Occidente, tal y como afirma el escritor uruguayo Jorge Majfud.  Decirlo puede resultar molesto, pero la grandeza reside en la capacidad de verdad que se sepa soportar. Hace ya tiempo que Occidente navega sin pilotaje ni rumbo. Y no es cuestión de auto infligirnos una dosis de masoquismo gratuita, se trata tan sólo de un acto de sincero diagnóstico de nuestra realidad. La narrativa de los hechos es más poderosa que las ideas preconcebidas, que los prejuicios y las autoproclamaciones de nuestros superiores valores.

Hace ya un tiempo escribí un artículo titulado “Un neoliberalismo de guerra”. En él citaba como tras la caída del bloque soviético poderosos grupos norteamericanos quedaron sin un enemigo global que justificara sus políticas armamentísticas. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 proporcionaron la respuesta: Al Qaeda primero, Irak  y el yihadismo radical después, vinieron a erigirse en el enemigo necesario. La nueva doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos declaró la “guerra infinita al terrorismo” y estimuló el surgimiento de una corriente mundial de islamofobia. Desde hace más de una década se ha echado tanta leña al fuego que no hay quien controle el incendio. Algo a lo que han contribuido de manera extraordinaria los sucesivos gobiernos sionistas de Israel que vieron en el criminal derribo de las Torres Gemelas su oportunidad de alimentar un acoso global al mundo árabe. Occidente no es consciente ¿o sí lo es? de la enorme herida abierta que es el conflicto israelo-palestino y de cómo alimenta el radicalismo islámico del que se nutre el terrorismo yihadista. Israel, un estado delincuente por cuanto incumple las resoluciones de Naciones Unidas está empujando al mundo al fondo de un pozo en llamas.

Los terroristas yihadistas deben ser perseguidos y juzgados. Pero no debemos olvidar que la Al Qaeda de Osama Bin Laden y grupos fundacionales del Estado Islámico fueron alimentados por Estados Unidos, y Occidente fue contemplativo cuando estos grupos “combatían en la línea correcta”.  Pero, hay algo más que no podemos olvidar: las mismas potencias occidentales que intervienen en las guerras de hoy, llevan más de un siglo interviniendo en África, en Oriente Medio y en Asia, mediante espantosas aventuras coloniales realizadas en nombre de la civilización. El presente no puede entenderse sin un pasado que es reciente, más todavía para el mundo musulmán donde el tiempo viaja lentamente. Y si viajamos a época anteriores al colonialismo nos topamos con aquellas cruzadas que arrasaron pueblos enteros en su camino de Europa a Jerusalén, es decir desde el mundo bárbaro hacia el centro civilizado de la época. No eran musulmanes aquellos criminales, sino cristianos.

Occidente ha cometido un grave error de imperialismo. A su pesada herencia de colonialismo ha unido su ambición de control de recursos naturales utilizando el 11 de septiembre como coartada para decidir guerras de castigo en cuyo telón de fondo están el petróleo, el gas y otros recursos. La respuesta terrorista desde el yihadismo es desde luego abominable y crea el contexto para una deriva autoritaria que supone un grave paso atrás en las libertades públicas y civiles. Este es el gran peligro actual de Occidente: el sacrificio de la libertad en el altar de la seguridad, tomando como excusa el combate –por otra parte necesario- al terrorismo yihadista. Pero lo cierto es que deriva autoritaria quiere decir en la práctica, en primer lugar, apretar un cinturón de hierro contra quienes fueron colonizados primero y han sido y son fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo de nuestros países. Más represión sobre la migración, y más xenofobia institucional. La deriva autoritaria tiene además un componente de peligrosa autocensura: al parecer debemos aceptar de buen grado e incluso aplaudir los bombardeos occidentales sobre territorios de Siria, de Irak o Yemen, que matan a incontables civiles inocentes y no hacen sino multiplicar abominables reacciones yihadistas. En la lucha contra el terrorismo yihadista los Estados siempre tienen razón, pues se encargan de multiplicar el miedo entre una ciudadanía amedentrada.

Raíces profundas, algunas lejanas y otras recientes, dejan su huella en el terror de París. La locura yihadista encuentra en la locura occidental su punto de apoyo. Estoy de acuerdo con Borón cuando dice que la política estadounidense y por extensión la europea ha balcanizado Oriente Medio de manera que su geografía es hoy un archipiélago de milicias, sectas, tribus en guerra contra otras tribus, clanes, señores de la guerra con sus ejércitos. Los mismos países que fueron creados artificialmente tras la segunda guerra mundial por las potencias triunfantes son hoy desmembrados. Hasta Israel que presuntamente podía considerar ventajoso el debilitamiento de países vecinos tiene hoy el susto en el cuerpo. Nadie sabe en qué terminará la cirugía de construir un nuevo mapa en la región. Pero lo cierto es que la frivolidad Occidental que ha procurado semejante caos bajo la coartada de promocionar la democracia y los derechos humanos, se ha convertido en el mayor enemigo de Occidente. El caso de Libia es definitivo: La OTAN bombardeó sistemáticamente el país hasta derribar al dictador Gadafi, luego Libia fue entregada a una brutal guerra civil entre milicias armadas. Ahora se declara a Libia “estado fallido” mientras se desangra enfrentada entre dos gobiernos, dos parlamentos y dos ejércitos. ¿Dónde ha quedado la democracia prometida por Occidente?  Quienes han engordado el sectarismo terrorista del yihadismo mal pueden sorprenderse de sus desmanes y de la tragedia del Charlie Hebdo.

Ahora Europa se prepara para adoptar severas medidas de control, vigilancia y persecución de posibles yihadistas en nuestro territorio. Europol está movilizada, militares patrullan París y Bruselas, se prevé retirar documentos de identidad a personas bajo sospecha, endurecer los controles en los aeropuertos, pedir a la ciudadanía que delate a personas sospechosas, y hasta se cuestiona Schengen. Vale, pero ¿para cuándo una reflexión autocrítica, un cambio de rumbo en las políticas hacia el mundo musulmán y en general hacia África? Occidente padece el rapto de la ceguera y si no se quiere ver seguiremos navegando hacia el desastre. ¿Este es el mundo prometido tras el fin de la guerra fría?

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