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El arte de la oratoria

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua

Los funcionarios públicos, los parlamentarios, los que se expresan constantemente en los medios de comunicación, y sobre todo, los líderes, deberían manejar bien el arte de la oratoria. No es excusable la ausencia de tal cualidad en ellos, y sobre todo, cuando su acción pública pretende influenciar y orientar al público. Es lamentable escuchar a estos ciudadanos expresarse en la forma en que lo hacen, excepciones hechas por supuesto y afortunadamente; ello va en detrimento del buen uso del idioma. El diccionario de la lengua española define, en forma simple, a la oratoria como “el arte de hablar con elocuencia”, y al orador  como una persona que habla en público o pronuncia un discurso haciéndolo de forma elegante, con sapiencia y con buena modulación. Efectivamente, así de sencillo es ello, aunque no es en el fondo tan simple. Hablar con elocuencia, y sobre todo cuando se trata de un discurso público, requiere algunos predicados previos que deben dominarse por quien lo hace: Conocimiento del idioma, buen uso del mismo, habilidad para hilvanar frases u oraciones, buen sentido de lo que se expresa, dominio del tema, tono de la voz, inflexiones adecuadas, y sobre todo, ubicación en el contexto para que el discurso sea pertinente y sepa penetrar en la audiencia. Aun más, debe coordinar lo que se expresa verbalmente con lo que se expresa físicamente, (uso adecuado de las manos, inflexiones del cuerpo, posición corporal, etc). Un líder, un funcionario, un periodista, un comunicador social, un analista, deben manejar el arte del discurso, de la oratoria.

Mucho se discute si la oratoria es sólo para los oradores, y si puede enseñarse o no. La mayoría de quienes opinan en propiedad sobre lo anterior, sostienen que la oratoria puede enseñarse y aprenderse, y que toda persona, por un imperativo cultural ineludible, debe estudiarla. En esta afirmación, implícitamente se sostiene que la oratoria no es sólo para los oradores sino para toda persona que pueda considerarse culta. La oratoria ayuda a manejar acertadamente las palabras, y es una forma buena para expresar los pensamientos y los sentimientos. Es, pues, para todos los hombres y no para unos pocos escogidos, pues la necesidad de hablar bien y conseguir al hacerlo la plena finalidad humana del lenguaje, convencer, persuadir, agradar, es, más bien, para todos. La oratoria ayuda así, por supuesto, a hablar bien, pero también, a pensar bien, a sentir bien, y a transmitir bien los pensamientos y las ideas. La necesitan, entonces, el que habla, el que escribe, el que lee, el que enseña, el que dirige, el que discute, el que piensa; pero inexcusablemente, la necesitan los líderes de las naciones, sus dirigentes políticos, sus funcionarios, sus parlamentarios, sus jueces, los togados, y también los pastores religiosos. Si estos no la poseen, no son buenos en su misión.

La oratoria hace uso de elementos de lexicología, estilísticos, retóricos, de declamación, dialécticos, y de orden. El orador debe manejar las palabras, debe inventar y manejar pensamientos, debe usar todo lo anterior y debe realizarlo en la declamación como un todo. Y sobre todo, el orador, si es bueno, no debe imitar, su estilo debe ser propio y bien fundamentado, consistente y armónico.

Un orador debe prepararse con ánimo y con suficiencia, y debe saber vencer obstáculos que se saben presentar durante su labor. Uno de ellos, la timidez, que en unos más y en otros menos sabe presentarse como pasión del ánimo. Y es que el público sabe tener a menudo algo de fiera. El gran Pericles, orador vehemente, era sin embargo siempre presa de la timidez, y se rendía ante los dioses para que apartaran de su boca toda palabra inconveniente. Ulises mismo, el de los mil misterios, hablando ante la asamblea de los troyanos, fijó los ojos en la tierra, parado, silencioso, quieto el cetro, confuso y turbado, vencido por una timidez interminable que le impedía romper a hablar. De Demóstenes mismo se dice que, antes de imponerse con su fama, era “tan cobarde para improvisar que, viéndose aturdido, muchas veces se levantaba, al escuchar, según consigna Plutarco, los silbidos y las risas provocadas por su falta de voz, por la torpeza de su lengua y por la turbación de su sentido oratorio y el mal corte de sus períodos”. Mirabeau, el que “fulminaba con los rayos de su elocuencia” en las tempestades parlamentarias, a pesar de su aspecto apolíneo y de voz como rugido violento, que atravesaba a sus adversarios con su mirada, su voz de trueno, y con la fuerza e impetuosidad que le infundía su confianza, reconocía que, ante la tribuna, sentía “vivos estremecimientos”. Otro gran obstáculo es la memoria. De la memoria puede hacerse un valor utilizando técnicas adecuadas para mejorarla, pero no así de la timidez. La timidez se vence con astucia, con valor y con valentía, con decisión, con necesidad. La memoria, con aprendizaje, constancia y ejercicios severos para su mejoría.

En nuestro país hemos tenido grandes oradores, eminentes, de gran sapiencia y de elevada cultura, con adecuado manejo de las técnicas oratorias, conocimiento de sus audiencias, y uso grave de sus argumentos. Ahora parece que esta bella expresión del lenguaje ha caído en crisis, sobre todo en los medios de comunicación, en los políticos, en los funcionarios, en los orientadores de opinión, y sobre todo, en los líderes. Desarrollar el arte de la oratoria para hablar con elocuencia y hacer uso correcto del lenguaje, es algo que debe promoverse, recuperarse, estimularse. ¡Qué bien caería a una audiencia, escuchar un discurso bien hilvanado, bien estructurado, consistente y armónico! Los griegos lo hicieron en sus ágoras, sus sofistas fueron maestros en ello, y sus filósofos también; los romanos probablemente no los superaron pero los igualaron, y a lo largo de la historia, muchos hombres han cautivado al mundo con sus dotes de grandes oradores.

 

 

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