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Suprimir archivos V-III Miguel Ángel Espino: indigenismo – 1932 – 1944

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

[email protected]

https://nmt.academia.edu/RafaelLara 

Desde Comala siempre…

 

III.  II.  Añoranza espiritual por lo militar

Erigió la muralla, porque las murallas eran defensas; quemó los libros porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores…la más reverente de las naciones quemará su pasado.  J. L. Borges

III.  II.  I.  “Otras inquisiciones”

En este marco de colaboración con el régimen de Martínez, la novela “Hombres contra la muerte” amplía su propuesta utópica.  Imagina el transcurso de una “huelga” pacífica hacia el cambio de régimen.  Eso sí, no habría necesariamente una variación radical en los actores sociales de las altas esferas políticas e intelectuales.  En verdad, además de las excepciones notables —“la generación del 44”— múltiples agentes históricos se traslaparon de 1932 al 1944.  Quienes apoyaron a Martínez, en su primero, sino en su segundo período, lo atacaron en su tercer período, ante todo, al final.  Por precepto borgeano, “cambian los papeles y máscaras, pero no los actores”.

Sin asombro, hubo una amplia amalgama entre ambos grupos como lo confirmó la “Revista del Ateneo” en junio de 1944 al exaltar la participación  de “tres miembros” en el gabinete del “General Andrés Ignacio Menéndez”: Hermógenes Alvarado, Julio Enrique Ávila (“el Pulgarcito de América” en honor a Martínez, con ilustración de una mujer afro-descendiente en “Cypactly”) y Simeón Ángel Ávila, activos en la Universidad Nacional.  Se produjo una dinámica entre la continuidad y la ruptura, tal cual la misma publicación la verificó al incluir artículos de Salarrué (“Con la balanza y con la bomba” y “El miquero avispado”, diciembre de 1945), de Toruño, junto al “mejoramiento de las clases laborantes” y “la más alta expresión del pensamiento centroamericano”.  Con admiración, el Ateneo recordó al enlace sutil, permanente, entre el espíritu poético y la materia política.  “Negar el sincronismo de los términos de dos series” —el Estado y la Ciudad Letrada— define una de las operaciones clásicas de “negar el tiempo” (Borges).

De nuevo, Toruño daría la pauta que ligaba los contrarios, los hermanos enemigos en su totalidad solidaria.  El Cuadro IX demostró la manera en que el elogio de las “actividades literarias del año de 1932” —1932 sin el 32— Toruño lo volcó hacia el celebrado apoyo de la generación comprometida, dos décadas después.  Por esa misma lógica del recuerdo y el olvido, en los cuarenta, su apertura hacia Julio César Escobar y Oswaldo Escobar Velado enlazó los límites.  En eslabón perdido del extremo centro, Toruño prologó el libro “En la penumbra de los clásicos” (1940-1) de Escobar —cuya dedicatoria aclaró “al general Maximiliano Hernández Martínez, maestro y amigo que modeló mi espíritu”.  Entretanto, le concedía un espacio editorial al “Grupo Seis”, en unión de los opuestos.  Contemporánea de la primera edición de la novela de Espino (1942; véase cuadro XIV siguiente sobre Oswaldo Escobar Velado), la poesía reiteró el ideal democrático por rebasar un largo período presidencial.  Si esa misma palabra abstracta —“democracia”— implicaba una significación disímil para los distintos autores intelectuales —Escobar, Espino, Grupo Seis, Toruño, etc.— deslindaría una esfera de investigación abierta a indagaciones futuras.

 

La trayectoria de Toruño no podía ser más peculiar: Miembro del Ateneo junto a Martínez, elogio literario de 1932 sin el 32, apoyo a Escobar, al “Grupo Seis” y a la Generación Comprometida en los cincuenta.  La presunta dualidad —derecha vs. izquierda— se volvió triangular al revelar su intermediario volátil y conectivo.  Toruño viviría el amanecer y atardecer de las transformaciones de los opuestos.  Ya se mencionó que Escobar enlazó a Martínez y Salarrué en la Biblioteca Nacional durante el renacer de una “política de la cultura” (1933; véase cuadro XII).  Por esta doble triangulación —Martínez=Escobar=Salarrué; Martínez-Escobar=Toruño=Grupo Seis-Generación Comprometida— los contrarios los concilió un mismo espacio editorial.  Bajo la dictadura militar, su apertura democrática la verificó ese debate cultural extendido de derecha a izquierda (el término “democracia” lo utilizó Espino, el Ateneo, y demás agentes políticos e intelectuales de la época).  A continuación el cuadro XIV desglosa ese enlace entre Toruño y Escobar Velado, a la vez de revelar otra supresión de archivos poéticos.

Motivos del retorno

Oswaldo Escobar Velado

Por las lunas delgadas de tu muerte

y tus labios, aldeas de claveles,

he tornado otra vez a este camino

herido por los fríos del silencio.

Por tu ausencia de sol deshabitada,

por la gris pesadumbre de mis pájaros,

por la estrella dormida de los lirios

y tu voz ¬—flauta de agua— consumiéndose

he tornado otra vez a este camino.

Espérame en la espiga de los besos

o en la estrella que hiere tu silencio.

En la abeja que tiembla cuando hablas

o en el ángel que enciende tu suspiro.

Se han quedado mis blancos crisantemos

esperando la aurora del regreso.

Por tus senos dormidos bajo el agua

que se vuelve azulada si la tocas.

Por tus manos de musgo y tus raíces

llorando sus violines musicales,

he tornado otra vez a este camino.

Hoy me tiemblan mis blancos crisantemos

esperando la aurora del regreso.

(“Diario Latino”, 13 de abril de 1942)

El reconocimiento de Escobar Velado a Toruño apareció en “Diario Latino” (febrero de 1943): “El Grupo Seis en su primer año de labor”.  El ideario del grupo lo anticipó “Necesidad del fomento de la cultura popular” por Alberto Quinteros h. (“Diario Latino”, 2 de marzo de 1942), así como “Hacia un congreso de escritores antitotalitarios (“Diario Latino”, 13 de abril de 1942).  Por el constante vaivén del recuerdo al olvido, “Poemas escogidos” (1967) de Escobar Velado —Matilde Elena López (prólogo) y Camilo Minero (grabado)— inició el trayecto del poeta, cuando “se lanzó a las calles agitadas por las huelgas en las jornadas de Abril y Mayo de 1944” (para la joven López, véase la ilustración final de este apartado).  Esto es, dos años después del poema transcrito en este recuadro y de los demás enlistado a continuación.  La reseña “Poemas con los ojos cerrados de Oswaldo Escobar Velado” por Alfonso Nery (“Diario Latino”, 7 de enero de 1943) confirmaría cómo la preocupación poética y formal precedió la política propiamente dicha: “nerudiano” y “amoroso”, salvo que se introduzca la arista inédita de género.  Sin rédito político, otros poemas anteriores a 1943 son: “Campanario de Trigueros de León” (“Cypactly”, febrero-marzo de 1941), “Hitler” (12 de enero de 1942); “Calendario de tu recuerdo” (2 de febrero de 1942); “Rosas de cloroformo” (2 de marzo de 1942); “Josefina González Lemus” (30 de marzo de 1942); “Solo de martillo” (27 de abril de 1942), así como “Tres micro-notas de una exposición” (11 de mayo de 1942), “Sor Anette” (30 de julio de 1942), “Palabras de Neftalí” (3 de septiembre de 1942).  El nombre de la memoria histórica ha justificado el olvido de los archivos poéticos.  En efecto, ninguno de esos poemas los incluyeron las recopilaciones posteriores.  Asimismo quedaron suprimidos los siguientes escritos: “El ejército de la frontera occidental fue pagado” (25 de junio de 1946); “Mano en la ventana” y “Es probable” (“La Prensa Gráfica”, 26 de octubre de 1952); “Sobre un libro de un poeta joven” (“La Prensa Gráfica”, 11 de enero de 1953); “El que tenía miedo de perder la voz” (“La Prensa Gráfica”, 8 de febrero de 1953), “El capítulo que se le olvidó a Guillermo”, en Guillermo Castellanos, “7 seres buenos (relatos)”, Editorial Ir, 1957.   Este último escrito de Escobar verificó “1932 sin el 32” al asegurar el enlace íntimo entre “armas y letras”: “Al retornar a la Patria en 1932, es un distinguido alumno de la Escuela Militar.  Sueña y escribe.  Alterna la lectura de don Quijote con la Ordenanza del Ejército”.  Además, sin referencia bibliográfica, permanecieron los ensayos poéticos sobre Alfredo Espino, Miguel Hernández, Nazim Hikmet, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, etc., así como las ilustraciones originales y múltiples reseñas a la hora de su deceso como “Oswaldo Escobar Velado, ya en la Muerte” por Trigueros de León (“Guión Literario”, julio 1961), entre otras.  Acaso el desprecio por la poesía comprometida con la izquierda —la vindicación del martinato— caracteriza la memoria radical del presente.  La omisión de los poemas citados la verificaron “Patria exacta” (1978 y 1985), Ítalo López Vallecillos (selección, prólogo y notas), así como “Tierra azul donde el venado cruza” (1997), José Roberto Cea (selección y presentación).  De proseguir la fecha inicial de 1939 —según López Vallecillos— aún se desconoce su obra inaugural, aun si la foto biográfica anterior reproduce “Romance de barro y barro”, unos de su poemas pre-comprometidos inaugurales.

*

En anécdota final, Antonia Velado de Estupinián —tía abuela mía; tía de Escobar Velado— solía afirmar lo siguiente de su sobrino.  “Es buen poeta, pero tiene un problema serio: es comunista y bolo, en único compromiso sólido”.  Aunque personalmente lo llamaría “restaurador de los comienzos”, el mexicano Octavio Paz aconsejaría emplear el término re-volucionario.  En un sentido etimológico estricto, por re-volución entiende —no un sentido prospectivo de evolución hacia una sociedad pos-capitalista.  Por lo contrario, el prefijo re- insiste en la necesidad de una vuelta, de un retorno a los orígenes, especialmente si han sido denegados.  La re-volución sería un movimiento regresivo de un pueblo hacia la comprensión y restauración de los comienzos.  En esta moción de orden temporal, en Escobar Velado hay también un compromiso con los “verbos inventados” que componen el acto poético en su captura de lo inexistente.  Sin la continua actividad del “canto”, no habría despertar posible del pueblo ni del caudillo, ya que le concede la facultad educadora de la humanidad.  Todo seguiría en su letargo que —pese a sus dos defectos, según mi Tía— jamás opacaron la cualidad poética de Escobar Velado.  Contradiciéndolo, concluiría que él también “perdió” el tiempo cantándole a la Rosa.

Cuadro XIV

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