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Dos perros y sus pulgas

DOS PERROS Y SUS PULGAS

Por: Evenor Saavedra 

 

Míralos,

cada ladrido,

rebelde oposición a la invisibilidad crónica

esparcida como jiote

en el cuerpo del delito, humano y canino.

Míralos,

comiendo mierda casi por instinto,

adaptados al ecosistema de la basura acumulada,

pasando vegetal podrido, pellejo engusanado,

hueso roído y plástico maligno.

Parásitos que mueven la cola,

especialistas en el amor

y el asombro filosófico,

adminículos indispensables de la patada espontánea,

mini Tierra gastada por la civilización de pulgas y garrapatas.

Míralos,

sin que te dé pena,

si aún te queda dignidad frente al espejo.

Míralos en su miseria,

todavía juegan,

todavía conservan la ternura perdida

de tu pasado mundo de niño.

Yo los he visto,

enroscados, gimiendo de frío,

en las casetas incompletas del bitcoin;

en los mercados pululando, correteando ávidos

entre veredas de jungla humana,

como lágrimas que surcan un rostro careto;

los he visto contagiados de absurdidad humana

en casa de pequeños burgueses;

los veo en el camino, bebiendo rinso, lejía, platos sucios, pata chuca, batido de caca con jabón

en la primera canaleta que se le atravesó a la sed;

huyendo de la piedra voladora

del manifestante encolerizado ante la ley del amor;

en los parques, canjeando amistad por piedad;

muertos a medio camino, vencidos para siempre

por el bocado criminal.

Yo los he visto,

con mirada de hambre,

protagonistas de libros sin poder entrar a cafés culturales;

abrazados a indigentes, disfrutando de la perfumada compañía, limpios de la noción de

[lástima y jerarquía;

apaleados por besar la mano del hijo de alguien,

corriendo como locos detrás del coche

en el que marchan para siempre los seres amados;

ladrando sin rencor a la motocicleta,

protegiendo vidas por deporte,

macheteados por ladrar a los demonios de la noche,

inflados y solitarios a la orilla de la carretera,

jugando con palos al calor de la noche

y la mirada enternecida de Selene;

meándose de felicidad en el reencuentro,

recibiéndome con alegría al final de una dura jornada,

durmiendo junto a mí, disimulando su fidelidad ancestral.

Yo los he visto,

yo los he amado,

de su tristeza perpetua

estoy por siempre contagiado.

 

 

 

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