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Domingo de Ramos

Carlos Girón S.

¡No´mbre, viagra and no!, try   mirá que son días de guardar y hay que tratar de andar limpia y sanamente, con buenos pensamientos y deseos, no con cosas como esas que decís y querés hacer. No es bueno. Mejor pensá en ir a la iglesia, a confesarte y comulgar; sí, Mardoqueo, le dijo Julián a éste en pláticas en la Plaza Libertad, la víspera del Domingo de Ramos.

— Sí, hombre, tenés razón. Es una época sagrada, días de guardar, y estar con rezos y arrepentimientos, para tener el perdón de Dios. Yo estoy de acuerdo, pero mirá, las mujeres son de otro pensar. La mía quiere que la lleve al mar, donde “la vida es más alegre”, dice aludiendo a la canción.. respondió Mardoqueo.

Me di cuenta yo de este cruce de palabras al pasar otra vez por ese lugar en diligencias que hacía por allí cerca.  Y seguí poniendo atención.

— Quizá tiene razón, nunca la sacás a pasear, sólo en el oficio y eso no es justo, replicó Julián.

Mardoqueo se defiende: me da risa esta mujer, pues dice que quiere ir a broncearse… con lo chamuscada que está con el fogón de las tortiadas de todos los días.

— ¿Ya ves? Yo la apoyaría si fuera otro tiempo, pero ahora no. Mejor tráela aquí a esta iglesia (la del Rosario), donde el padre es muy bueno; da bonitos sermones, señaló Julián.

Mardoqueo dijo que él también quisiera asistir al oficio, pero le dijo al contertulio que tomara en cuenta que en esta época es cuando las playas se ven colmadas de gente y que a él lo que le fascina es contemplar los bikinis, tangas e “hilos dentales” de las chamacas.

— Es la tentación la que te tienta y no deberías permitirlo, sentenció Julián.

— Con mirar no peca uno, le respondió. Y añadió: quedarse mirando con el vasito en la mano, e imaginando tantas cosas, no se daña a nadie.

— Sólo a Dios y a Su Hijo, que encarnó para venir a salvarnos de nuestros pecados, y cuya Pasión rememoramos en estos días, le respondió al colega.

— No sea ateo materialista, incrédulo, intercedió en la plática una señora con un canasto abarrotado de cosméticos que vendía, dirigiéndose a Mardoqueo.

— Es el colmo, dijo un señor que, por lo visto, era plomero por su caja de herramientas que tenía con él; es el colmo que ni siquiera en los días santos la gente pueda hacer un sacrificio, absteniéndose de los placeres de la carne para pensar en los sufrimientos de Nuestro Señor, el Salvador.

— Dispensen  que meta mi nariz –se animó a decir un electricista llamado René; pero –prosiguió– es que la gente que trabaja duro tiene derecho también a distraerse. Por eso corremos al mar pues allí abundan los cueritos que alegran la vista y la vida con sólo mirarlas.   

— Vergüenza debería darles hablar así cuando son días de santidad –acotó una señora ya de bastante edad que se hacía las cruces cada vez que oía esas blasfemias…    

— Con la consciencia y la imaginación uno puede remontarse a aquellos tiempos y ver a Jesús montado sobre el burrito entrando a Jerusalén, acompañado de los cientos de hombres, mujeres y niños llevando palmas en las manos –se adelantó a decir una señora que después comentó ser una de las damas que prestan servicio en esa iglesia del Rosario. Y prosiguió: en memoria de aquellos acontecimientos tristes y dolorosos, pero a la vez esperanzadores es que la feligresía acude a las iglesias a identificarse con la Vida, Pasión y Muerte de nuestro Redentor, para acompañarlo en sentimiento y pensamiento, sabiendo que verdaderamente Él no ha muerto, .sino que vive en el corazón de cada uno de aquellos que creemos en Él y en la Redención que nos trajo.

Los que aquí en este lugar, esta plaza, creemos en Jesús como el Redentor y que se sacrificó hasta el final por nosotros, vengámonos mañana temprano a la iglesia para ingresar con cánticos sagrados y ramitos de palma en las manos para acompañar al padre en la procesión del simbólico recibimiento al Señor.  Aceptando la recomendación, todos los desempleados se despidieron, dirigiéndose a sus casas, a la vez que declaraban su intención de no faltar al sagrado oficio.

Yo quedé picado de la curiosidad. Así que también regresé el domingo para asistir con mi esposa a la misa  del Domingo de Ramos. Al salir volví al lugar a ver qué había pasado. Me enteré de que Julián y quienes pensaban como él, habían optado por asistir a la iglesia, habiendo comulgado y salido con paz en su alma. También me enteré de que Mardoqueo y los otros que preferían la playa, los bikinis, los vasitos en la mano y las imaginaciones prohibidas, habían preferido salir para allá a primera hora del domingo.

“Fueron tentados por la tentación; todos ellos se dejaron tentar y sucumbieron al llamado del pecado”, comentaron varios de los que se habían dado cuenta de aquel pequeño e incidental drama en una plaza cualquiera.

Ese simple drama, sin embargo, podría tomarse como representativo del drama que a cada rato y en tantas circunstancias se da en la condición humana, a todos los niveles.    

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