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De vuelta a las cruzadas

La pregunta flota en el complejo escenario mundial: ¿El Estado Islámico le estará haciendo el trabajo al Pentágono o es otro hijo salido del redil que buscó su propio camino?

Juana Carrasco Martín
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A pesar de que Barack Obama prometió mantenerse fuera de los embrollos bélicos a los que su predecesor George W. Bush llevó a Estados Unidos, healing y de su palabra de que las botas de sus soldados no tocarían el suelo de territorios enfrascados en conflictos militares, al imperio le cuesta mucho hacer esos votos de abstinencia.

Apenas había reiterado el discurso «pacifista» durante la graduación de la famosa Academia Militar de West Point, en agosto pasado, cuando el Nobilísimo soltó las amarras y, al amparo del Acta de Poderes de Guerra de Estados Unidos, anunció el envío de una fuerza de 300 «consejeros» de las tropas especiales al Iraq que se desangraba ya en una guerra fraticida y sectaria, magnificada aún más por el avance del Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL) —seguidores de la terrorista Al Qaeda—, que dispuso pronto la creación de un «califato» que se extiende por ahora desde Dilaya, en Iraq, hasta Aleppo, en Siria y se hace llamar Estado Islámico, que es lo mismo que califato, presentado hasta con un mapa, con fronteras mucho más extensas, para que no hubiera dudas de a cuánto aspira.

La agencia afgana de noticias ANA reveló a finales de junio que con ese plan global del grupo yihadista no solo el Medio Oriente estaría bajo su dominio, también se extendería hasta regiones de Europa, el Norte de África, y amplias zonas de Asia que incluirían Afganistán, Paquistán y la India, y al frente de ese nuevo imperio fue declarado Abu Bakar al-Baghdadi —un militante iraquí que en 2010 todavía tenía al EIIL afiliado a la red Al Qaeda. Al-Baghdadi ha tomado ahora el nombre de Califa Ibrahim, y para él han pedido juramento de lealtad a todos los musulmanes del mundo, decía la agencia noticiosa.

Para responder a esta amenaza fue la decisión de la Casa Blanca, y el despliegue de las tres centurias de marines resultó solo un comienzo, de seguro el primero de un mayor involucramiento militar, tal y como sucedió en Vietnam, donde se iniciaron con «asesores» hasta que Washington se vio atrapado en la guerra prolongada donde murieron no menos de 50 000 estadounidenses.

Ahora, emprenden un retorno a Iraq, de donde salieron las fuerzas de combate del Pentágono apenas en diciembre de 2012 —aunque en el terreno quedó un buen número de contratistas—, y ya van por un paso mucho más adelante: el bombardeo aéreo y naval con misiles crucero Tomahawk a zonas de Siria donde Washington dice que golpea a las fuerzas terroristas del Estado Islámico, pero…

En realidad, está cumpliendo un deseo de los halcones y hasta de las supuestas «palomas» del imperio: ir en busca de Bashar al-Assad.

Quien lo dude, que simplemente vea cuáles han sido los blancos fundamentales en menos de una semana en la región de Raqqa: no menos de 15 refinerías, con lo que le está dando un golpe a la economía siria ya afectada duramente por tres años de cruenta guerra con los yihadistas de una oposición violenta, que los medios y políticos occidentales han dado en llamar «grupos rebeldes islámicos moderados».
La ilegalidad de lo cierto

Por demás, desde un inicio, el hombre de la Casa Blanca puntualizó que como máximo comandante de las fuerzas armadas de su país puede enviar a sus tropas a cualquier lugar sin el consentimiento y apoyo congresional. Ahí reside una de las críticas a las que se enfrenta, y que en los últimos días le hizo ganar un editorial de rechazo del influyente diario The New York Times.

Sin embargo, al invocar los Poderes de Guerra, Obama dijo que el propósito de esos efectivos es «proteger a los ciudadanos y las propiedades de EE.UU., si fuera necesario, y están equipados para el combate» y que «permanecerán en Iraq hasta que la situación de seguridad sea tal que ya no resulten necesarios». Estas tropas, agregó el mandatario, proveerán «apoyo de inteligencia, vigilancia y reconocimiento», porque asistirán al Gobierno de Bagdad en su combate a un ejército invasor yihadista que ha tomado importantes ciudades y amenaza la capital.

El diario USA Today informaba de las precisiones hechas entonces por el portavoz del Pentágono, el contralmirante John Kirby: también se enviaban helicópteros y drones que pueden «reforzar aeródromos y la seguridad de las rutas de viaje».

«La presencia de estas fuerzas adicionales ayudará a que la Embajada pueda continuar su crítica misión diplomática y trabajar con Iraq en los retos que arrostran cuando se enfrentan al Estado Islámico en Iraq y el Levante (EIIL)», agregó Kirby.

Ya han pasado algunas semanas de esta resolución y el panorama se ha complicado en demasía, al punto de que las advertencias procedentes de Washington enfilaron rápido hacia la presa apetecida que no habían podido alcanzar directamente en tres años, por más que fueron sus intentos: entrar en Siria.

La ocasión se la presentó el Estado Islámico, y una se pregunta si es una justificación válida —o acaso sugiere una maniobra como la de Osama bin Laden, supuestamente derribando las Torres Gemelas que abrieron las puertas del infierno en el Medio Oriente, con el empujón bélico de George W. Bush, el hijo—, para que Obama asuma lo que le corresponde: hacerse al papel de Comandante de las huestes imperiales.

Un experto estratégico iraní, el doctor Mohammad Sadeq al-Husseini —citado por Al-Manar News—, ha advertido que la coalición antiEI, liderada por Estados Unidos, parece el «plan B» para retornar a la región «desde otra puerta de entrada».
Por supuesto que el profesor recuerda que el Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL) es un producto «made in USA» —como lo fue Al Qaeda—, y ahora se convierte en «el enemigo», pero se cuida bien de descabezarlo —me refiero a Abu Bakr al-Baghdadi—, lo que pudiera hacer, estiman no pocos, en el momento preciso que lo considere apropiado, como hizo con Osama bin Laden.

Mientras haya enemigo habrá la posibilidad de entrar militarmente en cualquier parte, y Washington, buscando una legalidad de la cual carece para esta aventura bélica, se dispuso de inmediato a buscar, como siempre, a la OTAN de aliada, además de algunos países árabes de la zona, aunque no todos le han respondido según su interés. Pero ya Francia entró en el escenario atacando posiciones de EIIL en Faluja, al oeste de Bagdad, y acaban de hacerlo también los Tornados británicos en territorio iraquí, aunque según DPA los aviones de la Fuerza Aérea Británica que salieron de su base militar en Chipre no realizaron aún ataques contra la milicia del Estado Islámico, sino que se dedicaron a trasladar material para las tropas iraquíes; mas están preparados para realizar ataques «en cuanto se identifique un objetivo adecuado».

Lo paradójico de la situación es que el viernes el mismísimo presidente de Iraq, Fuad Masum, habló en la ONU de un peligro dentro del peligro: «El conflicto atrae a extremistas de todo el mundo. La novedad es que entre ellos hay miles con pasaporte europeo o estadounidense».

Como hablamos de la ONU, es conveniente referir la denuncia hecha por Cuba el sábado 27, cuando el canciller Bruno Rodríguez Parrilla develó el intento de Estados Unidos y de la OTAN de un nuevo reparto del mundo por la fuerza de las armas, con su saldo de ingobernabilidad, inestabilidad, proliferación de la violencia y el extremismo, desgarramiento de naciones, culturas y religiones, todo lo cual constituye un grave peligro para la paz, decía fijando la posición de la Isla.

Estamos en la guerra mundial

A propósito resulta oportuno, en este mundo complejo donde los conflictos bélicos se están multiplicando, citar al Papa Francisco, quien dijo hace poco: «Estamos en una tercera guerra mundial, pero por pedazos». Y en esa amalgama de conflictos globalizados, un elemento se va perfilando, Estados Unidos encuentra las justificaciones para hacerse presente —tal como preconizó George W. Bush, el hijo— en cualquier lugar «oscuro» del planeta.

«Cuando hay una agresión justa es lícito detener al agresor injusto, pero no bombardear, no hacer una guerra. Los medios deben ser evaluados», indicó el Sumo Pontífice a periodistas que le acompañaron en su viaje a Seúl, y advirtió que «una sola nación no puede juzgar cómo se detiene una agresión»; algunos comentaron que esto pareció una alusión a Estados Unidos.

Francisco fue más allá: «después de la II Guerra Mundial esto es un deber de Naciones Unidas» —por cierto el Consejo de Seguridad tampoco le ha dado el visto bueno a la nueva conflagración—, y siguió un duro juicio del Papa: «tantas veces, con la excusa de detener a los agresores, las potencias se han apropiado de los pueblos y han realizado verdaderas guerras de conquista».

Es evidente que la brutalidad del Estado Islámico y de otros grupos extremistas que se dicen musulmanes —que con su actuar violan y denigran las leyes del Islam— sirve de pivote para que el Pentágono haga sus guerras y el imperio cumpla sus planes estratégicos de dominio mundial.

Estados Unidos, en la actual administración, y con el amparo de la guerra contra el terrorismo que ideara en tiempos de Bush, el hijo, ha bombardeado a siete países árabes —Iraq, Afganistán, Yemen, Siria, Paquistán, Somalia, y Libia.
Por demás, a no pocos preocupa que la guerra en curso pueda hacer cada vez más fuerte al Estado Islámico y haga casi imposible detener la violencia en la región y quién sabe si se extienda y cruce muchas fronteras. La caja de Pandora del terrorismo está abierta. Esto es solo el comienzo.
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Fotografía: Una mujer sostiene un cartel durante una protesta contra la acción militar en Irak, frente a Downing Street, en el marco del debate sobre los ataques aéreos contra el Estado Islámico (EI), en Londres, Reino Unido. (Foto Diario Co Latino/Xinhua/Jay Shaw Baker/NurPhoto/ZUMA Wire/ZUMAPRESS)

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