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De nuevo la muerte

dariolaraÁlvaro Darío Lara

Escritor y poeta

Hace pocas semanas fallecía ahogado en la Playa de San Diego, case La Libertad, clinic el joven diseñador y artista de la vida, Sarbelio David Henríquez Herrera. Un valioso salvadoreño: creativo, soñador y humanista. Tuve la inmensa alegría de conocerle en sus días de colegial, siendo yo, su profesor de Literatura. Sarbelio era un muchacho sonriente y atento con todos. Su temprana vocación por las artes, lo convertía en el ilustrador, el dibujante, el compañero, que resolvía todas las tareas que implicaban las habilidades artísticas. Desde luego, no sólo las propias; sino las otras, las mal llamadas ajenas. Una palabra que Sarbelio nunca conoció. Para él, la solidaridad, el apoyo a los demás, la ayuda desinteresada fue siempre  algo natural. Y en ello se encontraba, precisamente, cuando lo sorprendió la muerte.
En su corta vida -apenas veintinueve años- dedicó gran energía al quehacer teatral del país, a la docencia universitaria y a las actividades de servicio, en diversas organizaciones.
Años después lo encontré como oyente, en la clase de Historia del Arte, que este servidor impartía en las aulas universitarias. Nos saludamos y me compartió su interés por la fotografía y el teatro, en donde comenzaba a incursionar. Recuerdo que me obsequió un artefacto “sarbélico”  que había creado con fotografías inspiradas en mi poemario, Minotauro. Así era Sarbelio.
La juventud de Sarbelio tan prometedora, y su reciente desaparición física, me llevan a pensar en la cantidad de jóvenes inquietos, que mueren tempranamente sin el goce de una verdadera experiencia libertaria. En el caso de nuestro amigo, su vida estuvo llena de plenitud, y creo –firmemente- que fue una vida con un gran sentido. Sin embargo, un amplio sector de nuestros jóvenes no tiene esta oportunidad, ya que continúan siendo marginados de la educación, la ciencia, la técnica y la cultura. Y lo que es aún, más crucial, del amor, del afecto, de la protección y orientación que sólo puede proporcionar el entorno familiar y comunitario, como factores claves en la conformación de la identidad juvenil.
Este es un país de mucha marginación (ahora se dice exclusión) hacia los jóvenes. Se les sataniza por su apariencia, por sus nuevos códigos de comunicación, por sus modas, hasta por el uso de una tecnología que se erige (más por actitud de los mayores) en una barrera que impide conocerles. No los escuchamos, no estamos atentos a su compleja interioridad. Queremos entenderlos -fallidamente- desde los parámetros de nuestro propio pasado. Las necesidades de la juventud urgen de políticas bien articuladas que vayan al fondo de los problemas, superando  los enfoques del activismo promocional, que se desvanece rápidamente.
Siempre ante el miedo, el ser humano, responde con violencia. Siempre frente a la angustia de lo que no podemos “controlar” o “seguir controlando”, usamos las formas más represivas.
Es lamentable cómo ante las expresiones de la cultura juvenil urbana: “las tribus”, para el caso, respondamos con la brutalidad policial indiscriminada. Se debe entender de una vez, que no todos los jóvenes salvadoreños son pandilleros. Y los que lo son, representan un desafío para  la sociedad en general, no sólo para los expertos en temas de seguridad. Hay que preguntarnos profundamente: ¿cómo es la sociedad que los ha producido? Quizá comprendiéndola mejor, tengamos una explicación más atinada, y construyamos alternativas realmente inteligentes y sostenidas en el tiempo.
Cuando un joven como Sarbelio muere, una estrella disminuye el firmamento. Pero con el fulgor de la que fenece, muchas más deberán brillar, para continuar demostrando que este país, sí tiene futuro, a pesar de los pesares ¡Qué regreses pronto, siempre luminoso, querido Sarbelio!

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