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CUANDO LA LUNA CAMBIE A MENGUANTE XIII CANTOS

René E. Rodas

 

A mi hermano, Alex Rodas

I

Hace tiempo que estoy aquí. Me quedaré lo justo. Hasta que la luna cambie a menguante. Vine para ponerle nombre al último objeto de la creación. Abriré las puertas del mundo para que lo contemple con sus ojos nuevos; con un manto púrpura y una alta corona marcaré su presencia. Los libros sagrados leeré para sus oídos, y los secretos de la tierra y de las aguas le serán revelados por mi compañía silenciosa. Soy un sabio árabe que conoce el encanto de los números, un espartano curtido por la sangre y por el sol que guarda para el que viene la crónica de las grandes batallas. Durante siglos fue adiestrado en la ciencia de la espera. La contemplación y el canto fueron en mí dotes tempranas. Ahora aguardo. Y el tiempo me es propicio. He visto dibujarse en el espacio las señales apacibles que lo anuncian. Del pasado rescato el trigo y las abejas. Yo educaré su voz. Yo templaré su carácter. Yo edificaré sus pasos sobre el alto tálamo de los que todo pronunciaron por la primera vez. Yo le seré filtro para la luz, regazo en su congoja, bastión en su batalla, sentencia en su alegría. Yo seré sus ojos cuando duerma. Yo cuidaré su tienda. Yo, que soy uno y legión. Habrá de separarse de mi lado, como el cachorro abandona a su madre, como el mozo fuerte deja el hogar para fundar su hacienda. Pero mi consejo abrirá su senda y mi palabra resonará en su memoria cuando pronuncie sus claros pensamientos. Yo seré la primera marca de su rostro y el primer pájaro de su sonrisa. Yo seré la sombra de su contento y el claro rayo de su abatimiento. Yo, que soy uno y legión. Por la tarde descifraré los celajes y en las mañanas interpretaré las palabras del que siempre nace para que amanezca. Le enseñaré a domeñar el torrente de su fuerza, le insuflaré el secreto de las frágiles curvas que hacen sólido al arco. Soy un príncipe brahmán que leerá el libro secreto de las revelaciones para aquél que todo le será revelado. Mi ancianidad es el Talmud y la Cábala. Soy el que anuncia al que es el final de la espera. Conmigo aprenderá el amansamiento de los carnales potros; le revelaré la caricia mágica, y él será sus propios hijos y sus abuelos todos. Destinado estoy a guiar a ése que es todos los destinos. Y él vendrá. Y aunque será anunciada su llegada con el más sonoro festín de las alturas y los abismos, ninguno de los presentes aceptará su signo. Sólo él, que tiene ojos, verá. Crecerá a mi lado y conocerá en su piel la canícula del mundo y los fríos de la tierra. Será mayor un día, y entonces, cuando él sea el único entre los grandes, mi sabiduría de anciano será fuente para su sed y lecho para su cansancio. Y un día conocerá todos los secretos, y pronunciará los que aún no se inventan, y echará de su templo a los que quieren suplantarlo. Y él será todas sus tropas, todas sus posesiones y en sus dominios nunca se pondrá el sol. Él, que podrá hacer brotar agua de las piedras; él, cuyos ejércitos gobernarán la tierra. Y él será el más ágil, el más sabio, el más veloz y certero de cuantas criaturas habitan la tierra. Y mi sabiduría de emperador azteca que conoce el porvenir viendo el ritmo de la sangre cayendo del teocalli sagrado a la tierra, estará a su servicio con tranquilidad y aplomo. Y cuando su grandeza alcance con su marca indeleble a todo lo que pesa sobre el aire y sobre las nubes, cuando su verdad se convierta en el más fiel modo de llamar a las cosas, cuando él sea el vientre de su madre y la sangre fértil de su padre, cuando todo lo creado venga a postrarse a sus pies, cuando todos los suspiros del campo y cuando los sollozos de las grandes aguas vayan dirigidos a su grandeza, él, que será el nombre de todo lo posible, cerrará los ojos. Y caerá su mente en el llamado de la renuncia a lo que es, a todo cuanto existe. Y se verá a sí mismo como una brizna de paja que bailotea al viento; contemplará su amplia, inabarcable desolación, su congoja de los siglos todos. Y la suma de todos los astros será su tristeza. Y entonces, la libertad caerá sobre él como la más pesada de las cadenas; y así, ya libre y solo para siempre, esbozará la sonrisa del sabio. Y así, ya libre y solo para siempre, talvez llore el llanto silencioso de los altivos abandonados a su desgracia. Y entonces, decidiendo por una vez, morirá, apagándolo todo con su beso. Y entonces yo, en ese día que es el día, yo que soy uno y legión, podré marcharme, porque la luna habrá cambiado a menguante.

 

II

He aquí al que nace con los puños cerrados. He aquí al que saluda con un grito al mundo en su primer encuentro. He aquí al que su lágrima inicial tributa al firmamento que lo cubre, a la tierra que lo acoge. He aquí al que emerge de la sombra a las sombras. El que sus manos son las cordilleras y los vientos ha llegado. El que su lamento es la madre de las voces nos habla. El que su llanto es los mares inmensos nos abraza. El que su oscuridad emana luz a los iluminados nos visita en esta eternidad que en su final comienza. Y la tierra entera se parte en el pubis henchido de su madre, dejándolo indefenso en esta habitación trémula donde sonrisa y llanto bailan en un solo abrazo. Helo ahí tendido con su piel temblando. Helo ahí gimiendo con su cara asustada. Helo ahí desnudo como una frágil caña que la corriente arrastra. He ahí la verdad sorprendida con la carne arrugada. La más bella mácula del universo ha brotado, causando su primer estrago. He aquí la guerra que abandona su letargo. El dador de los nombres se ha hecho presente. He aquí al que pudo ser un microbio lanzado a la nada, convertido ahora en el portador del fuego. He aquí al que se agazapa en el dintel de los tiempos, jugueteando torpemente con un mundo gigantesco. Su primer grito reclama, su primer llanto denuncia la contemplación de una obra por cuya gracia deberá pagar largo y profundo. He aquí la palabra. Este es el hijo de sus largas noches. Este es el hijo de sus días más claros. Él, que derrochará el silencio desde las altas torres del planeta para vivificar la siembra; él, que escrutará los abismos fangosos del sol; él, que subirá hasta la flor más tierna de sus instintos para enumerar las brisas, para echar a correr los ríos; él, que acontece en cada pálpito telúrico, en toda contracción del espíritu musical que anida en la luz; él, ungido con los sagrados aceites que guarda en su regazo la pirámide ancestral; él, oficiador de los ritos secretos; él, pagano eterno hollando las lindes ignotas de un universo que crece a cada uno de sus pasos; él, último trashumante perdido en la gritería cósmica, se hace presente en la vastedad de los siglos innumerables que con él nacen, inocentes como él, y como él, culpables de la exactitud de las crónicas que están escritas con el polvo de la eternidad en los añejos muros de un mañana de quimera. Alfarero de los volcanes, una mano cualquiera puede apagar su garganta. Orfebre de las estrellas, una simple brasa acabaría con su danza. Constructor del horizonte, una garra, una piedra, detendrían sus pasos. Este es el inventor de los templos que lo esperaron milenios. Y él es el sacerdote del oráculo que lo anuncia, y la bella esclava que en sacrificio se le ofrece. Y él es la muerte de sus ancestros y la simiente fértil que multiplica a sus nietos. Y él es el escultor de los arcanos que lo exaltan y el verdugo inclemente que con su látigo lo humilla. Y él es cuantos pueden contarse con ojos, recuerdos e ilusiones. Y él es a un tiempo su corazón y su sangre. Y como el astro mayor, él es caricia y golpe en una sola mano. Él pintará los cristales para embellecer su alma. Y les pondrá filo para extirparse los ojos. Él hará posesión del verbo para mitigar su angustia y lo soltará de su lengua para destruirse los labios. Este es el elegido del fracaso. Este es el que frutece en los desolados desiertos; éste es el que beberá los vinos generosos que aguardan en las bodegas de los dioses más felices; éste es el canto de las flores que nacen del dolor; éste es la ceniza unigénita del barro celeste del amor; el cometa que guía el viaje sin retorno que emprende la vida; la mariposa inocente que genera los colores. Él dará sentido a la congoja. Él apacentará el rebaño de las horas. Hoy es apenas un capricho, un perfume alocado que aún ensucia las mantas. Pero día ha de llegar en que aparte con su brazo potente a la visión de la ceguera. Día llegará en que asole villas y ciudades. Y su rastro sea la cosecha del grano o el fétido paisaje de los cadáveres. Hoy apenas sabe rumiar su nostalgia. Pero el día en que su amargura rebase las montañas, el día en que su voz rebelde se escuche hasta en las naufragadas naves de la mar profunda, el día en que su amor explote hasta la última vergüenza, ese día no quedará cabeza erguida ni pared plantada; ese día secular, ese día sórdido, ese día, el día postrero, habrá gemidos, chillar de dientes. Porque éste que es el enviado de su palabra, éste que es su palabra y su puño, éste que es flor y fruto de su propio árbol, habrá de extender los brazos. Y sus miembros abarcarán las lindes extraviadas del espacio. Y su abrazo cercará todas las horas. Y las constreñirá. Y hará crujir los huesos endurecidos de cronos, el inclemente. Y la púrpura del mundo palidecerá para siempre. Y en un solo pan, amasado con su llanto, en un solo pan endulzado con su canto, unirá las voces y las lanzas, los pájaros y las ciudades, la mujer y los océanos. Y en un solo pan juntará las harinas de cuanto ha sido. Y en un *solo pan se comerá su muerte. Porque éste es el caos hecho carne para dar una razón a los hombres. Porque éste es el anunciado. El destino de todos los viajes. Y ahora yo, que soy uno y legión, debo tomarlo en mis brazos mansos y elevarlo al templo que nace en el corazón de la aurora, para que sea marcado en su frente el anatema de la libertad. Después bajaremos juntos para que comience el rito pagano de vivir. Tierra, ahí tienes a tu engendro. Hijo, ahí tienes a tu madre.

 

III

Antes de todo vinieron. De muchos lugares. Algunos venían solos. Otros eran multitud, y parecía que nunca terminarían de llegar. Los hubo que estaban cerca, y les bastó con moverse un poco para quedar cómodos. Pero otros venían de partes distintas y tenían que tocarse a tientas en lo oscuro para reconocerse idénticos. De playa estaban hechos, pero no todos. De plantas espinosas eran, pero no todos. Los había brillantes y húmedos, como las ballenas. Los había pequeños, pero tenían la cara apacible de los gigantes. A veces eran tan grandes que no podían verse completos. Los había cristalinos y duros. Pintados con sal. Con sangre de retama. Vestidos con lechos fluviales. Pétreos e incompletos los había. Geométricos y amorfos. Alados. Con vértebras escamadas. Con muchas extremidades. Desmembrados. Tiritantes. Policéfalos. Gibosos. Navegantes. Los había hechos de luz o de leche. De humo. De estiércol los había. Pero no todos. Porque había otros que en realidad no existían. Pero todos vinieron. Antes de todo. Y todos hablaron a un tiempo. Y aquello pareció una sola y grande voz, salida de una sola garganta. Entonces dijeron muchas cosas sin resentir al silencio, que aún no existía. Dijeron muchas cosas sin palabras, porque no tenían. Y yo, que soy todos ellos y ninguno, dejo aquí mis recuerdos, porque cuando la luna cambie a menguante, deberé partir sin nada.

Así dijeron cuando las cosas no se movían. Qué solos estamos, comenzaron. Y se dieron cuenta de que no había lágrimas sobre la faz del planeta. No había música ni nombre para las cosas. Para nadie cantaban los pájaros. Para nada existían los venenos. No había quien contemplara las sombras; tampoco había quien se escondiera de las nubes. No había quien clamara con odio y con angustia, con desvelos y versos a los solitarios dioses. Qué muertos estamos, descubrieron. Nadie es todavía en el pequeño planeta viviente que se baña de sol. Nadie pinta en las cuevas nuestros rostros de tormenta. Nadie cava nuestra tumba con ternura y paciencia. No existe quien nos llore para que podamos ser. Allá no hay cantos gloriosos. Invocaciones no hay. No hay quien se postre ante nosotros para humillarnos. Aún ninguno ha jugado a olvidarnos. Nadie recuerda nuestras huellas ígneas. La eternidad cansa, confesaron. Hace falta quien nos extinga, y quien nos perdone, y quien nos divierta, y quien nos ame, y quien se vea en nosotros, y quien quiera detener nuestra marcha de arroyo desbordado, y quien nos cuente los cabellos, y quien coma de nuestra desgracia, y quien nos transmita a la incredulidad de sus hijos, y quien invente la mentira para complacernos, y quien muera por nosotros para apagar cada vez el fuego eterno, y quien se mate en lugar nuestro para acariciarnos la tristeza, y quien cuente las horas para extasiarnos la impaciencia, y quien descubra lentamente las distancias que nos envuelven desde dentro de nuestra inabarcable presencia. No sabemos quiénes somos, aceptaron. Los que están no nos conocen; no saben dónde se apaga la brisa, dónde crepita el agua, dónde duerme la luz; nada saben. Los que están sólo crecen. En ellos sólo bulle la quietud. Sangre y nada más hay en lo profundo de sus corazones. Apenas saben tocarse. Apenas se huelen. Nunca miran a lo alto de receptáculo que los detiene. Sólo cambian de piel bajo los mares. Nunca murmuran. Duermen. No copulan con la tierra. Nada más existen en sus propias estaciones. Hace falta una sombra precisa que indefina todo. Y mientras así decían, se habían emborrachado de tristeza y de vinos inspiradores. Y mientras así decían, se habían hartado de ambrosía y de eternidad. Y el pan que habían comido estaba hecho con la fécula del trigo, con la del maíz y la patata, con la del arroz y el centeno, pero ya no les sabía bien porque estaban abandonados. Y comieron de las mejores carnes, pero no supieron decir de qué bestias eran, porque se sentían llenos de soledad. Y se sirvieron de las más frescas frutas, pero no las saborearon, porque la amargura les inundaba la boca. Se contemplaron entonces unos a otros en la completa tristeza que eran. Y por alegrarse fueron locos mientras hablaban y se convirtieron en machos y hembras y copularon mientras todo esto decían. Y el universo despertó en un largo sueño, en una zarabanda de galaxias desquiciadas que se desbordaban en sonidos. Y todos los sonidos eran escuchados por vez primera, aunque eran los de siempre. Y se sintieron alegres al verse confundidos, bogando amontonados sin distinguir cuál era cuál. Y de aquel retozo inconmensurable sólo quedó un increíble vientre. Reposado ya. Esperando. Aguardando su propio estallido, como un sol que nace su día primero. Y cuando los astros asintieron con sus rayos y la luna era plena y virginal porque nadie la había mirado, aquel vientre se partió por la fuerza implacable del que venía. Tendido fue en el regazo terrestre que lo acunó y que dio lecho a su primera lágrima. Y como se reconocieran todos en él, indefensos y solos, todavía susurraron: a lo mejor nos equivocamos. Pero lo vieron sonreír y dijeron: a lo mejor fue bueno.

 

IV

Así dieron inicio las horas. Corrido fue el velo de la armonía exacta que dominaba las células; desatados fueron todos los avatares, echados a correr todos los augurios. Comenzaron los juegos. Los dados de la existencia rodaban aire arriba, montaña abajo, con sus caras al garete en mares imprecisos, sin saber dónde detenerse. Los colores desbandaron su concierto; la luz giraba en arabescos, perseguida en los rincones por ruidos que despertaban para saludar al imposible antojo parido por un cosmos irresponsable. En su ebriedad sin tino, los eslabones de la nada crearon el martillo impávido que les romperá el grillete eterno. El presagio de una broma fracasada estaba ahí a dos pasos de cualquier ataque, abandonado en el centro de un planeta desierto desde el cual habrá de burlarse algún día de todo, con su libertad desnuda y su carcajada impertérrita. Y hasta las insignificancias más pequeñas vinieron abrazadas con los monumentos ciclópeos de la tierra, para celebrar el comienzo de aquella fatalidad de gestos torpes. Y cuando dio al mundo su pupila incrédula, saltó de su pecho un agrio grito en signo de protesta. Alzó los brazos y miró los pájaros que lo rodeaban; encontró sus piernas y los animales con sus garras lo saludaron complacidos; sintió su espalda aferrada a la tierra y los peces nadaron hasta la orilla, agitando las aletas. La clorofila besó fraternalmente su sangre, y cuando el sol alcanzaba su casa más amplia, él alzó su cabeza como señal de inocente igualdad, desdeñando las lisonjas que no le cabían en la ignorancia. Violado se sintió por el engaño rutilante. Extraño a todo, como en un hogar ajeno; venido a menos, como un ángel lanzado al exilio. Crispados sintió los huesos por el pavor del abandono. Aturdido su pellejo por la amenaza de las figuras gigantescas que le parecían macabras cuando bailaban en derredor suyo; sorprendido en su melancolía sin más argumentos que el miedo. Azorado por aquel encuentro que le imponía la vida sin rendirle cuenta alguna, dejándolo ahí, simplemente, para que él decidiera de qué talante era la novedad. Pero no le alcanzaban los sentidos para percatarse de todo, porque las cosas andaban muy atolondradas, yendo y viniendo con el desconcierto aparente que encuentra el que llega a una casa de locos. Pero como aquella edad vieja estaba hecha para las revelaciones a la criatura joven, la incredulidad fue campana reveladora en el templo germinal de su cabeza. Y las cosas tornaron de ritmo en la brisa, dándole un compás de espera. Y eso le sonó a música. Y los colores en algarabía se fueron posando en el vaivén del aire, y los ojos de la criatura presenciaron un baile. Y el plato circular y cóncavo del cielo desplegó sus mejores voces en el rincón de los celajes, para que aquella pintura irrepetible saludara con ternura a la pequeña figura de barro que inundaba con su magia diminuta aquel paraje anónimo. Y como aquella edad vieja estaba hecha para las revelaciones a la criatura joven, fue mayor su asombro al descubrir que toda aquella fiesta del universo era nada más para celebrarlo a él; porque sólo él tenía el poder de elevar hasta la belleza y el entendimiento las cosas que tocara. Él había despojado a la llama sagrada de su poder de iluminación; sólo él podía extrañarse y preguntar si era cierto cuanto aparecía fuera de sus poros y dentro de ellos. Pasaba la prueba ante las criaturas sumisas; y aunque no lo comprendía, se había condenado en ese instante a cargar durante su existencia con el pesado bulto del caudillo; atrapado estaba en la piel del héroe. Y él se sintió hermano en desgracia de todos ellos; y en cada uno de ellos encontró su nostalgia; y sintió pesar junto al mundo. Y la desolación de todo el planeta se condensó en el aire que su nariz respiraba. Dio un paso para saludar a sus cómplices de miseria. Y extendiendo sus brazos cayó de rodillas con el silencioso estrépito de quien acepta ser sacrificado. Y hasta lo que fue creado sin ojos, hasta lo que fue puesto en lugares recónditos, junto al centro de la tierra, y todos, todos los lanzados al mundo, lloraron con él, sabiendo cuán grande era su tristeza. Así finalizó el primer rito en la región de las sombras. Así se consagraba como errante escrutador de los abismos éste que es el esperado. Las fuerzas telúricas y las fuerzas del aire se habían conjurado en aquella fracción de eternidad para servir de templo sagrado al encuentro del todo con la nada, al abrazo consigo mismo del que sólo llega cuando parte. Se juntaron bajo el cielo los dos ojos para una sola mirada. Y yo, que recién llego y he permanecido aquí desde siempre para recibirlo, en aquel instante me acerqué a él hasta casi tocar su sombra. Y sin decir palabra para no herirlo más, le mostré el firmamento que ahora la luna, discreta y tierna, cubría con su regazo maternal. Y como él entendiera que otro rito se iniciaba, se dejó llevar por mi mano. Y la luna le ofreció el néctar que nacía de sus pechos próvidos. Y él tomó con gusto, porque tenía hambre y frío. Y su cabeza soñaba de fascinación. Y su cabeza balbucía torpes figuras que recogían lo que en todo aquel día le había sucedido. Y eso fue la primera poesía, brotada en el sosiego y el arrullo de aquel seno protector. Y el universo entero y cada uno de sus hijos se mostraron complacidos. Y yo, anciano múltiple para guiar a la esperanza del mundo, me sentí complacido. Pero nadie, nadie, estaba más complacido que él.

 

V

Breve será tu estancia. Estarás aquí lo que tarda una gota en caer del ojo a la carne. Apenas nada serás. Breve será tu estancia. Corto el interminable viaje. Quemados serán tus sueños con el canto de las postreras abluciones, serenadas de encantamiento y decepción. La umbría azotará tu esqueleto, hecho de las viejas cales de tu eterno sepulcro. Y así serás el siempre maravillado ante la inaudita grandeza que sorprenderá el paso de tus miembros. Breve será tu estancia. Te quedarás mientras dance la luna con su arrebol de cansadas muertes. Y tu espada nacerá de la ergástula escondida en tu pecho de esclavo milenario. Y cuando tu vigorosa lámpara de entraña incandescente sea convocada al coro de las plegarias, aflorará del monte sagrado donde se esconden todos los lamentos una brillosa pátina de blasfemia, coloreada por la inocencia. Pero tu flema elevada a sagrada llama de comunión permanecerá intacta. Y tu pureza será el riguroso desierto. Y tu pureza será la luz de todas las profanaciones. Y cuando sean quemados tus miembros, cuando seas visitado por la primera lluvia y su voz trémula, cuando el metal acerado florezca en los valladares, cuando las aves vayan en pos de los encuentros y los árboles desaten sus ramas salvajes, cuando los caracoles suelten su voz de furia insaciable, cuando las espadas del maíz persigan el dulce olor de las venadas sudorosas, cuando el infinito incontenible aguarde al sol entre las sábanas de su aposento, entonces una montaña de angustia contenida se derramará por tus labios. Y en tu vientre resonará, provocativo y tentador como una campana desnuda, el hilo roto que dejó la nave liviana que te trajo. Árbol te sabrás entonces, con tu polen agitado. Semilla fecunda. Sacerdote del fuego. Oficiador de tu peleada germinación y sus reminiscencias de batalla originaria. Centro divisor de los vientos. Morada de las deliciosas fiebres que encaprichan a los dioses. Piedra secular donde agonizan los desterrados hijos de la gran mansión del estío. Copa sacramental donde los misterios son ofrecidos a la boca del tiempo. Cántaro inagotable de los colores heridos por la geometría del cangrejo protector que conoce el rostro de los que nunca detienen su quietud en la casa donde la luz es el nombre del silencio más ciego. Y de tus labios emanará un soplo que se entenderá con el desconsuelo de las plantas. Y aunque nada adivines de colinas y salamandras, sabrás que estás hecho de tu propia magia. Y volverás sobre la marcha para ver si no te dejaste olvidado sobre la roca o en el nudo del colmenar; volverán tus pies a construir el largo peregrinaje de las hormigas. Y tu mano que la piedra prolonga decantará el perfume de la flor del trébol; tornará tu frente a sucumbir ante el asombro coloidal que habita en la gruta de tu sangre desterrada. Y el mundo aparecerá ante ti como un gigantesco acantilado. Y la vida te dará vértigo en su extensa prolongación de rayo amenazante. En plácidos manantiales verás tu rostro que huye de tu mano cuando acaricias la faz del agua. En el ritual de las entregas, tus brazos designarán el reclamo de tu espanto. Y porque breve será tu estancia, y de nada estás hecho para salvar a la nada, te será otorgada la posesión de cuanto tu soledad aprenda a otear. Todo te sea dado. Sométanse a ti las horas en el paño de los campos. Broten de tu pecho los números, la cifra y la musical suma cuando las olas te aclamen. Generosos sean contigo los ríos y las criaturas que pacen. Tú, el soñado, seas el sueño de los peces. Tú, el iluminado, recibe la vela candorosa que dé paz a tu puerta. Tú, el pensado, recibe la idea y su festín de reveladoras palmas. Tú, el nacido en el centro del oráculo, domina con el cayado de gran maestro, la flor terrestre cuyo perfume tentador es el secreto que gobierna el rumbo del espacio. Otorgadas te sean las lanzas que aseguran contra el olvido al pájaro de los retornos. Tú, hijo libre de la esclavitud que rige a las galaxias, recibe el tálamo donde se apagan la eternidad y los días. Y como tu carne es las estrellas, y del corazón del sol viene tu sangre, harás estremecer otra carne con tu fulgor. Y con cada uno de tus poros hablarás la vida a los espacios abiertos que habitan en la otra carne. Ungimos tu cuerpo con el barro de los orígenes; educamos tus miembros en los sagrados oficios. Reposados están tus sentidos para transmitir las esferas; convocados en tu ombligo todos los silencios, las fuerzas dadoras, la todopoderosa ausencia. Vertidos han sido en tus sienes los aceites iniciáticos; elevados al templo de tu palabra los arcanos telúricos, los altos secretos. Nebulosas y metales inundan tu savia germinal. Amarrados están tus pasos a lo que sólo se espera. Conoce tu pasado lo que aún no acontece. Eleva, pues, tu rostro, pétalo, lanza, hasta el altar de las profanaciones más celebradas por los siempre vigilantes. Despósate a ese vientre. Deposita un beso en su boca, para que florezca tu heredad, tu ayer, tu nunca, la página intacta de la primera aurora. Susurrarás algún día en su oído tu secreto de peregrino. Él será camino para tus ideas y heraldo de tu mayor conquista. Y breve será su estancia. Él será el portador de todos los dioses. Y de la belleza. Y del mal.

 

VI

He aquí la noche. Noche del mapache nocturno. Noche encerrada en los muros del pequeño guijarro. Noche sin puentes al día. Brasa enterrada en los corazones. Espacio atrapado en la pedrería cósmica. Noche ataviada con una túnica de loco. Noche de puño sesgado para más claros dolores. Noche de crótalo acechante. Puerta de la noche abierta a la gran oscuridad perdida en la noche. Noche que busca la noche. Gran contienda de la luz contra los guías. Barca sin retraso donde apagados ojos pescan trozos de sol dormido. Agitado punto donde se esconde el secreto de la fugaz clorofila. Cofre de sándalo marino viajando en la antigua tortuga. Noche verde de agua terciaria. Noche de metal licuado en el pecho del viajero castigado a no reposar. Noche del escorpión florido. Estridencia del deseo del algodonal en flor. Ultima casa de las despedidas. Corazón migratorio del cuervo sin patas. Paridora de estrellas. Pinar henchido hasta esbozar la pirámide de la noche. Llave de la morada sangrienta donde habitan el mirto perfumado y las huellas del pan. Monstruo depredador de los señores del ocaso. Dulce ama de la única página escrita. Palabra embriagante del ébano designador del otoño final. Noche abismal frente a las grutas guardadoras del polvo que dejara el portador de la señal. Garra del dador de la fuerza. Espina salvadora de los anuncios proféticos del gallo. Tatuaje encendido en la piel lunar. Bálsamo planetario, sanador de todas las llagas. Piedra sagital en el altar del templo. Ofrenda de la oscuridad. Clave de los extraviados en la noche. Cómplice del que huye del astro juez. Aceite de las lámparas oculares. Atalaya rodante para el gran descubrimiento. Carro en que los dioses se transportan a la noche. Consigna de los que reparten la muerte. Tiesto para criar planetas. Fermento de continentes. Amapola de los mares. Noche de luengos cabellos. Noche de manos como las sedas de oriente. Aposento de la espera. Sabroso lecho para el que vino a cansarse. Anónima tinta del más bello cuento. Purgadora de penas. Humo adormecedor del rostro cansado. Sutil velo de caricias salvajes. Cauce indómito del agua reveladora. Puerto angular para los rescates. Playa añorada por el náufrago vencido. Araña tejedora del total suplicio. Isla lacustre en el alma de la rosa seminífera. Bosque mineral en la carne de los melones. Noche de manglar para las nupcias del lagarto con la machorra ancestral. Piedra prismática en las profundidades oceánicas. Catedral del silencio de los epitalamios. Caja sonora para entrojar los gritos del que clama en los desiertos. Esposa callada del loco que clavaron a tus brazos. Volcán de oscura ceniza para detener la mañana. Crisálida de alas grotescas que agitan el bosque de los tiempos. Transmisora de los mensajes divinos. Istmo de las separaciones. Sacerdotisa de la gran serpiente guerrera. Noche fulgurosa en el remolino de la tempestad. Paridora del trigo. Plantadora de ceibas. Vieja lechuza que conoce las veredas por las que huyó la antigua raza. Noche traída de las aguas del otro lado de la noche. Amante profana de los dioses. Hoguera del santo. Noche de lluvia violeta. Noche de la bomba viajando entre la noche de dos continentes anegados en la noche. Noche de la sensual hembra troyana. Noche de la tierra conquistada por los que vestidos de día buscaban el oro de tu techo ovoidal. Beso etéreo de los conos opuestos por sus vórtices. Abre tus secretas rutas. Acepta el conjuro del dador de la luz. Muestra tus pechos túrgidos al que viaja con el oriente. Lleva por tus montañas al cachorro que perdió el rastro de su madre enloquecida. Déjate arrastrar por sus gritos turquesa. Sube con él a la noria del cráter visceral. Acaricia con tu arena su rastro de pescador solitario. Perfuma con tu fragancia de noche frutal sus palmas de sabio marginado. Impulsa tus naves en su caudaloso río. Sé presa de su arco certero. Noche proclamadora de mineral espanto. Heraldo del gran ofrecimiento. Péndulo signador de la eterna catástrofe. Noche suave para escanciar el vino de la hora definitiva. Voz de la palabra. Danza de los equinoccios. Nocturna tierra labrada de noche. Camino edificándose. Noche despierta al anuncio de la fertilidad. Señora de la casta de los estuarios. Vaso en que bebe el trashumante. Pedernal para el incienso de las grandes celebraciones. Tótem inicial del que parten todas las dinastías. Fuerza gobernadora de los centros originarios. Abuela de la estirpe poseedora del asombro. Doble pico del águila bicéfala. Entrega tu joya sangrante al explorador de la tierra prometida por los dioses de la noche. Noche hecha con el aliento de la noche. Noche elegida por las noches. Noche sepultura de la noche. Noche espejo matinal de la noche. De todas las noches noche.

 

VII

Aquí comienza la partida del guardador del misterio. Aquí da inicio la marcha del supremo arquero, anulador de lo seguro. Aquí principia el viaje del que siempre está a la entrada del periplo. Esta es la cuenta nunca hecha y por abrirse. Esta es la crónica del peregrinaje emprendido por aquel que es el estandarte de los presagios. Aquí se relatan las aventuras del reclamado por el horizonte. Aquí se narra la fuga de la oveja para siempre perdida. Aquí se dicen los avatares acontecidos al testigo de su propia y grande epopeya. He aquí, pues, de cómo la criatura incrédula echó en un saco su asombro y su mortaja secular, su antiguo frío y su angustia siempre renovándose, para perseguir la volátil huella de sus ancestros. Sean con él la rosa y la daga, la claridad. Acompáñenlo la música que consuela, el susurro vegetal que guía en los abismos. A su lado estén siempre los ojos que iluminan a los sagrados libros, regalo del escorpión de áridas tierras y del pájaro que sabe arrastrarse cuando hacer sombra quema. Y porque él es el paso que ensancha la herida a todas las lindes; y porque yo he de estar siempre a su lado, debo irme y quedarme. Yo, que soy uno y legión. Cerbatanas y alumbramientos haya en todo sus calendarios. Que los dioses lo recuerden, para que no sean mortales sus dolores. Que no olvide a los que jugando dibujaron su aliento, para que la miseria divina rumie orgullo a lo largo de este día. Bacanales y guerras sean también con él. Allá va. Aunque no hay manteles para el amanuense de los fastos, tampoco toneles, vientos señaladores, luciérnagas conmovidas, monumentos de espanto, clamorosos tambores de vigía, insignias de otras oscuridades, estaciones de paso. Nada hay. Fáltanle pulgones al hígado de las aves. Partido por el silencio está el gong de los parabienes. Tachada de ausencia la fórmula reveladora. De hierro no son las espuelas equinas. Nada hay. Sólo él. Y su carne es la carta de navegación. Y las barcas no pueden aligerar el viaje porque yacen desfondadas en el olvido. Ahogadas las hormigas migratorias en este día del éxodo sin final. Escondida la luna. Muertos los nacidos con dedos índices. Devorados los cobres ululantes. Desorbitadas las constelaciones y su voz de amparo. Estrangulados los celajes y su espectro guía. Nada hay. Nada con que iniciar la ronda de la interminable conquista. Nada con que abarcar el grito inconmensurable de la criatura loca que ha engendrado el mundo. Allá va. Hoy, cuando la sombra es luz, cuando los gemelos del firmamento juegan presurosos al vicio de la virtud, cuando el jade de las grandes ceremonias aún no decora los pechos, cuando las estaciones dormitan sobre el pasto virgen, cuando el gran astro se demora en la tibieza y la penumbra, entonces se rompen las amarras indestructibles del que al desatarse cae. Allá va. El engendro apurado de los fuegos calcinantes que palpitan en el ponzoñoso vientre del cosmos. Allá va. El depositario total de la casta maldita. Allá va. El vómito de todas las hordas seculares. Allá va. El nacido de un beso entre víboras. Allá va. Desatando catástrofes, reconociendo las huellas que le adelanta el sueño. Allá va. Llegando a cada noche para jugar con los descubrimientos. Allá va. Destruyendo maravillas para poder reinventarlas, asesinando la muerte que le nace a cada paso. Allá va. Dejándose modelar por el viento que lo escupe. Allá va, allá va. De las aguas emerge. Y de las flores brota. Y abrazado a sí mismo, se inmola y revienta de volcanes. Y se arrulla en los catafalcos, mientras huye a celebrar sus nuevos nacimientos. Y culpa a su vieja madre por haberlo hecho débil. Y se queja de su padre por una herencia tan pobre. Y se maldice por haber abandonado su olvidada casa. Pero la angustia le tritura el cristal de la nostalgia, y debe avanzar. Y las plumas de borrosos recuerdos se le secan y caen, porque ha extraviado el liviano círculo de plata que lo meció alguna vez. Y le gotean temores, y las furias del caos se desatan ante él. Pero avanza, penetrando en las profundidades del desventurado planeta viviente. Allá va la criatura de los rituales, el que se pierde y vive buscándose. El que se encuentra y juega a extraviarse. El niño monstruoso que anda por ahí derramando belleza. El castigado a reír en los finales. Desgraciado de él, que tiene vagas memorias de la total ternura. Feliz de él, que una llama cortante ha de volverlo al silencio. Pobre de él, que sabe de la dicha.

 

VIII

Este es el ceremonial del fuego. He aquí el rito de la sempiterna llama. Fuego del pedernal originario. Fuego del vientre lúdico de la tierra. Fuego del jade floreciente. Fuego de los bronces victoriosos. Fuego gran semilla de minúsculos soles. Fuego vegetal del trópico abrasante. Fuego llama blanca de altas montañas. Fuego de las dunas desérticas. Fuego líquido del río tutelar. Fuego voluptuoso de la tempestad. Fuego visceral del planeta palpitante. Fuego ciego en el baile de los peces abismales. Fuego negro de la brisa torrencial. Fuego turgente en los pezones trémulos. Fuego tensa fibra del albatros. Fuego cristal sonoro del canto cósmico. Fuego cifra extendida en la arquitectura del árbol. Fuego balanza del color. Fuego doble signo de la muerte. Fuego móvil para mutar los signos iniciales. Fuego naciente ave en la morada del rayo. Este es el ceremonial del fuego. He aquí el rito de la sempiterna llama. Convocados han sido los siete astros mayores, los que vuelan. Convocados también los cuarenta astros menores, los que brillan. Concedida ha sido la sombra. Y la miel ya reposa junto a la sal y el trigo. Y ha de venir la luna a la veneración. Y el manto blanco para las altas vestiduras reposa en la estera. Y el vaporoso licor aguarda para ser escanciado. Y el silencio aguarda en su sitio antes de iniciar su danza propiciatoria. Y el fuego aguarda. Y aguarda el humo de los augurios. Y la espera aguarda. Y aguarda también el tiempo y su repetida imagen. Y el murciélago sordo y la víbora dormida. Y yo también aguardo. Desde siempre. Bien abiertos los ojos. Presto al anuncio. Contando mis cabellos. Con todas mis sombras. Brotando en lunares y desvelos. Aguardando. Yo, vigía penitente. Yo, poblado de criaturas rutilantes. Yo, soldado en la última vejez del sol. Yo, que soy uno y legión. Puestos los siete cirios, uno por cada región donde canta la luz; abiertas las trece puertas aurorales, desbaratado el cerco de los hilos celestes. Abiertos los pórticos de la catedral salina del mangle. Enarbolada la sediciosa sed de la campana terrestre, perfumados los naranjos y alzado el maíz hasta su fiebre de lanza, para que la criatura ígnea se haga presente. Porque sólo él hacía falta. Él, la bestia candorosa, la hermosura injustificable, el soñado en el lento suicidio de la nada que parió a los astros, la mueca que no se puede descifrar, la sórdida nave del espanto, la oscuridad sin mancha. Y él se ha hecho presente. Pleno de un fatal orgullo, erosionando su propio caos, abanicando el sol, colmado de batallas mutiladoras, retoñando en insaciables colmenas. Y aún no alcanza a comprender hacia donde lo llevan sus pasos. Y a sus espaldas lleva la tortuosa carga que le depara la multitud de los tiempos. Y él es la llama fundadora de la que parten los fuegos todos, y el soplo insensato que pone fin a la luz postrera. Y al caminar junto a la inmensa laguna ardiente, descubre sus ojos perdidos en la grande y espesa noche de su naufragio. La ausencia lo recibe, la lluvia lo viste con una túnica encarnada, el sol le ofrece una alfombra cegadora, el aire le acomoda el cabello para ceñirle una tiara quemante, ruegan las bestias por el llanto de mercurio, el búho afila la plata líquida del nogal y el silencio abre su corola sangrante para propiciar el sahumerio del festín. Y él avanza. Y al caminar se parece a sí mismo cuando no era nadie. Y al caminar se le deshielan los recuerdos. Y se sorprende con una amargura febril al descubrir que aquello era la felicidad. Y se lacera esperanzado porque así vuelve a fundarse. Y las crepitaciones que se anuncian en su sangre describen el mapa de infortunios que habrán de navegar sus arcas. Y en su pecho el fuego va cobrando la densidad del lodo. Y él que es el espacio se expande inflamado en un musical incendio. Y desde el centro abrasado de su vasija ardiente, se sabe horno y ceniza. Y eleva un grito reclamando por su padre. Pero acepta el intangible peso de su copa de fuego, ofreciendo el ardor de sus entrañas para que sea larga y llena de abluciones la zarabanda del universo. Y de su ombligo brotan ríos de minerales rojos. Y se derrama en una caliente esperma que fertiliza los mares cadenciosos. Y ni el rigor del suplicio puede detener su oficiosa danza. El lago entero copula con su cuerpo. Hermosas esclavas se hacen fecundar sin prisa. Las criaturas y los astros beben desbocados. El lago entero es un altar en llamas, irreverente y altivo, que logra escupir sobre el rostro de los sorprendidos dioses. Y él es la antorcha que pronuncia el sendero de la armoniosa catástrofe, arena brillante de las redenciones, potro desatado frente al acantilado, marcha de lémures alcanzando el oasis, frase prohibida en la castidad del templo, ejército bárbaro sitiando la ciudad sagrada, la de altas murallas; profanador de la torre azul del amanecer, violador de vestales, arte inadmisible en la sórdida construcción de la pirámide, mordisco castrador en el lecho de los desposarios, revelación que hace marchitar los vientres en flor. Pero él es quien hace sonar los tambores desde el fuego. Él desguaza las sombras y engalana los cristales. Él pone a rodar el ovillo de su mente y pinta nubes y enmarca con sus párpados el templo del llanto. Cómo besa la criatura, cómo besa. Y hace puentes. Y nadie como él para brillar en el júbilo de la caza, para rozar con ternura a su pareja. Parece una ballena. Un coloso se vuelve cuando se arrastra en honor de la muerte. Y algo tiene de hez putrefacta cuando alcanza la cima de las glorias mundanas. Pero siempre es algo muy parecido al hambre. Y quema. Por eso las criaturas y los astros lo besan. Y agradecen dolorosos que haya venido. Y él se ha inmolado en el ceremonial del fuego, en el rito de la sempiterna llama. Porque sólo el holocausto puede ser su cauterio.

 

IX

Todos estamos aquí, ante la gran fosa. Ante la gruta edificante. Ante el abismo creador. Todos estamos. Ninguno falta. Nadie es extraño en la cita de la caricia formadora. Todos han llegado. Por un instante y desde siempre. Por un estertor del tiempo y para no marcharse. Todos estamos aquí, ante la gran fosa. Y el acantilado de las comuniones nos recibe para fundar eclipses. Y entre la brasa y la piedra ha de apagarse el frío. Escalada será la voz del caracol. Abatida la muralla del escarabajo de la luna. Traspasado el farallón insalvable donde florece la orquídea crepuscular. Besado por un momento el pez gamado que duerme en el amarillo espejo nocturno. abierta la caja violenta donde suceden las explosiones de la rosa metálica que crece solitaria en el delta de un río que enrojece en la primavera del bambú. Presente se hará la palabra. Murmullos habrá. Y la genuflexión ganará su único territorio de altiva resonancia. Estallidos nos acompañarán. Y no habrá oeste ni viento alisio porque el centro de la rosa sideral estará borracho de placeres. Coronas nos pondremos. Y el agua alcanzará su ritmo de cascada desbordante. En nombres creceremos. Y los más viejos perfumes tomarán el aire por asalto para devolverle su textura y su fulgor. Los colores seremos. Y no habrá dimensión ni distancia que vengan a manchar nuestro sueño con la fatalidad. Con suspiros nos llamaremos. Y los remotos eslabones del canto de los reconocimientos vendrán por nuestras venas vibrantes abriéndose paso desde el equinoccio del primer pan. Por el sudor hablaremos. Y la fosa nos seguirá llamando en la distancia para tenernos siempre a su lado. En blanco quedaremos. Y la sangrante mandarina de la paz será repartida en gajos, para que cada uno muestre a los suyos los restos del despojo originario. Todo sea ante la gran fosa. Porque en ella nacen los rayos, nadie aclare su mente ante el estruendo. Porque en su penumbra viaja la sed de los huesos, nadie oponga su sal cansada al tibio espasmo. Porque en ella gravitan las voces de agualuna, ha de callar la campana. Llama apagada será el pizarrón de espanto que ofrezca aladas barcas a la fosa que nos circunda y nos separa. Todo sea un parpadeo, un guiño breve sea. Granate la abertura de los recibimientos, palpita en su clamor de abrazo incompleto. Océano sin peces se adivina, por eso llama. Arenal tirado que no llega a fragor de desierto, soplo estelar sin aire donde abrirse paso, humo vegetal sin el ojo escrutador que lo descifre, caricia extraviada en el sinsabor del vacío, río caluroso que no encuentra su cauce, gesto sagrado buscando el centro del oráculo, tormenta altísima que no logra hallar el reconfortante choque con la tierra. Así se sabe. Por eso llama. Y nuestras hordas acuden. Trepidantes y voluptuosas, nuestras hordas acuden, ensordeciendo el espacio a su paso, quemando cuanto encuentran, llenando de vapores el aire, mil campanas doradas llamando a rebato, mil trompetas varoniles que crispan el verde pasto, cegando las transparencias del llano, desbordándose del cuenco donde las tenían atrapadas, quemando villas y sembrados, asolando todo con una música de eterna fanfarria, incontenibles en su fandango, tumultuosas y expansivas como un pálpito, cabalgando sobre cadáveres irresueltos, desguazando soles y oscuranas, tumbando murallas y reclamos, bañándonos con sangres de reyes y pelados, escupiendo dolor entre piernas virginales, eructando ante el sagrario, derramándonos desnudos ante un sol que languidece, revolviéndonos en un tiempo que no puede alcanzarnos, machacando con dureza como un tambor de amenaza, pisoteando las flores de la vereda sagrada, conquistando territorios como la cruz y la espada, derrotando fantasmas, desbaratando estorbos, conjurando dudas, replegándonos para insistir con fuerza, desorbitando un cielo que se antoja humillado, poniendo violetas por firmamento, alzando cárdenos hongos en el valle sitiado, sonando como rocas sobre el musgo rasgado, sin dejar para cuando te digo adiós ni te alcanzo, hollando posesiones como quien entra en su casa, cargando con lo que esté al estirar de la mano, rayando con furia eterna los signos de lo sagrado, gritando tierra con los ojos cerrados, desgarrando pezones como un profeta embriagado, garabateando nombres en el dintel de otro paso, balbuciendo lo que se ama antes de caer al pantano, coloreándonos de un lodo que huele a todas las sangres, escalando los torreones para transgredir las lenguas porque la pureza nos vuelve estériles, apresurando la marcha para pisar al que nos rebasa, avanzando sin conciencia ante el pavor del rezago, y se incendian las naves y rinde sus flancos la gran pirámide, y se derrumba la muralla en su propio fuego metálico, y un brillo infinito nos colma las alas, y la plenitud nos inunda mientras el mundo se apaga. Y se apagan los recuerdos. Y la fe se apaga. Las olas se han detenido como bronces enfriados. De plomo son los pájaros, y estacionarios. De plomo también el aire. El plomo que todo lo iguala. Ahora la criatura luce su mejor traje y se sorprende a sí mismo como una fuente ante el agua. Humillado se postra ante el hacedor de su conquista y altivo se corona dominador de lo que no sabe. El pie y la huella se hablan. Y nada es arriba ni abajo. Y lo que para unos fue carnaval, para otros fue batalla. Y hay quien, que al ver el humo, se encuentre mutilado. Y habrán los que al buscarse, hallen al que deseaban perder. Y no faltará el que tropiece con sus ojos, para siempre callados. Y otro dirá que lamenta haberse salvado. Y yo, me quejaré entre ellos. Y yo, me doleré entre ellos y con ellos restañaré mis viejas heridas. Yo, que soy uno y legión. Pero al ver a la criatura satisfecha y cansada, sabré que tengo un breve respiro. Porque en su tránsito desquiciado, la criatura de mis afanes que es su propio y único afán, ha logrado verter a la nada en el molde de la muerte.

 

X

He aquí la criatura que juega. He aquí la criatura de cuyos ojos sin consuelo brota el acogedor territorio del silencio. He aquí el signador de los oficios. Él es el oficiante misterioso de la lejanía y el desencanto. El hongo nudoso en que la creación se sostiene. Él, que es el total indefenso, hace resaltar la claridad de los poderes. Y en él relumbran las aguas. Y aunque el agua es la misma, él pone cuencos y tonos para el capricho de cada sed perpetua. Él, que es el breve rayo que hace más grande la oscuridad, es la distante aguja solar que teje la difícil maraña de la luz. Él es la gota miserable que destaca la inmensidad oceánica, pero hasta los más ancianos padres se nutren de su sal y su cansancio. Él es los pájaros en los que viaja el viento y la columna que sostiene al templo. Porque él es la mano y la piedra, el tigre y la voz, el metal y la sangre, la carne, el rubor, los ruidos de la arena, los lamentos del sol, el ritmo de la noche, el humo de vegetal pedrería que deleita a los embriagados formadores, el signo en que se cifran las cuentas de la ceiba madre, el eco del grito que formó a todos los alientos, la caja sin contornos donde guarda su risa el pedernal de la ceremonia en que la luna nos da su piedra azul para escribir la siembra, la fiesta lluviosa que nos adelanta el país de los muertos, la costa florida que centellea en la región donde nos inunda el desamparo. Él, la criatura que juega. Él, el signador de los oficios. Él pone camanances al brebaje de la mañana y para él baila el toro en la vendimia de la muerte. Él es quien hace delirar los quicios de la razón y en su ceguera busca a tientas la roca por la que el tiempo no pase. Él es el arrullo de los caracoles y su alma vive agazapada en lo que se repite para que los dioses no lo sorprendan temblando. Él es el puño del amanuense donde encuentra su cauce el gran canto y nada hay para él como no sean los despojos de una orgía que le está vedada. Pero en su fiebre vibra la rueda y las mulatas lo aclaman con el cuerpo. Y le duele la alegría. Y la sonrisa le aprieta. Y él es la música, el fulgor, la pared, el espanto. Él maldice la tierra hasta preñarla de archipiélagos, porque su dolor es el abismo que está más acá de cualquier parte. Pero fue él quien llevó los cirios y el nogal hasta los límites de la tarde. Y desde entonces, un abrazo nos espera en el guijarro que arde. Y sus dedos dan campanas, llamas, lanzas. Y destila lagunas en la rueca para tallar pompas y mazos. Él, la criatura que juega. El signador de los oficios. Con él han sido los cuchillos que maldijeron en su agonía los padres, pero él pule la roca que puede sellar la gruta de donde emanan las verdades sin alma. Él, que se equivocó de puerta, es el único que puede explicarnos la casa. Porque en su pecho habita la serpiente del mapa. Él marcó para siempre en el rostro a los vanidosos dioses, les enumeró la risa, les adivinó la belleza y el escarnio. Y no hay altar del dolor que no haya profanado. Pero sólo él fue crédulo ante el mármol. Fue su flecha la que se adelantó a la fórmula. De su ceniza prendió el celaje, de su ardiente cal germinó la orquídea milenaria, de sus uñas tomó la catadura el torreón, del desierto de su piel se visten las llanuras fogosas, en sus alas se fugó la brisa, en su barca encontró refugio el mar, en su cayado apoyó el vientre la tierra, en su trazo tuvo hermanos el terror del firmamento, en su tonada vio salvación el presagio perdido, en su gesto cupo el baile de los designios totales, fue su delirio el que se quedó gritando para siempre en un muro, una máscara, un dintel, una tabla. Su delirio ombligó continentes, subió montes, corrigió ríos, plantó ciudades. Su delirio que nos alcanza en la extensión de los siglos, que nos susurra su clamor en las venas, que brota tibio en los pechos maternos, que nos sube por las piernas desde la tierra que nos habla con su voz irremplazable, que danza en los pulmones, que esconde su rostro en el filo del horizonte. Su delirio que nos socava las ilusiones y el recuerdo, que nos humedece la fe con ternura, que nos pinta sin tapujos en la desnudez melosa del que acumula monedas frutecidas del despojo. Su delirio que nos canta la grandeza del martillo que siempre está en flor, que nos sostiene el aliento con el compás que nos saluda la entraña más ancestral e innominada. El delirio que viene desde dentro, de aquí donde las cosas ya no necesitan nombres para existir porque son el delirio. Pobre de la criatura. Ante él estarán todos de acuerdo a la hora de los golpes. A los mansos habrá de alborotarles la crueldad y a los tiernos ha de endurecerles las espinas. Él, decantador de poros para el antiguo juramento. Nacedor de patios balaustrados frente a un río de esperas. Catador de murallas que invitan a espejear sueños. Llorador de uñas que se asoman desde las arrugas del tiempo. Armador de las sangres que le cuajan los cabellos. Doblador de espirales en la grama que se trenza hasta estallar en huertas. Él, la criatura que juega. El signador de los oficios. Caracol infestado de cristales cantores. Bosque lluvioso donde baila el venado de la escarcha sonriente. Cosquilla en la barriga de la diosa que siempre está pariendo. Disolvencia infinita entre el sueño y el primer parpadeo. Brocal que palpita. Trazo que administra la conciencia del vitral donde nos habla la luz. Abeja que lacera los dominios de la sal. Aguda orilla donde empieza un beso sin sentido que está por terminar. Aguja que sostiene el bulto del desconcierto ovular. Lámina de arterias donde solloza el traicionado misterio. Palo de fibra verde donde se condensa la volátil espuma del rapaz depositario del zumo de la paz. Grieta por la que espían los ojos que comen el polvo de lo que tarda en llegar. Iridiscencia de los que viajan hacia atrás. Silbido de lo que no necesita humo para trasladarse. Sabor de lo que sólo se presiente. Sesgo de la serpiente. Palmera del canto solitario. Dedo firme del que pone fin a la oscuridad. Lámpara sagital del que juega a contar. Rosa del cincel. Pabilo encendido de la cuerda pregonera del presente. Guijarro expansivo del hondo polen mineral. Él, la criatura que juega. El signador de los oficios. Ridícula corona de un cosmos demente. Y al jugar es juego.

 

XI

Estas son las voces del día. He aquí un viento genuflexo ante su madre mayor. Esta es la cimbreante cuerda donde el día deposita su dolor. Estas son las arcadas del desvelo. Ovillada la criatura en su sílaba latente. Él es las estaciones, plantado en el día y su colina. Y su gesto más leve desnuda las cosas. Arcadas rutilantes. Y cada cosa parece un confín. Frutos del día brotados en la conmoción final. Bestias gimientes que se ofrecen para avivar la jubilosa fanfarria para siempre prolongada. Pueblos candentes reclamando un rayo más sin tempestad. Arcadas depredadoras. Ala que busca el vértigo para alcanzar la dura faz que precede a la lenta y certera vara del sombrío mar invernal. Esta es la región de las lindes amenazantes. Reconoce la criatura las trompetas del hielo. Y algo en él es saludado. Con una vieja destreza. Equívoco sea acaso este brillo. Pero en los arcos del día hay un llanto no resuelto. Uno sube en lengua blanca. Y tiene crispaduras de aciagos entendimientos en la piel que le suda. Y talvez sea un último sudor. Otros tienen el rostro desacompasado de los ciegos. Pero en ellos vive un cordón del canto. Uno sólo. Pero con eso basta para recoger la mies atribulada. Arcadas tesoneras. Y la criatura es la tempestad y el canto. Y en sus huesos grita una cifra inconformable. Otros están plantados sin medrar tiempo. Aunque de tiempo parecen. O de algo peor. Vienen unos como varas inconexas. De algo huyen. Porque también se quejan. Se acercan algunos que los empuja un acorde. Percuten por los aires. Y en el aire se queman. Arcadas de pueblo en vilo. Otros tienen la impavidez del gusano. Pero se enroscan si los señalan. Y son largos de pelos. Algunos tienen la catadura rumorosa de las cosas sin remedio. En sus uñas clama la sórdida preñez de las ergástulas. Pero en su andar gravita el ritmo juguetón de los orines del ángel. Otros bajan de un árbol, expelidos por su aroma. Algunos pulen vasijas con bosques de talla enjuta. Ahí se estrujará el día, antes de que pierda su candor. Entre los ruidos, se pudre el terciopelo. Y la criatura luce su alcurnia. Después de hoy no habrá isla de la que pendan listones. Y el girasol será flor, no más escudo. La concha mejor vestida será vecina del cieno. Un lento chillido habrá. Todo sea del olvido. Hasta aquí llegan los ritos de la víspera. Esta ceremonia es para un solo oficiante. Un solo altar. Un solo sacrificado por mano propia y a destajo. Arcadas de frío mondo. Ceremonia de infieles. Arcos de la nada mirándose sin velos. Nadie reclame la potestad de este instante. He aquí la criatura contemplando la creación. Y la creación lo contempla. Porque las constelaciones se miran en las grietas de su piel y con ellas se entienden en una comunión sin derroteros. Nada ha pedido que no pueda alcanzar su perdición. Pero aún le queda esa luciérnaga de encanto que baila en las pupilas donde un pesado mundo se aferra. Sobre él eclosiona la ventura. Y en pos de ella remonta sus más lejanas edades. Alta es su frente para dar aposento a las coronas. Él, que con sus habitadas sienes siempre estuvo coronado. Sus extremidades se tienden para la artera dentellada del grillete. Horma de libertad a la medida del aro. Su médula la engusana la aridez del absoluto. Mínima lisonja de un orgullo inanimado. Puerta de la desgracia con frisos de ombligo y labio. Y de sí mismo lo aparta el despeñadero de sus ansias. Castigado a no tenerse, siembra de flores la vía que busca la inclemente lava. Nada puede tener, como no sea el deseo. La miel le habla de un mundo cuyo recuerdo no alcanza. Semilla de una fe que ha castrado sus alas. Y ahora que contempla la creación y por la creación es contemplado, ahora que amenaza con soltar las furias que en su desdén apresaba, ahora que reposa antes de romper el sello que nos sostiene y lo alza, ahora que la pirámide del mundo presiente un baño de sangre geométrica y hermana, él nos mira. Y por su mirada cruza una veloz risa sin rabia. Grita en su pecho la agonía de esta tarde y un reclamo de ríos impetuosos hace el mar que en él se ahoga, seco ya, y sin costas. Por nada habrá de entregarles una gota de aliento. Agonicen creaturas de la tarde. No obtendrán como pago otra noche. Ni la palma más alta disfrutará de su sombra. Hasta los dioses serán expulsados de su tierra de dichoso pasado. Este caos no admite finales. Y del orden al orden ha de quedar nada más una separación sin gloria ni firmantes. Cada hora ha sido un nudo. Y la criatura los ha roto. Cada segundo, una hebra. Y la criatura ha consumido la cuerda. Quedan en sus manos dos trozos rotos. Inmensos, pero impotentes. Quizás sea esa la historia. En la criatura se resumen las cifras de una cuenta erróneamente empezada. He aquí la criatura lista para ser sacrificada. Revolotea sobre él el universo con un sentimiento encontrado. Todo sea por la confusión. Todo devuelto al caos. Aquí están sus manos, tibias aún de una borrosa nostalgia. Estos son sus brazos, añorantes de un encuentro postrero con una plenitud extraviada. Hasta aquí llegan recónditos avatares. Brillosos se elevan todos los pedernales. Mercadas han sido sus ropas. Pobre de aquél que no estrenó su mortaja. Invocados han sido los totales silencios. Lágrimas se ofrecen como trofeos de memoria. Y la criatura que contempla la creación y por la creación es contemplada, guarda este instante supremo para la salutación al día. Porque pasó por el mundo y por el mundo fue recibido, algo quedará para ofrendar ante la nada. Porque olló la tierra y con la tierra retozó en las mil noches de un día, quedan sobre los vientres murmullos y presagios de encanto. Y cuando tuvo hambre y sed, cuando cayó tendido por la fiebre o cuando tuvo tiempo para conocer la desgracia, el día le ofreció siempre su mano, y con especial prestancia. Desgraciados de nosotros, creaturas del día, cómo hemos cebado en él nuestra miseria.

 

XII

He aquí el mar de los eclipses sobre el cascabel del mundo. He aquí la ola detenida sobre su cresta encadenada. He aquí la hora más alta sobre el supremo lago. El mar nos hace hermanos de cautiverio. Mar de montes afiebrados para cargar a la criatura que ha llegado al cerrado destino del que en verdad nunca partió por completo. Bóveda de tristes lienzos donde se anuncia la vida como un paisaje futuro y prohibido. Océano de desconsuelo bajo los pies de la criatura. Y la criatura se alza sobre la ominosa montaña, para padecer el último estertor de esta larga expiación. Mar de piedra cortante. Mar de llamas de plomo. Mar de lluvia volcánica. Mar de truenos sin nubes. Mar de circular espanto. Mar de caballos furiosos. Circo de la muerte lenta y ostentosa. Mar de claveles sangrientos. Mar de peces agobiantes. Y sobre el mar la criatura, como un coloso ahogado. Mar sin piedad para el sueño. Y la criatura sigue sus sueños y desdeña cualquier fuga. Y he aquí que se acerca el clamor definitivo. Mar sin estaciones. Mar lejano del día. Mar donde no llega la noche. Mar de palabras ciegas. Mar de la inconmensurable distancia. Mar ajeno al espacio, el que todo lo posee. Mar descargado sobre su propio e interminable lecho. Y la criatura recorre con la mirada los escombros dolidos de un mundo al que ha de entregar la vida. Porque sólo así podrá ser en verdad parte suya. Porque sólo al abandonarlo, habrá de llevarlo en su cuerpo. Porque sólo en la renuncia a la libertad encuentra la medida de su liberación. Por eso ha de beber este día el cáliz oscuro de la iluminadora muerte. Por eso ha de comer el ácimo mendrugo del total desprecio. Ha de morir apenas. Sólo muerte habrá en este rito. Aquí terminan todos los caminos. Este es el punto ciego donde se extingue el grito de luz que dio aliento a los signos. Aquí se quedan guardados los ruidos memoriosos del incontable olvido. Aquí se evapora el tuétano anhelante de la vida. Aquí se acaba este ruinosos desconcierto. Y el aroma de la muerte va trepando por resquicios y tronos. Ya se alzan las trompetas, como flores desveladas. Y el cadencioso vaivén de la muerte impone su ritmo al bailarín solitario. El mar suelta sus velas para que la muerte las prenda con su ímpetu de ola seca. Y en la criatura se ejecutan los últimos gestos del cosmos. Algo hay en él que ya ha marchado hasta siempre. Los dioses están llorando la muerte de su asesino. Pobres de ellos que forjaron su ansiada condena. Habrán de lamentarse una vez más, antes de que el figurador de la única voz muera. Y el mar libera sus sombras. Es la sombra postrera. Mar de sombras silentes. Aún recuerdan los dioses aquel acto sin freno. Y se ven unos a otros, cómplices de un juego cuyo disfrute se pena. Y se ven por los ojos de la criatura que ha jugado a perderlos y en sus venas los lleva. Y en la criatura se sienten. Y brotan de su pellejo. Sólo con él han sido. Él, que todo ha inventado. Hasta la nada y su ombligo de vital pavesa. Y el barro tirita bajo el peso de la entrega. Y yo, tiemblo bajo otro peso. El peso de las separaciones bajo una luna envejecida que hoy morirá en el espejo. Yo que alguna vez me llamé ilusión. Yo, que soy uno y legión. Mar de astillas que brincan por un golpe que es la suma de los siglos. Mar de brillo esplendente que brota de la marea. Mancillados han sido los sellos de la fatal inocencia. Y la criatura que es la palabra relumbra en la danza que hace sucumbir a la más férrea cadena. En su tristeza se envuelve. Y se descubre en cabriolas que van apagando acuáticas estrellas. Y en los brazos de la criatura, que han sido el timón del mundo, se mece un puente de ríos perdidos. Sus puños, que han dado cuerpo a los montes, ahora se agitan para cantar a la muerte. En sus piernas se congregan peces de ojos machacados. Sus piernas que un día fueron comarca de dioses de siembra y ganado, dioses de la batalla milenaria, dioses del verso donde el tiempo se queda a dormir sin prisa y sin mandatos. Y sobre la criatura llueven las áridas cenizas del desengaño. En su pecho se rompe, ya infecundo, el primer grano. Su pecho que parió estirpes de vigor desbordado, su pecho de ónix caliente que alguna vez hizo florecer en selvas a las vencidas abuelas. Y la muerte va alcanzando su cetro sin gloria. En su cumbre de plata hirviendo la criatura nos mira. Y en su semblante se acumula el carnaval sin fechas de cuanto color ha brillado. Porque él ha conjugado todos los trajes de este acto. Él, el regidor del gran canto. Él, la transparencia irrepetible de cada nota acordada. Y en su pupila aún despierta se sostiene como ave lejana el misterio. Y la luna ya pobre aparece entre los dolores como un firmamento en llamas. Este será su último viaje. Luna de parco vientre, condenada a vivir atada mientras la criatura muere. Luna de largos padecimientos. Ella se irá sin llamas. Ella que siempre fue polen, será el murmullo que queda después de la nada. Y la criatura la busca sin poder alcanzarla. Y se desatan los círculos. Ya se incendia el cordón de la sutil sonrisa del que todo ha rasgado con su presencia. Y la criatura se abraza y entre sus brazos nos parte. Todo constriñe con su furia. Todo sucumbe en su beso. Algo como de obsequio final está inaugurando con su atolondrado encanto. Última muestra de creación en su engendro destructivo. Y algo parece decir. Talvez sea sólo otra hermosa e insensata mentira. Acaso sea la burlona heredad del sabio. A lo mejor no sea nada. En realidad, ya no importa si es un gesto de victoria o si es un gesto de deseo. Ahora la criatura se ha marchado, sin ir a ninguna parte. Porque su mundo no es de este reino.

 

XIII

Hace tiempo que estoy aquí. En lo alto de la roca del mundo, en la arena privilegiada de la playa del mundo, arrastrado por la abatida corriente del mundo, infestado en llagas por la sal de cenizas del mundo, contemplando la luna de cósmica agonía en su tortuoso paso hacia menguante. Hace tiempo que estoy aquí. Y apenas lo justo he permanecido. Apenas duró un instante. Breve ha sido mi tránsito. Y desde siempre he estado en la invocación al silencio. Viejos ya mis ojos que recién he abierto por la única y absoluta vez. Vine para ceñir la corona de los horizontes sobre la frente del señor de los límites vertiginosos. He sido la fragua de la total epopeya y su ajeno y distante relator. Y ahora yazgo amontonado entre los despojos del osario del mundo. Soldado de la vida. De la muerte soldado. En mi anciana piel encontró su fuero la esperanza. Yo, lunar de la luna. Yo, vestidura de la palabra. Yo, que soy el impulso para atravesar el umbral infranqueable. Yo, que sólo en mi ausencia estuve. Yo, el sufrido sucesor de los avatares acontecidos al pequeño planeta viviente, el bienamado por el sol. Yo, que soy uno y legión. En mí han destilado su angustia los arcos cimeros de la tarde. En mis miembros mansos se sostuvo la criatura para ejercer su primer espanto. Y en ellos emprendió su risueña y extraviada carrera. En mis abismos se derramó cuando fue brisa. Y en mis caudales fundó sus crepitantes ríos. He sido la ostra agazapada en el rubor de la perla. Sequedad henchida en la pasión lacustre de la hoja tierna. Ceniza renaciendo entre los fríos de la llama. Gramínea que brota entre las numerosas muertes de un parto. Punto sofocado que rodea los estertores del canto. Minúscula rosa flotando en el centro silencioso de la lágrima de aquél que fue olvidado hasta por su llanto. Hez del tiempo y sus apetencias perfumadas. Tapiz de vegetal pedrería a hilo de aire regresando. Astro instalado en la pretensión del rayo. Tormenta en la carne. Fundación de la carencia irreparable. Yo, mi propio y multitudinario relevo. Yo, que soy uno y legión. Yo, la oculta senda por la que anidan las migratorias aves ecuestres del rojo ceremonial de las evocaciones perdidas. Yo, las infinitas caras verdaderas de una grande y remota mentira. Yo. La Mentira. Y he aquí pues, que la luna asaltada por su propia y eterna destrucción va mostrando su nuevo velo a la ceguera del firmamento. Atildada con una bruma de encajes como lenguas tatuadas, la luna se abre paso entre las finas aristas del muro recurrente del vacío. Por última vez mórbida. Por última vez bella. Luna de cuernos insondables, como macho cabrío. Luna trepando por los ensueños de la raza abyecta. Luna de lirio bogando en el desierto estelar. Luna evocando los futuros aplazados. Luna desmontando las contorsiones del minuto prohibido. Luna de circo invertido para la diversión de la gran carcajada. Luna espina gigantesca para horadar los labios dobles de la rebelión primera. Luna confusa puerta para librar a tus reflejos del pasado hastío del infinito. Y he aquí que la luna alcanza su habitación más alta. Y entra impetuosa y sin preguntar si cabe. Luna atropellada contra sí misma. Luna desguarnecida ante su propia defensa. Luna mordiendo su propio rabo dentado y rasgante. Luna dándose a sí misma la caricia insoportable. Luna carnavalesca en el homenaje ignorado. Y en la habitación más alta de la luna, el cosmos todo parece revivir en el fugaz instante en que mueren las madres. Y la luz se vuelve piedra. Y la piedra da semillas. Y la arena estrena hojas. Y las hojas se besan los fondos marinos. Y los cristales se sostienen en las paredes del agua. Y el agua se acaricia los cabellos con las uñas de un monte que el aire escamado escala. Y todo ha sido un resplandor. Una centella de la nada. Apenas duró un instante. Apenas logró presencia el eterno ser de la muerte. Y mi aliento último fue consumido en la redonda destrucción del paso abismal de la luna. Y ahora yo, que he sido la espera y la marcha. Yo, que he sido la luna y su casa más alta y su contemplador y su vigía. Yo, polvo irredento de la criatura ungida con la libertad. Yo, que en realidad nunca estuve en mi poblada presencia solitaria. Yo, que soy uno y legión, debo marcharme. En este día que es el día. El día ajeno a todas las cuentas. En este día postrero y unigénito, yo, que soy uno y legión, debo marcharme. Porque la luna ha cambiado a menguante.

Diciembre, 1982 – Santa Tecla, San Salvador, El Salvador; Managua, Nicaragua; San José, Costa Rica; La Habana, Cuba; Ciudad de México, México – Agosto 1986.

 

NOTA DE 1997

Este libro data de agosto de 1986. Abusa, creo yo, de algunas formas muy antiguas de letanía, y hay en él un afán sinfónico que demanda mucho de las palabras y aún más de los lectores. Aunque pueda parecer una historia, es apenas una imagen, o un sistema de imágenes. No apela a la razón, pero no se resigna a descontar que la razón participe del juego. Lo escribió un hombre joven que creía posible amar a la humanidad a través del amor hacia algunos individuos. Más de diez años después, siento por él cierta ternura, cierto desdén. Ahora aquel hombre ya no es joven, pero sigue amando con la misma pasión a unas pocas personas. Su amor es, sin embargo, más íntimo, más resignado. Ya no hace de él una declaración de principios. Releyendo estas páginas, estuve tentado a enmendarle la mano a sus abusos, a corregirle alguna página harto optimista, o a limpiarle un poco la mirada ensombrecida por la guerra. Pero el rasgo más importante que componía la identidad de aquel muchacho, el amorpoesía, poesíamor, sigue siendo la mínima verdad de los días de quien esto escribe. Quizá por eso no he querido traicionarlo.

R.E.R.

Montréal, Otoño y 1997.

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