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Construir el Multilateralismo Alternativo

Oscar A. Fernández O.

Cuando discutimos sobre relaciones internacionales aludimos a aquellas que se fundan y desarrollan entre sujetos estatales para la resolución de conflictos territoriales, click online políticos, pilule de intereses o de cualquier otro tipo. Es decir los asuntos considerados como de “alta política”. Asimismo aquellas que tienen por esencia acordar posiciones comunes respecto a un determinado contexto.

En este importante ámbito, check el multilateralismo, entendido como un sistema que asocia a varios Estados y que mediante reglas comunes se vinculan con obligaciones iguales y mutuas, es un concepto y una práctica que, si no es nueva, si ha tenido en las últimas décadas una amplia discusión y desarrollo.

La aproximación de América Latina al multilateralismo no responde sola, ni principalmente, a meros intereses nacionales, a factores funcionales, o a supuestas preferencias racionales, por citar los factores a los que se suele recurrir desde algunas corrientes teóricas. Existe un “multilateralismo latinoamericano” enraizado en la identidad y valores que han definido tradicionalmente las políticas de la región. Estas combinan, por un lado, aspiraciones unionistas y de integración regional, y por otro lado, su tradicional activismo en las organizaciones universales y en la conformación del derecho internacional.

Hoy desde una perspectiva antiimperialista y contra hegemónica, Latinoamérica construye un orden internacional que pretende la justicia, la solidaridad, la complementariedad y el equilibrio, que nos acerque más a la tan anhelada armonía global. Esta pretensión tiene su origen en el análisis de que hoy, el mundo vive una crisis global que se manifiesta a nivel político y económico, pero se evidencia también en el ámbito regional y global.

Hay una crisis económica visibilizada en Europa, sobre todo, y Estados Unidos. Hay una crisis de gobierno mundial, evidenciada en el papel cada vez menos trascendente y con pérdida de credibilidad de la ONU (Organización de Naciones Unidas), y en la sobredimensión de un Consejo de Seguridad que sigue representando un momento histórico ya pasado y superado. Hay una crisis del multilateralismo tradicional, manifestado en la ONU, pero también en el sistema interamericano con una OEA (Organización de Estados Americanos) cuestionada. La OEA, que surgió como la opción de un determinado momento histórico en que los países vivían sometidos al “liderazgo” de Estados Unidos, que en realidad era una imposición desde ese país, ya casi no tiene credibilidad, y si sobrevive es por algunos intereses.

Hay una crisis de las multilaterales de crédito cada vez menos creíbles en el Norte y en el Sur, más allá de algunos sectores interesados. Hay una crisis del comercio mundial evidenciado en los traspiés de la OMC (Organización Mundial de Comercio); que intenta salir del hoyo con la especulación de los alimentos y la promoción de un consumo parásito para que el sistema financiero sobreviva o se fortalezca otorgando créditos no productivos. Y dentro de esa crisis mundial podemos también colocar el fortalecido crimen organizado global y en red, cada vez más vinculado a instancias de poder político y económico en todo el mundo. Sin embargo, esta crisis aún no hace mella en el Imperio Global.

Y aunque el sistema internacional está pasando progresivamente del mundo unipolar de la postguerra fría, a uno multipolar, éste de acuerdo a las realidades y fracasos, requiere mucho más debate. Estos cambios requieren de nuevas estructuras institucionales, tanto globales como regionales. Entre los vectores que explican el tránsito al mundo multipolar, se encuentran los siguientes:

En primer lugar, los Estados Unidos, que emergiera como primera y casi única potencia global a raíz de lo acontecido en Europa central a finales de los años ochenta del siglo pasado, está viendo disminuida y confrontada su influencia política mundial. Esta nación se encuentra ante una disyuntiva: continuar siendo un imperio o convertirse en una república. Los fuertes debates ideológicos que se han dado durante los últimos años al interior de ese país y el desgaste moral, tanto interno como externo, de su política exterior como consecuencia de las guerras de Irak y Afganistán, obligan a EEUU a construir compromisos y a compartir responsabilidades internacionales. De ahí la merma experimentada por su capacidad de influir políticamente en los escenarios internacionales. A ello se agregan los nefastos efectos de la crisis financiera global de 2008 y su repercusión en Europa, que ha dado lugar a importantes cambios en la estructura económica mundial (Gerbasi: 2012)

En segundo lugar, la pérdida de peso evidenciada por la Unión Europea (UE) al verse seriamente afectada por la crisis económica, ocasionada principalmente por el incremento de las deudas soberanas de algunos países miembros, lo que ha puesto en tela de juicio toda su estructura institucional. Un posible desplome del Euro exacerbará sin duda, las políticas nacionalistas que contradicen la visión europeísta fundamentada en el dominio de las naciones más poderosas como Alemania y Francia, hacia los países más debilitados como Grecia, España y otros provenientes del otrora sistema socialista.

Este nuevo panorama que se dibuja cada día con más relieve, implica así mismo el cuestionamiento de un viejo multilateralismo creado y dirigido por los países más poderosos  en connivencia con los omnipotentes capitales transnacionales, que conducen y sostienen la globalización económica y toda la parafernalia de dominación que ha sido expuesta.

Muchas voces exigen ya el rompimiento con las políticas económicas que escondió bajo la manga este multilateralismo, conducida por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, la OMC.

La mala calidad de la toma de decisiones internacionales en la vieja forma de multilateralismo, se debe en gran parte al déficit democrático. En un sistema en el que hay que “pagar para jugar” los gobiernos de los países más ricos tienen una voz más fuerte, al igual que las instituciones financieras internacionales.

Los poderes ejecutivos y los ministerios de finanzas y comercio, dominan las discusiones multilaterales en todos los foros económicos importantes. Esto limita las contribuciones potencialmente valiosas de otros ministerios, legislaturas, gobiernos locales o representantes populares de los directamente afectados por las decisiones a tomar (Adams: 2012)

Además, el sistema multilateral tiene un pobre historial de cumplimiento de los compromisos internacionales de derechos humanos y desarrollo social. Las inconsistencias y contradicciones incluyen el supuesto tácito, de que los países menos poderosos tienen una carga mayor que los más poderosos para poner en práctica lo que se ha decidido, y su desempeño sufre un control mucho mayor que la de los Estados más poderosos.

Los países pobres y de ingresos medios enfrentan limitaciones en el espacio político del que disponen para tomar decisiones sobre su propio desarrollo. A menudo se les reclama que den prioridad a atraer a corto plazo, flujos de inversión extranjera en desmedro de las industrias nacionales que en el largo plazo pueden proporcionar empleos decentes y una base fiscal más sólida. Se les pide que compren tecnología o contraten expertos de empresas extranjeras en lugar de construir capacidades para desarrollar o producir por su propia cuenta.

La mayor parte de los recursos del sistema multilateral pasa por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, que continúan proponiendo modelos económicos no sustentables. Por ejemplo, casi la mitad de los préstamos del Banco Mundial en materia de energía son para combustibles fósiles, no renovables y perjudiciales para el clima.

La Organización Mundial de Comercio (OMC) sigue priorizando en sus negociaciones a la liberalización, incluso cuando ésta entra en conflicto con consideraciones de desarrollo durable, tales como el empleo pleno y decente, la seguridad alimentaria y el uso equilibrado de los recursos ambientales. Las Naciones Unidas, que produjo los compromisos con el desarrollo, se ha convertido en un lugar para supervisar y discutir esos temas, pero carece de los recursos o el peso político para avanzar en la implementación de lo que acordó (Luchsinger: 2012)

En América Latina, ya se han creado, como alternativa a los impuestos por los poderes imperiales: la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Han surgido nuevos actores internacionales conocidos como los “países emergentes” o BRICS, es decir Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Éstos han expandido sus capacidades de acción en los escenarios regionales y globales, pero no todos han tenido aún la posibilidad de asumir adecuadamente sus responsabilidades.

Por su parte, la integración latinoamericana y caribeña es concebida hoy en día como una integración esencialmente política, con importantes dimensiones sociales y preocupación por las asimetrías derivadas de distintos niveles nacionales de desarrollo. La equidad y la justicia social ocupan un lugar privilegiado en esta nueva concepción política regional. La promoción de la integración económica y comercial pierde peso, hoy en día, frente a la política y, en algunos casos, la ideología. Es en este contexto que se inserta el nuevo multilateralismo regional. Además, los temas globales han dado lugar a una nueva agenda internacional, que obliga a la América Latina y el Caribe a concertar respuestas no solo orientadas a incluir gobiernos sino también a la sociedad civil organizada.

Consecuentemente, un nuevo multilateralismo que facilite la construcción de consensos e incorpore más actores al debate, dando lugar a nuevos mecanismos institucionales, facilitando y promoviendo la integración, es más que nunca ineludible.

Incuestionablemente, el fortalecimiento y desarrollo de este nuevo esfuerzo colectivo, debe ser nuestra línea estratégica en el FMLN, en función de la búsqueda de la justicia, el mantenimiento de la paz en América Latina y en la conformación de un derecho internacional de los pueblos, justo, funcional y equitativo.

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