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Cirilo Errington, a pesar de sus problemas de salud, sigue aportando sus conocimientos a las nuevas generaciones del béisbol. Foto Diario Co Latino/Cortesía

Cirilo Errington: ahora a los peloteros no les gusta entrenar

Rolando Alvarenga

@Bachiboxx55

Nació en la Costa Atlántica de Nicaragua y vino a El Salvador en 1968 para incorporase al béisbol salvadoreño. Desde entonces, a puros batazos de cuatro esquinas, el mítico Cirilo Errington se ganó el respeto de los beisbolistas salvadoreños, extranjeros y de todos los amantes del deporte de la pelota chica.

Ahora, a sus 72 años, sigue manteniendo su buen humor y el deseo por aportar sus conocimientos a las nuevas generaciones de beisbolistas.

– ¿A qué equipo salvadoreño vino y qué tan cierto es que le apodaban el “poder negro” por sus batazos?

Llegué a El Salvador a los 22 años para jugar en Aceros, de Don Carlos Calderón, equipo en el que jugué varios años y que hicimos grande en la década de los setenta. Y sí, varios amigos míos me apodaban “poder negro”, pero yo no lo aceptaba, aunque algunas veces le pegaba bien a la pelota. Pero no siempre las cosas salían bien.

¿Dónde estaba la clave para sus espectaculares batazos y con cuál bate le iba mejor?

Pues entrenaba mucho, trabajaba fuerte y contaba con la ayuda de Dios. Comencé bateando con el de madera, pero después vino el de aluminio que le daba más contundencia a la pelota y al final con los dos me sentía cómodo.

– A su juicio, ¿cuál béisbol es mejor: el de antes o del de ahora?

Son dos casos distintos. El problema es que ahora a los peloteros no les gusta entrenar y a nosotros -los beisbolistas de antes- nos encantaba pasar varias horas entrenando. Esa es la diferencia y es mucha, porque la experiencia se obtiene trabajando intensamente y por eso creo que fuimos regulares.

– ¿Tuvo la oportunidad de alternar y compartir selección con Don Jorge Bahaia hijo?

Sí, y fíjese que yo le doy gracias a Dios, porque no sabía que lo espiritual también encajaba con el deporte y eso lo aprendí con Don Jorge. Ambos jugábamos y dirigíamos en la selección de 1990 que ganó la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos de Honduras.

– ¿Tuvo en algún momento la posibilidad de irse a probar a las Grandes Ligas o antes era imposible?

Sí, tuve la oportunidad y unos scouts llegaron a Nicaragua para evaluarme. Sin embargo, no llené los requisitos porque no era fácil, debido a que los equipos (de Grandes Ligas) eran menos y, por ende, las posibilidades de llegar eran menores. Recuerdo que conocí a varios colegas de la Costa que fueron a los Estados Unidos a someterse a la prueba. Se fueron bien erguidos -como soldados romanos-, pero retornaron dislocados de los hombros.

– Con el peso de su experiencia, ¿cuál es su mensaje para los niños y adolescentes?

Que pasen más tiempo en el terreno de juego y que traten de asimilar los consejos de sus entrenadores, porque ellos nunca les darán un mal consejo. Que sean humildes y conscientes de que deben de trabajar en el terreno, porque el ‘beis’ es una vida y es mentira que si no trabajan la bendición les caerá del cielo.

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