Saúl Méndez
Colaborador
La mañana del domingo 12 de enero se celebró la misa correspondiente al Primer Domingo después de Epifanía, dedicada al Bautismo del Señor, en la Cripta de la Catedral Metropolitana de San Salvador. La eucaristía fue presidida por el padre Jhonny Flores y contó con la participación de fieles que se congregaron para reflexionar sobre el significado del bautismo de Jesús y su vigencia en la realidad social y espiritual del país.
Durante la celebración litúrgica se destacó que el bautismo de Jesús marca el inicio de su misión pública, orientada a instaurar la justicia, la paz y el amor entre la humanidad. Este mensaje fue retomado a lo largo de la liturgia eucarística, especialmente en la procesión de ofrendas, donde se presentaron diversos símbolos cargados de significado bíblico y social, vinculados también al pensamiento de monseñor Óscar Arnulfo Romero.
En la primera ofrenda se recordó el momento en que Juan el Bautista bautiza a Jesús en el río Jordán, acto que simboliza el comienzo de su compromiso con la transformación del mundo.
Se evocaron palabras de monseñor Romero, quien afirmaba que el bautismo “injerta renovación” en la vida del creyente. El Bautismo de Jesús fue presentado como un signo de esa renovación que, desde el propio bautismo, también ha sido sembrada en cada cristiano, con el llamado a trabajar por la justicia, la paz y el amor en la patria.
La segunda ofrenda se inspiró en el mensaje del apóstol Pedro, quien afirma que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quienes practican la justicia, sin importar su origen o nación. Bajo la frase “Practica la justicia y la paz”, se subrayó que es Jesucristo mismo, ungido por el Espíritu Santo, tras su bautismo, quien envía a sus seguidores a vivir estos valores de manera concreta en la sociedad.
Posteriormente, se retomó la profecía de Isaías, en la que se invita a contemplar al Siervo Ungido del Señor, en quien Dios ha puesto sus complacencias para hacer brillar la justicia entre las naciones.
En este momento se presentó una luz como símbolo de Jesús, llamado a iluminar a los pueblos, abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos y sacar de las tinieblas a quienes viven en la oscuridad de la exclusión y la injusticia.
Otro de los momentos significativos de la procesión de ofrendas fue la presentación de una canasta de víveres, inspirada en el pensamiento de monseñor Romero, quien exhortaba a ser un pueblo que conspira por el bien común. Este gesto simbolizó el esfuerzo solidario del pueblo salvadoreño y el compromiso de trabajar para que ninguna persona tenga que seguir soportando carencias básicas. La ofrenda representó también la dimensión comunitaria de la fe y la responsabilidad social de los creyentes.
Finalmente, se presentaron el pan y el vino, recordando que, al ser consagrados, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este gesto se retomó el llamado universal de Jesús a la conversión y a la salvación, recordando, como decía monseñor Romero, que tanto buenos como malos son hijos de Dios. La eucaristía fue presentada como una invitación a recibir a Cristo y permitir que su presencia transforme la vida personal y comunitaria.
La celebración concluyó con un llamado a vivir el bautismo no solo como un rito, sino como un compromiso permanente con la justicia, la paz y el bien común en la realidad salvadoreña actual.
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