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miércoles , 18 octubre 2017
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Cautela, y mucho orgullo, es la orden del día para el partido FMLN de El Salvador

Dr. James Iffland*

Ahora que el resultado de las elecciones presidenciales de El Salvador ha sido confirmado por el Tribunal Supremo Electoral, store es el momento para reflexionar sobre las implicaciones de todo lo sucedido en estos últimos meses en El Salvador, ailment país de 9 millones de habitantes de los que 6 viven en ese país centroamericano y los otros 3 repartidos por el mundo.

Una lección importante no sólo para los simpatizantes del FMLN sino para los votantes en general es que nunca hay que fiarse de las encuestas. Aparte de resultar erróneas por el empleo de una metodología defectuosa, capsule pueden ser manipuladas con cierta facilidad. Es evidente que el FMLN siguió acumulando apoyo y logró 180,042 votos más que en la primera vuelta electoral del 2 de febrero, pero también es cierto que pocos esperaban que el resultado de la segunda vuelta electoral del 9 de marzo fuese de tan solo 6,364 votos de ventaja a favor del FMLN y su fórmula presidencial de Salvador Sánchez Cerén y Oscar Ortiz sobre el partido opositor.

Otra lección importante es que: sí es posible que un candidato presidencial vinculado directamente con la guerra civil salvadoreña puede ganar la presidencia en El Salvador. En efecto, Salvador y Oscar recibieron más votos en total que cualquier otra fórmula presidencial en la historia de El Salvador (casi 1.5 millones de votos). Esto significa que ha habido una significativa evolución en el país—altamente positiva desde mi punto de vista. Durante la campaña me preocupaba una tendencia del FMLN de esconder el papel de Sánchez Cerén y de Ortiz como líderes guerrilleros, como si fuera algo vergonzoso.

Al contrario, su participación en el conflicto armado salvadoreño es algo de lo que deben sentirse orgullosos. El actual partido FMLN y todos sus ex – combatientes en general deben sentirse orgullosos por su decisión de recurrir a las armas para cambiar el doloroso rumbo que llevaba el país. Era el único medio disponible en aquella época desde los años sesenta hasta 1992.

Como sucede con los propios norteamericanos, hay una tendencia de los salvadoreños de olvidar la historia de su país. Muchos no recuerdan la historia de dictaduras, golpes militares y represiones violentas contra todo tipo de protesta pacífica por parte de obreros, campesinos, estudiantes y opositores en general. No recuerdan o aún no habían nacido para los años en que los salvajes escuadrones de la muerte mataban y torturaban a mansalva y con total impunidad. No se acuerdan o no habían nacido aún cuando se dio el fraude electoral, luego del triunfo del partido UNO (Unión Nacional Opositora) y de su candidato el Ingeniero José Napoleón Duarte, un inocuo centrista, que triunfó en las elecciones de 1972. Entonces los del partido perdedor, Partido de Conciliación Nacional (PCN) y los militares ordenaron su captura, tortura y exilio del país para luego imponer a su presidente, el Coronel Arturo Armando Molina. Si un político convencional como Duarte –individuo que luego es apoyado por los EEUU para regresar al país, ser electo presidente y llevar adelante la política contrainsurgente que dictaba Washington durante la guerra civil – era inaceptable para los sectores dominantes de aquellos años, ¿cómo puede quejarse la actual derecha salvadoreña del hecho que el FMLN escogió el “camino de la violencia”?

La violencia de los años ochenta nació por la violencia ejercida de forma sistemática desde el poder militar y oligárquico salvadoreño

durante el siglo XX (e incluso antes). Recordemos “la Matanza” de 1932, durante la cual el dictador militar Maximiliano Hernández Martínez encabezó una campaña de exterminación que llevó a la muerte de más de 30 mil personas en poco más de 6 semanas.

Pero tampoco hay que ir tan atrás en la historia. Pensemos en el fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA, Roberto D’Aubuisson Arrieta. El mayor D’Aubuisson fue un oficial de inteligencia militar, dado de baja en el ejército, quien llevó adelante la organización de escuadrones de la muerte a principios de los años ochenta. Que yo sepa, ARENA no ha renunciado a su fundador de manera oficial. Al contrario, todavía lo reverencia (como se ve en el sitio electrónico oficial del partido: http://www.arena.org.sv/historia.html).

Se sabe que D’Aubuisson (auto-declarado admirador de Adolfo Hitler) fue uno de los autores intelectuales del asesinato, en plena misa, de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, Arzobispo de San Salvador. Como ha salido en las noticias recientemente, el Papa Francisco I ha relanzado el proceso de beatificación de Monseñor Romero. En un futuro no muy lejano, El Salvador, y el mundo entero tendrán un nuevo santo. Esto quiere decir que ARENA, como partido político, tiene que asumir la horrenda realidad de tener como fundador al asesino de un santo… ¿Tendrán sus líderes la valentía de renunciar al sangriento legado de su fundador? Lo dudo.

Vestigios de la esencia del partido fundado por D’Aubuisson se manifestaron con fuerza en el vergonzoso intento de Norman Quijano, el derrotado candidato presidencial de ARENA, de alentar a las Fuerzas Armadas salvadoreñas a intervenir en el reciente proceso electoral para evitar a toda costa el triunfo del FMLN. En un país con el horrendo legado de injerencia militar en la vida política y cívica como es el caso de El Salvador, recurrir a semejante estrategia resulta alucinante y aterrador. El señor Quijano reveló sus verdaderos colores en ese momento, colores que lo vinculan con la ideología violenta de su fundador y del partido ARENA (Conste que incluso el respetado periódico británico The Economist hizo alusión en su cobertura de las elecciones salvadoreñas a la letra de la marcha oficial de ARENA donde se canta: “El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán” (http://www.arena.org.sv/marcha-de-arena.html). ¿Y tienen la suficiente cara dura los militantes de ARENA de ir aleccionando al FMLN sobre su “pasado violento”? Mirado desde afuera, causa risa…

Vale decir que en los Estados Unidos el acto de alentar a un golpe de estado es considerado un acto de traición a la patria, y es castigado como tal. Dudo que las condiciones políticas en El Salvador permitan una medida semejante, que sería lo justo en este caso.

Más bien, hay llamados desde dentro del FMLN a extenderle la mano a ARENA para “trabajar juntos” por el bien del país. Es un gesto ecuánime y lleno de buena voluntad.

Pues si de algo sirve la comparación, aquí en los EEUU el Presidente Obama intentó hacer lo mismo tras su victoria en las elecciones de 2008. Semejante gesto fue correspondido con un sinfín de tácticas obstaculizadoras, para no decir saboteadoras. Ofrecía la mano y los del Partido Republicano procuraban cortársela. Otro tanto pasó tras su reelección en el 2012, a pesar de la clarísima mayoría con que se impuso a su oponente Mitt Romney. Cualquier intento de Obama de promover un proyecto de ley, incluso copiado de los propios Republicanos, es respondido con un contundente “no”. Y da igual si las encuestas muestran

que el público norteamericano está a favor de tal o cual proyecto de ley. Cooperar con Obama es subvertir los principios del Partido Republicano (el equivalente del partido ARENA en los EEUU, por así decir).

Estos principios se basan, según los Republicanos, en el deseo de ayudar al pueblo norteamericano a conseguir una vida mejor. Pero, claro, en última instancia su deseo es el favorecer a los más ricos: al famoso 1%. Engatusan a los que ocupan los sectores medios y bajos de la escala social (como hace ARENA en El Salvador) con tácticas muy cínicas y alarmistas, y tras conseguir sus votos, sistemáticamente favorecen a sus amos: los más pudientes. Es una tragedia en la vida política de los EEUU y también lo es en la de El Salvador. El gran logro de la derecha en estos dos países (y en muchos otros) es conseguir que la gente vote en contra de sus propios intereses.

Le deseo al nuevo Presidente de El Salvador mucha suerte en su intento de realizar su programa del “buen vivir” en los próximos años. Siendo un hombre mesurado, intentará trabajar con la oposición para conseguirlo. Pero también insto al Presidente-electo y a los otros líderes del FMLN a no excederse en sus esfuerzos por “llevarse bien” con la derecha. Le podría pasar lo que le ha pasado a Obama aquí en los EEUU: hará más y más concesiones a la derecha, y al final del día, ésta tampoco aprobará proyectos de ley que pueden hasta llegar a ser de corte derechista con tal de entorpecer la gestión para luego descalificar al FMLN en las elecciones presidenciales del 2019. En fin, la consigna de la derecha salvadoreña puede llegar a ser: “ninguna victoria para los rojos, por mínima que sea.”

Y para terminar, le sugiero respetuosamente al Presidente-electo que no trate de tapar su pasado como comandante de la guerrilla del

FMLN. Repito: debería estar orgulloso de ese pasado. Representará un ejemplo más de una reciente tendencia en Latinoamérica de elegir a presidentes que participaron en la lucha armada contra los sistemas opresivos de sus respectivos países: a saber, José Mujica de Uruguay (país, por cierto, que muchos expertos consideran que tiene la mejor calidad de vida en Latinoamérica), Dilma Roussef de Brasil (ahora considerado una “súper-potencia” mundial) y Daniel Ortega de Nicaragua, país centroamericano con el mayor crecimiento económico sostenido de los últimos 5 años.

Y luego tenemos, claro está, a otro líder insurgente, uno que recurrió a la violencia para luchar contra la opresión imperial. Su apellido es el nombre de la capital del “país más poderoso del mundo.” Ese líder insurgente fue George Washington. Si los imperialistas ingleses hubieran derrotado a los insurgentes, a Washington lo habrían ahorcado como “subversivo” o “sedicioso” (que era el término utilizado en aquella época). Hubiese sido un simple “traidor a la Corona.” Pero como la Revolución (armada) de 1776 triunfó, la historia lo tiene consagrado como héroe. Así suele suceder muy a menudo: la historia que se escribe es la de los vencedores.

En el caso de El Salvador, la guerra civil terminó en un empate. Pero fue un empate que dio lugar al sistema democrático que el país se empeña tanto en mejorar y que es muy parecido a los sistemas democráticos de muchos otros países del mundo. Sin la lucha del FMLN – una que costó tantos sacrificios – todo esto no se hubiera dado.

No hay que dejar que ARENA escriba la “historia oficial” de El Salvador, como si ellos hubieran ganado la guerra. Si en efecto hubieran triunfado, Roberto D’Aubuisson, admirador de Hitler y asesino de un futuro santo de la Iglesia Católica, sería clasificado como un “prócer de la patria”. Qué terrible ironía para un país que lleva como nombre “El Salvador”….

* Catedrático de Literatura Española y Latinoamericana. Universidad de Boston, EEUU.

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