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martes , 17 octubre 2017
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Cárceles y hospitales llenos; corazones y almas, vacíos

Carlos Girón S.

Medio mundo nos sentimos en nuestro país, viagra como en muchos otros, site abatidos, sales preocupados y desesperados ante el dolor y sufrimiento, individual y colectivamente, que nos ocasiona la criminalidad en todas sus formas, por un lado, y las graves y múltiples enfermedades, por el otro, sin que se logre hallar las fórmulas eficaces que puedan remediar tales problemas, así como tampoco explicaciones racionales y creíbles para la alta proliferación de los mismos.

Todos estamos conscientes de que hemos llegado a una situación en la que las cárceles, como los hospitales, revientan de presos y enfermos, que amenazarían con volvernos “una sociedad fallida” –como les gusta hablar a los frustrados y pesimistas– con el consiguiente y grave problema de cómo incrementar los presupuestos para atender a unos y otros, así como agrandar los cuerpos de seguridad y construir más cárceles y hospitales. La avalancha de males es tal que pareciera que no se hace nada o casi nada para que se vean resultados que satisfagan a todos los segmentos de la población.

A raíz de todo ello resuenan voces aquí y allá pidiendo o queriendo dar pautas, consejos y recomendaciones, para detectar el origen del caos. No caemos en la cuenta del error que cometemos al buscar las causas del problema allá, o más allá, en el entorno exterior, sin sospechar que las causas están cerca, bien cerca y claras, junto a cada uno de nosotros, gobernantes y gobernados. El quid es simplemente que hay entre nosotros demasiados corazones y almas vacíos, vacíos de muchos de los valores espirituales, éticos, morales, cívicos, etc.; de amor al prójimo, p. ej.; de respeto a los padres, o de éstos a los hijos; de amor a la Patria; de defensa a las instituciones legales y que sus funcionarios sean honestos e íntegros de tal modo que sus ejecutorias lleven beneficios reales a los ciudadanos que acuden a demandar sus servicios, de justicia, amparo contra los abusos y arbitrariedades de particulares o de las mismas instancias gubernamentales, desterrando de raíz los vicios de la corrupción que corroe como una lepra a nuestra sociedad.   

Es un hecho que obedece a una ley no escrita en papel, pero que se cumple y comprueba fácilmente, que lo que el ser humano tiene a su rededor y encima de él, que le beneficia o afecta, es simplemente una resonancia de lo que él tiene dentro de sí. Son sus propias emanaciones, radiaciones o vibraciones, que generan –lo que se conoce como el aura, de naturaleza magnética–  las que conforman su entorno, y no sólo el suyo, sino también contribuye a conformar el entorno de los demás, o aura colectiva, que corresponderá lógicamente a la calidad y naturaleza de las radiaciones: benéficas, constructivas, saludables y de alegría, o tristes, enfermizas, dañinas y destructoras.

La calidad de los pensamientos es un factor totalmente determinante. Y puede suceder, como de hecho sucede, que muchos seres no andan irradiando vibraciones de buena calidad, sino perniciosa, generando una energía de polaridad predominantemente negativa, siendo ésta la que despierta y aviva los instintos primarias y bajos en muchas, muchísimos seres que se vuelven incapaces de frenarlos. Son los que se traducen en las acciones punitivas y delictivas: robos, secuestros, violaciones sexuales, asesinatos de individuos o grupos de ellos, en una cadena que se vuelve imparable, como lo demuestran los hechos cotidianos, aquí y allá. Un detalle poderoso en todo esto: en nuestro medio, como en los aledaños, los vecinos, las mayorías de humanos olvidan u olvidamos que somos habitantes de dos mundos, el físico o terrenal, y el que está al otro lado de éste: el espiritual. El hombre es una dualidad conformada por un alma –divina, por ser emanación directa de Dios—y un cuerpo de carne y huesos. La proporción de quienes viven o vivimos exclusivamente en el mundo terrenal, satisfaciendo nada más las apetencias de los sentidos físicos, es infinitamente superior a la de quienes viven o vivimos en el plano superior, el del alma, el espiritual, entonados o armonizados con las fuerzas cósmicas y las leyes divinas.  Lo uno es lo que abarrota las cárceles y los hospitales; lo otro, lo que deja vacío en los corazones y las almas. Satisfacer sólo las necesidades y exigencias del cuerpo, olvidando las del lado espiritual, es inclinar la balanza hacia el lado equivocado, que provoca el caos con los tantos problemas de los que nos quejamos y cuyos efectos padece la generalidad de los habitantes –aquí o donde sea. Morar a menudo en el reino del espíritu, en el interior del propio ser, rinde pingües dividendos. Las personas reciben inspiraciones e ideales de carácter noble, altruista, humanitario, gracias a lo cual guardan respeto y consideración al prójimo, sin que en momento alguno se les cruce por la cabeza la idea o el impulso de dañarlo, herirlo y menos matarlo –¡Dios libre!—, como tampoco quieren hacerlo cucarachas, gusanos o zompopos. Tales personas están conscientes de que estos seres son también chispas vivientes emanadas de Dios y por lo tanto, sus hermanos.Sin renunciar al mundo, sin abominar de éste, viviendo una vida de normalidad, de dietas apropiadas y distracciones sanas, con emociones equilibradas, los seres no materializados tienen por hábito hacer frecuentes catarsis mentales y, como se dice, morar por breves o mayores períodos de tiempo en el santuario de su corazón, donde sienten o presienten la presencia de Dios,  ante Quien oran y agradecen por todos los bienes y privilegios recibidos, a la vez que piden ayuda para otros, los enfermos, los desconsolados, abatidos por el dolor y el sufrimiento y demás males. Tales seres sienten que no es preciso estar en una iglesia, mezquita o sinagoga, para comulgar con Dios y recibir Su protección y Sus bendiciones, y que todo ello no requiere de fórmulas o ritualismos complicados. Ellos saben que basta con retrotraerse a las recámaras secretas del corazón para recibir efluvios de poder divino que traen Paz, salud, alegría, felicidad y prosperidad.

Fácil es comprender e inferir, que si los segmentos mayoritarios de personas de una sociedad o un país, o en el mundo, se inclinaran y decidieran morar más tiempo en el mundo espiritual que en el material, los problemas que los aquejan y atormentan a diario se reducirían grandemente con tendencia a desaparecer, al establecerse un ambiente de hermandad y cooperación para hacer el bien y alejar el mal.

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