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Barbarie a la vuelta de la esquina

Luis Armando González

El viernes 18 de junio por la noche, como en otros días, estaba concentrado leyendo en una mesa que tengo en el patio de mi casa. Una serie de disparos de arma de fuego interrumpió mi lectura; los escuché tan cerca que decidí moverme hacia un lugar más seguro. No soy experto en balazos, obviamente, pero el sonido seco me hizo pensar que no se trataba de cohetes. Anoto el texto que estaba subrayando al momento de esos sonidos de muerte –del libro de Francisco Mora Cómo funciona el cerebro (Madrid, Alianza, 2017)— porque está en el extremo opuesto de lo que sucedió esa noche:

“Si bien es cierto –dice Mora— que, en alguna dimensión, todos los seres humanos son creativos, no es menos cierto que solo algunas personas tienen, en su más alto grado, ese ingrediente en sus cerebros que llamamos impulso creativo. Impulso creativo es ‘ese algo’ que todo el mundo asocia propiamente con la creatividad y que consiste en la fuerza que empuja y la capacidad que permite crear cosas nuevas. Uno de sus componentes principales es la cognición, es decir, las cualidades o capacidades de la persona que tras mucho trabajo, dedicación y enorme talento es capaz de alumbrar una idea nueva” (p. 249).

La lluvia torrencial que siguió a los disparos me llevó a la cama, no sin la presunción de que algo malo había sucedido cerca de donde vivo. Al día siguiente, ahí por las 9 de la mañana, cuando caminaba por la calle que pasa frente a mi casa, un vecino me detuvo para preguntarme si sabía de lo sucedido la noche recién pasada; le dije que no, que sólo había escuchado algo como disparos. “Es que mataron a balazos a una persona en la esquina”, me dijo, y añadió: “la quemaron dentro de un carro”. No pude dar crédito a lo que me estaba diciendo así que caminé hacia donde supuestamente estaba el vehículo quemado, aproximadamente a una cuadra o cuadra y media de mi casa. No encontré restos de carrocería –que es lo usual en estos casos—, pero sí, sobre el pavimento, una capa de restos carbonizados de lo que parecían ser partes de un vehículo. Una nota de La Prensa Gráfica, del domingo 20 de junio, informó del hecho:

“Un hombre no identificado –dice la nota firmada por Marielos Román— fue asesinado y posteriormente incendiaron el vehículo en el que se conducía; el hecho se registró sobre la calle Juan Mora de la colonia Costa Rica, al sur de San Salvador, anoche, cerca de las 11 p.m. Según información preliminar, sujetos armados ubicaron al conductor del automóvil, placas P 708235, y le dispararon, luego le prendieron fuego. Agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) y Bomberos de El Salvador se hicieron presentes al lugar, estos últimos sofocaron las llamas del automotor. El cadáver quedó parcialmente calcinado en el asiento del piloto”.

Mientras yo leía –y seguramente otras muchas personas en otros muchos lugares— la barbarie hacía acto de presencia a unos pocos metros de mi casa. No he podido dejar de pensar en lo paradójico que es que, en una corta distancia, en esa noche de sábado estuvieran coexistiendo una de las conquistas humanas (y humanizadoras) más extraordinarias, como lo es la lectura de libros, con la crueldad más abyecta y deshumanizante. Se trata de una capacidad de hacer el mal que, lamentablemente, algunos seres humanos han llevado a límites extremos e indecibles. No tengo duda de que sus cerebros están retorcidos; y también, por ello, sus facultades de discernimiento, de empatía, de sensibilidad y distinción entre lo que se puede y no se puede hacer, es decir, la moralidad básica. Andan por ahí, sueltos, libres, amenazando a quienes no tienen la menor oportunidad de defenderse ni de defender a los suyos.      

Retomo lo que dice el científico español, pero lo doy un matiz distinto: si bien es cierto que, en alguna dimensión, todos los seres humanos son creativos, no es menos cierto que algunas personas tienen, en su más alto grado, ese ingrediente en sus cerebros que llamamos impulso asesino, destructivo, que las coloca en las antípodas de la creatividad humanizadora. Es una fuerza que las empuja y les da capacidad para generar intensas cuotas de dolor y sufrimiento. Es una fuerza irrefrenable en quienes la poseen, pero que debe ser contenida con las herramientas más firmes con las cuente la sociedad, pues de eso se trata en una convivencia social civilizada: que la barbarie sea puesta bajo control.

Si asesinar a alguien a balazos es una señal extrema de torcedura mental, moral y humana –en realidad cualquiera forma de asesinato lo es—, prender fuego a una persona mueve esa torcedura a un plano cualitativamente distinto. Me temo que en este país nuestro no estamos listos para lidiar con quienes están dando muestras de sobrepasar, una y otra vez y cada vez más, los límites de lo tolerable. Esto no es nuevo ni en la historia salvadoreña ni en la historia de la humanidad; de hecho, en el caso de nuestro país, lo llamativo en su historia es la incapacidad social-estatal para contener a quienes buscan ir más allá de lo permitido moral y legalmente. Ni el autoritarismo militar ni la guerra civil ni la débil democracia han sido de mucha ayuda para ello, sino más bien lo contrario: la erosión de la moralidad y de la legalidad en los comportamientos y los hábitos echó raíces firmes en esos tres contextos. Por lo menos, así lo veo yo. Quisiera estar equivocado.

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Un Comentario

  1. Violencia la maxima expresion del estado.