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Azorín, “lo fatal”

Conferencia dictada por Fernando Gadala María,
estudiante de Bachillerato del Colegio Lamatepec,
en la Academia Salvadoreña de la Lengua,
dentro del programa «Honrar la Lengua»,
el día 25 de mayo de 2017.

Honorables miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua,
Representantes de las instituciones educativas reunidas este día,
Distinguidos Académicos,
Estimados Asistentes:

Es un honor para mí como estudiante representar a mi institución educativa, el Colegio Lamatepec, en un evento tan importante como este, en el cual se desarrolla el programa «Honrar la Lengua», donde se busca resaltar los nombres de intelectuales salvadoreños y españoles que durante su vida enaltecieron la lengua española.
Es por eso que en esta oportunidad haré una breve reseña de la biografía y la obra de uno de los escritores españoles más destacados de todos los tiempos: José Augusto Trinidad Martínez Ruíz, mejor conocido por su seudónimo «Azorín».
El día de hoy no sólo conmemoramos la importancia de la literatura española, sino también el 50 aniversario de la muerte de Azorín, lo cual tiene una muy estrecha relación, ya que parte de su vida fue miembro de la Real Academia Española. Azorín fue elegido como miembro en el año 1924, con su discurso «Una hora de España». Y no se pueden dejar de mencionar los aportes que él tuvo a la literatura, a la filosofía y a la generación del ’98.
José Augusto Trinidad Martínez Ruíz nació el día 8 de junio de 1873 en Monóvar, y murió el dos de marzo de 1967, por lo cual este año celebramos el 50 aniversario de su muerte. Era el hermano mayor de nueve, hijo de un abogado militante del partido conservador que llegó a ser alcalde y diputado y poseedor de una importante hacienda. A los ocho años entra como interno en el colegio de los Padres Escolapios en Yecla. A los dieciséis cursa estudios de enseñanza secundaria. En 1888 se traslada a Valencia para cursar la carrera de Derecho. Colabora en distintos periódicos en los que utiliza diversos seudónimos: Fray José, en «La educación católica», de Petrel; Juan de Liz, en «El defensor de Yecla»; etc. Escribe también en «El eco de Monóvar», «El mercantil valenciano», y en «El pueblo». Colabora en ABC y en La Vanguardia como crítico literario.
Participó activamente en la vida política. Antonio Maura y el ministro Juan de la Cierva fueron sus máximos valedores. Entre 1907 y 1919 fue cinco veces diputado y subsecretario de Instrucción Pública. Al inicio de la Guerra Civil se refugió en Francia junto con su esposa, Julia Guinda Urzanqui. Azorín fue uno de los escritores que al comienzo del siglo XX luchó por el renacimiento de la literatura española. Él mismo bautizó a este grupo con el nombre de «Generación del ‘98″. En sus escritos trata de la eternidad y la continuidad, simbolizadas en las costumbres ancestrales de los campesinos. Es el autor de ensayos como «El alma castellana», (1900), «Los pueblos», (1904), y «Castilla», (1912), aunque se le reconoce sobre todo por sus novelas autobiográficas «La voluntad», (1902), «Antonio Azorín», (1903), y «Las Confesiones de un pequeño filósofo», (1904).
El ingreso de Azorín en la RAE –el 24 de octubre de 1924- estuvo precedido de varios intentos fallidos, uno de ellos, el de 1913, especialmente sonado en la prensa de la época. Hubo otros antes: «Contaba Azorín treinta y cinco años cuando en 1908 pretendió ser admitido como académico de la Real Academia Española», pero «su edad y la reciente acta de diputado maurista jugaron en su contra». En opinión de Mario Vargas Llosa, que le dedicó su discurso de ingreso en la RAE –»Las discretas ficciones de Azorín- en 1996, «Azorín fue un creador más audaz y complejo cuando escribía artículos o pequeños ensayos que cuando hacía novelas. «La ruta de Don Quijote», (1905), es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él sólo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística», dijo entonces Vargas Llosa.
En específico, mencionaré un capítulo relevante de su obra «Castilla», llamado «Lo fatal», ya que está relacionado con un libro clásico que abordamos en el Colegio y me pareció un ejemplo muy representativo de los aportes no sólo literarios sino también filosóficos que Azorín legó como parte de su obra.
Azorín desarrolló siempre temas muy filosóficos con la literatura. Un caso concreto se da en esa obra «Castilla». En esta, el autor plantea e insiste en la idea de que la literatura debe estar inspirada en la relectura de las obras y la interpretación original del lector. Ampliando esta visión habla de términos de la razón de ser de la literatura, en la cual él critica al individuo que ve a las obras como algo que termina en el instante que se lee. Así su objetivo es defender la postura de que la literatura es una cosa, como él menciona, «viva, palpitante y vibrante», es decir que nunca se aprenderá lo suficiente de una misma obra escrita siglos atrás, y que siempre se descubren nuevos significados.
Muestra de esta vivacidad se plasma en el texto «Lo Fatal» de su obra «Castilla», donde Azorín se atreve a reescribir el tratado tercero de la clásica obra anónima española «La vida del Lazarillo de Tormes: de sus fortunas y adversidades», en el cual el joven protagonista se encuentra con un Hidalgo, que luego se convierte en su amo. En la obra original, el autor hace una detallada descripción de la casa del Hidalgo, pero la presenta como un lugar mugre, sin decoraciones ni colores vivos, y con un tono incluso tenebroso para cualquier visitante, lo cual representa la amargura de la vida de este tercer personaje, que además es descrito como un hombre nostálgico y con fuertes recuerdos de su pasada vida como un caballero, lo cual le daba la felicidad. Sin embargo, este recuerdo lo había hecho un hombre que ya no servía para nada más que aparentar ser alguien que en realidad ya no era.
Este Hidalgo no trata mal a Lázaro pero le hace vivir en una situación dura. El autor anónimo relata cómo vive incluso de la comida que el joven siervo reúne pidiendo limosna. Al final, este amo abandona a su siervo, sin dar mayores detalles de su paradero. Sin embargo, para Azorín, en un tan breve fragmento de la obra, hay mucho más de lo que se observa para explorar y encontrar significados. En su reescritura del tratado, Azorín presenta a un Hidalgo un tanto diferente del original: Este ha recibido parte de una herencia familiar, con lo que su historia cambia totalmente y transforma su antigua residencia de Valladolid en una casa llena de decoraciones, con joyas finas, y come de la mejor manera. Sin embargo, en lugar de enfrentar mejorar en su ánimo, este Hidalgo enfrenta algo muy diferente ya que se enferma gravemente y ningún médico logra curarle, por lo que empieza a tener una crisis existencial.
En este momento, este personaje se hace preguntas muy profundas, las cuales son peculiares del estilo de Azorín, como por ejemplo, ¿Para qué esta plata labrada, bernegales, bandejas y tembladeras puesta en aparadores de tallado nogal? El Hidalgo sufre mucho y siente una angustia inexplicable, según lo describe Azorín, con algunos detalles como el aullido de un perro a la medianoche que le hace sentir una sensación de extrema aflicción. Luego de años de sufrimiento el Hidalgo decide ir a visitar a Lázaro, quien está casado y tiene una familia. Este simple final deja la puerta abierta para sacar conclusiones personales.
Mi opinión personal del final de esta escritura, es que el Hidalgo se da cuenta de que lo que llena el vacío que sentía es estar con sus seres queridos, y aunque Lázaro no hubiera sido gran parte de su vida, era un personaje que le admiraba por lo que era y a quien le tenía aprecio.
La figura del Hidalgo, como lo expresan algunos críticos, es uno de los símbolos más representativos de la literatura española, y el que Azorín haya decidido precisamente darle una revalorización va en consonancia con sus ideales compilados en las características de la Generación del ’98, donde precisamente se busca inspiración en los clásicos para recordar las glorias de antaño y recargarse de espíritu nacionalista en tiempo de fuertes crisis, como lo fue a finales del siglo 19 y principio del 20.
De esta forma, Azorín también demuestra que la literatura no termina en el momento que una obra se lee. En cambio, con un final de trama tan poco extenso y con resolución muy simple le da libertad al lector para interpretar lo que quiere sobre la historia. Este tema es estrictamente filosófico y literario, y Azorín logra no sólo dar lugar a la interpretación del lector, sino que también él mismo interpreta libremente lo que el autor anónimo del Lazarillo de Tormes había escrito, con esta reescritura.
Conclusión: Para el propio Azorín, el objeto primordial del artista no ha de ser otro que la percepción de lo «sustantivo de la vida». En consecuencia, pues, con este propósito de su particular técnica narrativa, y siguiendo de cerca los análisis que sobre la obra azoriniana desarrolló Ortega y Gasset, lo decisivo no está en «los grandes hombres, los magnos acontecimientos, las ruidosas pasiones, [sino en] lo minúsculo, lo atómico». Y es por medio de esta técnica que aspira a ofrecer la esencia espiritual de las cosas, mediante descripciones cargadas de elementos poéticos, en las que predomina la emoción atenta de lo cotidiano. Así, Azorín representa al escritor que logra combinar magistralmente la acción de la literatura y la filosofía en una de la otra, a fin de proveerle una vitalidad propia de cada creación.

 

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