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jueves , 19 octubre 2017
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Así hacemos universidad

Nelson Martínez

¿Cómo entendemos la universidad o qué entendemos por universidad en El Salvador? ¿Cómo la pensamos y dimensionamos? Más importante, viagra ¿cómo hacemos universidad? Importantísimo  además es preguntarnos qué es “la universidad” en el sentido estricto, capsule no si es pública o privada, laica o religiosa, sino universidad en su concepción primordial, su esencia, función y propósito. Sabemos que lo que asumimos como universidad a la larga determina lo que hacemos como universidad, lo que proponemos a la sociedad, lo que se le puede pedir y esperar de ella.

En general, se piensa la universidad como un centro de formación a nivel superior, donde “superior” significa en “la parte de arriba del sistema educativo” y no necesariamente “del más alto nivel o de “la mejor calidad”. Se concibe la universidad como una institución cuya principal preocupación es formar adolescentes y jóvenes en una disciplina o área de especialización con miras a una posterior inserción laboral. Se entiende la universidad como una institución educativa con instalaciones y cuerpo docente que nos recuerdan mucho la escuela. Es decir, se piensa la universidad como un centro de enseñanza cuyo principal referente son las edificaciones con muchas aulas dentro de las cuales hay pizarras y muchos pupitres donde se “enseña” a los estudiantes. Así entendida, la universidad se presenta como una extensión del instituto y el colegio de educación media donde, a diferencia, se forman licenciados e ingenieros. Es algo así como una escuela grande pero no con niños, sino con jóvenes y adultos.

Se piensa que la universidad está en el aula, no en el campus, biblioteca, laboratorio, taller, centro de práctica, tecnología o la sociedad misma. Por eso también a menudo se le acusa de estar desvinculada de la realidad y divorciada de la sociedad. Esta es una universidad pensada para buscar estudiantes, implementar un currículo en una carrera y desarrollar procesos educativos basados en el contacto profesor-estudiante, pero donde, al igual que la escuelita, no hay garantía de la calidad de dichos procesos.

La calidad de la educación no es necesariamente una prioridad y los altos niveles de exigencia académica no son precisamente una de sus fortalezas. La excelencia y calidad de la educación de las universidades no quedan completamente demostradas ya que muchos de los criterios de acreditación no reflejan precisamente dicha calidad. El número de graduados, por ejemplo, no dice nada de la calidad de su formación ni de su educación. Además, dentro del marco de acreditación se comparan las unas con las otras con estándares-parámetros nacionales en un contexto de país, no en el contexto internacional. No son universidades con peso o presencia regional o internacional y si figuran en algún ranking aparecen en las últimas posiciones.

Dentro de esa misma concepción se privilegia la docencia como la actividad que marca el ritmo del quehacer universitario. Bajo ese concepto, la universidad conforma su “planta docente” -no claustro o facultad, sino “planta de personal” –como en una fábrica o una empresa-, donde la mayoría de los profesores son contratados bajo la modalidad de “profesor hora-clase” y donde la mayoría ostenta un título de licenciado o ingeniero. La actividad universitaria discurre mayormente sobre la base del contacto del docente con sus alumnos dentro de un aula en un proceso generalmente transmisionista del conocimiento. Así, los tiempos de la universidad -el ir y devenir del calendario universitario- lo marcan los ciclos lectivos de clases y el quehacer docente asume el protagonismo dentro del quehacer universitario.

Igualmente, demasiado a menudo se asume que la principal función de la universidad es responder a la exigencia de cualificación de la mano de obra y a las demandas de profesionales. Es decir, satisfacer las necesidades del mercado laboral. Se ve a la universidad como la instancia que provee los conocimientos y desarrolla las competencias laborales y profesionales para que el individuo pueda insertarse y desempeñarse productivamente en el mercado laboral. Se entiende que la universidad es la institución que certifica y garantiza la “eficiencia” y “capacidad” del profesional. Así pensada la universidad, se presenta como una institución cuya razón de ser y propósito lo marca el empleador, la empresa, la oferta y demanda laboral. Desde esa forma de entender la universidad, El Salvador no necesita profesionales en literatura hispana, manejo de recursos marítimos o en historia, por mencionar algunos ejemplos, porque para eso no hay mercado.

Las universidades -unas más, otras menos- se plantean como una empresa. Están pensadas al modo empresarial y se rigen por las leyes del mercado. Esto es así no sólo por la mercantilización de la educación que proponen algunas universidades, sino también por la lógica de la gestión empresarial que determina su administración. La universidad, gerenciada al mejor estilo empresarial, se preocupa permanentemente por cuidar los gastos corrientes, los costos de operación y maximizar la rentabilidad. Dicha rentabilidad depende mayormente de la cantidad de estudiantes y sus cuotas, de los bajos salarios que pagan y de implementar carreras de aceptación masiva: derecho y administración de empresas.

Como lo explica Christian Laval, la universidad, permeada por la concepción neoliberal, considera la educación como un bien privado, como un bien de cambio, cuyo valor es económico y por tanto acceden a ella sólo aquellos que pueden pagarla. Pero también dentro de la misma dinámica del mercado, las universidades se anuncian en los medios y vallas publicitarias buscando crearse una imagen y capturar clientes potenciales, como lo hace cualquier otro producto de venta en el mercado. De aquí que la mejor universidad es aquella que mejor se posiciona en la mente del consumidor y hace llegar más clientes a sus aulas. Es más, hasta los sistemas de evaluación y autoevaluación institucional, así como el concepto de calidad académica son tomados de la empresa.

Dentro de la misma lógica empresarial, la universidad se preocupa porque el currículo y la carrera respondan a las necesidades de la empresa, que las valide la empresa. Dicho currículo incluye no solo las competencias laborales, sino también los valores y las actitudes de docilidad y disciplina de trabajo, es decir, la formación de subjetividades para la empresa: “asalariados adaptables”. De hecho, los críticos más duros comparan la universidad con las maquilas, donde en vez de confeccionar camisas se maquilan ingenieros y licenciados. Pero a pesar de esta subordinación de la universidad a la empresa, la empresa no invierte en la universidad ni busca soluciones en la universidad mas allá de la fuerza laboral que ésta les prepara. La universidad, así entendida, se presenta como una empresa proveedora de servicios educativos, gerenciada desde y para los valores de la productividad y la competitividad buscando la satisfacción tanto del cliente o consumidor –el estudiante- con carreras que suenan atractivas, como la satisfacción del interés privado –la empresa-.

Bajo esta forma de entender la universidad -con sus contradicciones, carencias, deficiencias y reducciones- se hace universidad en El Salvador. Ante esto es necesario aclarar que es innegable que toda universidad hace docencia, es una de sus funciones, pero no la única ni la más importante. Preparar nuevos profesionales que sean exitosos y productivos para sus familias y la sociedad es ciertamente competencia de la universidad. Aunque resulta obvio que “La Universidad” es mucho más que eso.

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