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Apelotonados, apiñados, amontonados, hacinados… y más…

José Roberto Osorio

Sociólogo

Una de las expresiones de la crisis social que el país experimenta es, por un lado la aglomeración de personas en determinadas áreas, particularmente las urbanas y una creciente despoblación observada en territorios, que alguien llamó disfuncionales. Es la migración campo-ciudad.

El hacinamiento en determinadas  ciudades produce serios problemas de  tráfico vehicular, presión sobre los precarios recursos, como el agua, servicios de salud, energía eléctrica, escasez de vivienda digna e incremento del precio de los alquileres de  las mismas. Lo más preocupante es que en las grandes concentraciones poblacionales se mueven a sus anchas la criminalidad y la delincuencia, como el pez en el agua.

Las razones por las que los habitantes del país abandonan las áreas rurales, son fácilmente comprensibles. Pocos empleos, duros y mal pagados son algunas de ellas. En efecto, la siembra de granos básicos es una práctica cultural que va perdiendo vigencia, por los bajos precios de los productos, el encarecimiento de los insumos y por las dificultades y penas que implica este tipo de trabajos. Ya ha ocurrido en el pasado que se importa frijol de otros países para satisfacer la demanda interna. Algunas evidencias mostrarían que son los adultos mayores quienes se encargan hoy de producir alimentos básicos. Asimismo, hay carencia de servicios adecuados, como agua, energía eléctrica, insuficientes servicios de salud, inseguridad, son factores de expulsión del sector agrario.

Los bajos precios internacionales del café y la presencia en las  zonas rurales del crimen organizado han obligado a muchos caficultores a dejar sin atención sus propiedades, generando desempleo y forzando a la migración de muchos salvadoreños que antes encontraban ocupación en estos cultivos.

Otros producto que se destina al mercado internacional, además de  ser muy abundante en todo el mundo, depende de negociaciones políticas para establecer cuotas de exportación. Y en vista de la falta relativa de mano de  obra rural, se  contrata a trabajadores de otras nacionalidades.

Para confirmar estas apreciaciones conviene acudir a las  cifras contenidas en la EHPM-2018, que perfilan cabalmente la situación.

En el año de referencia, el 61.7 % de la población nacional (4,096,070) residía en el área urbana y el 38.3 % en la zona rural. En el Área Metropolitana de San Salvador se concentraba el 27.1 % del total de la población del país.

La distribución de la población por departamento, da cuenta que el 63.5 % de la población se concentra en cinco de los catorce departamentos: San Salvador, La Libertad, Santa Ana, Sonsonate, y San Miguel, mientras que Cabañas, San Vicente, Chalatenango y Morazán son los menos poblados ya que allí reside solo el 11.6 % del total de la población nacional.

La densidad poblacional del país fue de 316 habitantes por kilómetro cuadrado, promedio superado por San Salvador, que exhibía una densidad poblacional de 2,028 habitantes por Km², La Libertad con 492, Sonsonate con 417 y Cuscatlán con 357.

Contrastan con las anteriores cifras las densidades poblacionales de Morazán con 143 habitantes por kilómetro cuadrado, La Unión con 131 y Chalatenango con 102.

Resulta interesante mirar las  densidades poblacionales de  algunos municipios, como Cuscatancingo con 14,481 habitantes por Km², Soyapango con 9,752 y Mejicanos con 7,635.  Sumados San Salvador y Soyapango, concentran el 34.8 % de toda la población reportada para el AMSS. ¿Se explica ahora lo de las trabazones en el tráfico?

Hace algunos meses ciertos funcionarios cobraban altos salarios por hablar de desarrollo territorial, sin embargo, no es posible encontrar resultados. El problema es que mientras la población se acumula en determinados territorios del país, áreas con muchas posibilidades se encuentran abandonadas, fuera de cualquier proceso de desarrollo. Para un país de una extensión tan pequeña, eso es más que un desperdicio.

No se sabe cuál puede ser la política actual en materia de desarrollo territorial, si la hay, pero cabe preguntar: ¿Cuáles fueron o podrían ser los incentivos para invertir en Chalatenango o en Morazán?, ¿qué beneficios se  podrían otorgar a la población que se cambie a vivir en las áreas de menor densidad poblacional?, ¿podrían trasladarse oficinas públicas hacia las áreas rurales, desconcentrando de este modo, población y medios de transporte?, ¿qué beneficios se  podrían otorgar a los habitantes rurales que no migren y continúen sembrando granos básicos y otros alimentos?, ¿cómo mejorar los servicios públicos en el área rural, para que sirvan como mecanismo de  retención poblacional en áreas poco habitadas y que ofrecen alternativas de desarrollo?

Y para no perderse conviene reiterar que: “El desarrollo territorial es un proceso permanente y complejo, implementado por los actores del territorio mediante estrategias colectivas con el objetivo de mejorar la calidad de vida de la comunidad y teniendo en cuenta los diferentes sectores y dimensiones del territorio”.

¿Habrá razones fundadas para esperar que se inicie un proceso de  desarrollo rural, diferente, inclusivo, firme y duradero? Usted tiene la respuesta.

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Un Comentario

  1. Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.

    * * *

    Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.

    -Eh, tío Lucas, ¿se descansa?

    -Sí, pues, patroncito.

    Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.

    Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casad, y tuvo un hijo, y…

    Y aquí el tío Lucas:

    -Sí, patrón; !hace dos años que se me murió!

    Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se humedecieron entonces:

    -¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.

    Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.

    * * *

    El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho.

    El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.

    Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí!, entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.

    Luego, llegaron después sus quince años.

    * * *

    El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.

    Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canción, y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.

    Si había buena venta, otra salida por la tarde.

    Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!, como decia el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.

    * * *

    ¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horea; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep!, cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo; ¡sí, lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.

    Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que vas a perder una canilla! Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariñado.

    * * *

    Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.

    ¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.

    -Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.

    Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.

    Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro; tranqueteos por doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.

    Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfío, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.

    La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él era pequeña figura para el grueso zócalo.

    Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos. Letras «en diamante», decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, limones y percalas.

    * * *

    Sólo él faltaba.

    -¡Se va el bruto!- dijo uno de los lancheros.

    -¡El barrigón!- agregó otro.

    Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al pescuezo.

    Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó ¡Iza!, mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.

    Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto, quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.

    Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa Ancha.

    * * *

    Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar afuera pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.

    Autor del poema: Rubén Darío

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