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Ambrogi y las chicharras

Claraboya

AMBROGI Y LAS CHICHARRAS

Por: Álvaro Darío Lara

Para Isa

Hemos dado un breve paseo por Suchitoto. Por el cálido Suchitoto de marzo, de abril, donde el  todopoderoso sol, cae perpendicular, sobre las edificaciones antiguas y hermosas calles de piedra. Sobre los tapiales y los musgosos y rojizos tejados.

Es mediodía, y no hay espacio posible para una fresca brisa que disipe la agonía del calor. Sin embargo, ¡qué hermoso poblado, de grandes casas señoriales, con sus patios al centro, donde crecen las veraneras y estalla la vegetación hogareña! Pueblo de embrujo, abierto ahora al turismo que le frecuenta asiduamente.

Ya en el retorno, el canto de las chicharras nos cautiva. En medio de un paisaje dominado por la absoluta sequedad, donde acaso, una quinta, una finca, un restaurante, pone una nota de color, en este imperio de fortísima luz que todo lo subyuga, comenzamos a escuchar las notas tristes, fúnebres, pero llenas de una extraña atracción, de las eternas anunciadoras de la Semana Mayor, las cigarras, entre nosotros, las chicharras.

Y nos ha venido de inmediato al recuerdo, la estupenda crónica del gran narrador don Arturo Ambrogi (1874-1936), titulada “Elogio de la Chicharra”, que se encuentra en su ya clásico “Libro del Trópico”.

Ambrogi es el acuarelista de la prosa nacional. Su obra publicada entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, recrea, con toda la maestría del modernismo y del naturalismo criollo, las estampas de la tierra de Cuscatlán. Hay en Ambrogi un dominio del instrumental técnico tan preciso, que es capaz de trasladarnos por la fuerza de su descripción e intuición creadora, a los ámbitos más propios de nuestro entorno natural y humano.

Veamos un apartado del texto ya referido: “En las sumidades del seco ramaje, entre las escasas hojas deshilachadas y polvorientas que perduran pendientes aún de las ramas tostadas, de cara al cielo, la chicharra frota sus élitros desesperadamente, como cuerda, única y vieja, en la caja de un violín fracasado”.

Don Arturo nos insiste: “Canta sobre todo al Calor… En él nace; en él vive; en él goza y se reproduce; y en medio de él se muere de vieja, como una abuela achacosa en su cama matrimonial de arcaica ebanistería, entre encajes rancios y lienzos olorosos a alcanfor”.

¿Quiénes de nosotros, salvadoreños, salvadoreñas, no hemos sido presas del magnetismo de ese canto, de ese testimonio vital, de esos seres de la naturaleza, que después de largos años en el interior de la tierra, emergen, únicamente para cantar, llamando de esta forma al apareamiento, que perpetua la especie, para luego morir? ¿No es acaso, el terrible misterio de la muerte necesaria para que continúe la ronda de la vida? ¿No somos nosotros mismos los que tantas y tantas veces cantamos, con un nudo de dolor ahogado en la garganta, para hacer posible la esperanza?

Se oculta el sol, y el canto de las chicharras se acentúa más y más, hasta reinar sobre la aridez y sus sombras. Es entonces, cuando buscamos la palabra de Ricardo Trigueros de León (1917-1965), el gran cultor del poema en prosa, y uno de nuestros más insignes editores, quien escribió, bajo el pseudónimo de Juan Carlos Serpas, estas líneas fragmentadas, que citamos a continuación, y que nos evidencian la fervorosa admiración del escritor por la obra de don Arturo: “Nadie después de Ambrogi, ha visto nuestra campiña de este escritor que nos legó páginas admirables. Si en los polvorientos caminos pasa una carreta se percibe el chirriar en mohecido de las ruedas, el tintineo metálico de las roldanas y, cosa de maravilla, se escucha el jadeo de los bueyes que tienen los belfos resecos por la sequía y el polvo y los ojos grandes, vidriosos, como desesperados espejos en los que se refléjanse el ardiente paisaje de cerros amarillos, mondos, llagados por el fuego solar”. (“Viendo un viejo retrato de Arturo Ambrogi; Obras: Poesía y prosa de Ricardo Trigueros de León, recopilación, prólogo y notas de: A.D.L.; Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 2007, p.352).

Por su parte, otro entusiasta de Ambrogi, Julio César Ávalos, nos afirma en su trabajo de grado  lo siguiente: “Y es ahí donde reside uno de los mayores aportes del talento de nuestro autor: su inmortalización de lo común. Nos legó una abundante obra literaria en la que podemos leer sobre nosotros mismos, nuestra sociedad, nuestros paisajes. Algo que nos puede dar un mayor sentido de identidad. Situó la literatura dentro del ambiente nacional o, lo que tal vez sea más valioso, hizo literatura partiendo de la realidad local. Al hacerlo, empleó un estilo nuevo, con un vocabulario que, aunque era elegante y rico, era sencillo y directo, tomado en parte de los propios campesinos”. (“Arturo Ambrogi: su vida y su obra”; Tesis para optar a la Licenciatura en Letras, UCA, diciembre de 1996, p.51).

Los cófrades de Ambrogi, nos lo han dicho ya, abundar en comentarios  es inútil ante sus acertadas impresiones.  Afuera,  las chicharras, que dictaron la memorable crónica ambrogiana  siguen con su canto. Estuvieron antes de nosotros y seguramente nuestro humus alimentará sus futuros cantos. Es el milagro maravilloso de la vida. Es, en definitiva, el gran concierto de la Naturaleza. Una música que los artistas y los místicos, de cuando en cuando, nos hacen llegar, como una emanación de la divinidad.

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