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AMADO NERVO, EL MÍSTICO DE LA DESESPERANZA.

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Este 24 de mayo de 2019, justamente ayer, se cumplieron cien años de la muerte de uno de los más grandes poetas latinoamericanos, Amado Nervo. Muy pocos recordaron este hecho. Nervo fue un poeta que caracterizó su obra por una grave inclinación hacia la espiritualidad, con un aire recoleto y a menudo triste, a grado tal que Darío lo llamó “fraile de los suspiros”. Los versos de Nervo se enfocan en el amor lejano, en el recuerdo, en la vaguedad de una esperanza incierta; pero son versos elegantes, ricos en dulzura, pulcramente escritos. Este mexicano, nacido en Tepic, Nayarit, en 1870, fue muy querido por sus compatriotas. Fue un diplomático de carrera, muriendo en esa función en Montevideo. El traslado de sus restos a México, en un barco de guerra, se dice que fue apoteósico. El profesor Francisco Espinosa, en su obra “Literatura española e iberoamericana”, le llamó “poeta místico”. Contemporáneo y amigo de Gutiérrez Nájera y de Darío, representó lo mejor de la poesía americana en su momento.

Su obra es variada. Cito de ella sus libros de poemas “Perlas Negras”, “El éxodo y las flores del camino”, “Los jardines interiores”, “Elevación”, “Plenitud y serenidad”, “El estanque de los lotos”; y es famosa particularmente su colección de poemas titulada “La amada inmóvil”, dedicada al amor de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez, cuya muerte le hizo “agotar el sufrimiento humano”, como él mismo dice en carta a Rubén Darío.

Cuando uno observa la riqueza de la literatura hispanoamericana, y particularmente de la poesía, de finales del siglo XIX y del siglo XX, debe regocijarse de su gran calidad y profusidad. Allí destacan, entre tantos, Batres Montúfar, nacido en San Salvador y reconocido como guatemalteco, gran poeta, muy conocido por su poema “Yo pienso en ti”; el colombiano Jorge Isaacs, autor de “María”; el puertorriqueño Eugenio María de Hostos; el colombiano Guillermo Valencia; el mismo José Martí; Gutiérrez Nájera, ya citado; José Asunción Silva, también colombiano, autor del famoso “Nocturno”; Darío, por supuesto; el peruano José Santos Chocano; y nada más tenemos necesidad de decir de esas tres grandes del cono sur, las poetas universales, Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Gabriela Mistral, a quienes habrá que agregar a nuestra Claudia Lars. Nervo estuvo entre ese olimpo magnífico con su poesía tan bien escrita, tan expresiva, de mensaje profundo, ciertamente cubierta de melancolía, de nerviosismo y de desesperanza, pero bella y estricta en su expresión.

Cien años hace, pues, murió amado Nervo. México lo recibió con admiración y agradecimiento, y le rindió culto justamente al arribo de sus restos, si mal no recuerdo, al puerto de Veracruz. Se puede hablar de Nervo en muchas páginas, incluso en ensayos y quizá hasta en libros. Pero de él hablan mejor sus poemas, de los cuales anoto dos a continuación para que regocijemos un poco nuestro espíritu y le demos algo de sana alegría al alma, cosas que tanto necesitamos en estos momentos. El primero es el famoso que recoge las conocidas frases “…yo fui el arquitecto de mi propio destino” y “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”:

EN PAZ

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.

Porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,

fue porque puse en ellas hiel o mieles sabrosas;

cuando planté rosales coseché siempre rosas.

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno;

¡mas tú no me dijiste que Mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tú sólo noches buenas,

y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

El segundo es parte de la colección de “La amada inmóvil”, dedicada, como he dicho, al amor de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez:

GRATIA PLENA

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:

Su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…

El ingenio de Francia de su boca fluía.

Era llena de gracia como el Avemaría,

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,

rubia y nevada como Margarita sin par,

al influjo de su alma celesta amanecía…

Era llena de gracia como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía

de no sé qué prestigio lejano y singular.

Más que muchas princesas, princesa parecía:

Era llena de gracia como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía

dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar,

y cadencias arcanas halló mi poesía.

Era llena de gracia como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía,

Pero flores tan bellas nunca suelen durar!

¡Era llena de gracia como el Avemaría,

y a la fuente de gracia  de donde procedía,

se volvió, como gota que se vuelve a la mar!

Ayer hace exactamente un siglo, pues, murió Amado Nervo. Vale la pena recordarlo.

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