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A LA MEMORIA DEL POETA SALVADOREÑO MAURICIO VALLEJO p.

Wilfredo Mármol Amaya
Psicólogo y escritor viroleño

Maribel es una viroleña de pura cepa, and profesional de Química y Farmacia y una mujer que es quedita y loable. Pensando en el 34 aniversario del martirio y desaparecimiento del poeta Mauricio Vallejo, drugstore iniciamos una tertulia y me comenta:
Conocí a Mauricio Vallejo allá por el año de 1976. Éramos vecinos. La Colonia Santa Clara estaba prácticamente recién inaugurada. Era bonita la colonia, limpia y ejemplar. Mauricio Vallejo vivía en una casa de esquina sobre la Calle México, abajo del Barrio San Jacinto, por cierto a unos pocos metros  de la parada de la ruta 22. Yo vivía a escasos pasos de su casa, sobre el Pasaje Los Girasoles. Era  jocoso ver salir a Mauricio a la carrera y dar el empujón con el brazo derecho,  casi de espaldas,  a la puerta de su casa;  daba unos cuantos pasos en velocidad moderada y se subía a la 22 con rumbo a la Universidad Nacional. No recuerdo qué carrera llevaba en la UES; yo estudiaba Química y Farmacia.
Mauricio era un joven que siempre lucía limpio, era alto, delgado,  usaba lentes y su melena era abundante y colocho, más bien ondulado, como estaba de moda el afro su peinado tiraba a ese estilo, aunque no era tan rizo que digamos. Tenía un sentido de la plática nada superficial y, eso sí,  un buen sentido del humor.
En ocasiones coincidíamos en la parada y esperábamos juntos el bus. Siempre andaba colgado en su hombro una especie de bolso que los jóvenes gustaban en esos días, una especie de cebadera, donde resguardaba sus cuadernos universitarios. En el bus coincidimos en varias oportunidades en el mismo asiento e intercambiábamos palabras. Mauricio fue un joven respetuoso y hablaba pausado y con tranquilidad. Solíamos bajarnos frente al INFRAMEN que estaba ubicado en esos días en la Calle de San Antonio Abad. Mauricio tomaba camino por el lado de Ingeniería -quizás estudiaba una Ingeniería- y yo tomaba camino para Química y Farmacia.
Dejé de verlo. No se me apareció en el camino, sin embargo solía dedicarle mis pensamientos que me permitieran hacerme la idea de que a lo mejor se había cambiado de casa.  No tuve más noticias, y la verdad que como yo era “hija de dominio” no se me permitía visitar a las amistades en sus casas.  Como me casé en 1979 me fui a vivir lejos de San Jacinto, perdí todo contacto con él.
Si mal no recuerdo, allá por el año de 1985, mi hermana mayor,  que siempre se quedó  viviendo en Santa Clara y que era compañera de trabajo en la misma escuela de la mamá de Mauricio Vallejo, me invitó a una fiesta, creo era una piñata. Me pidió que llevara a mis dos hijas, Rita y Leticia.
Para mi sorpresa la fiesta era en la casa de Mauricio Vallejo. Pero más aún, al ver en la sala de la casa una fotografía del joven con el que solíamos viajar en el bus urbano, fue entonces que platicando con doña María Julia -creo así se llamaba la madre de Mauricio- salió la plática y me contó la historia, su hijo había sido desaparecido por las “autoridades” y que era parte del largo historial de las personas desaparecidas en el país, por el hecho de ser jóvenes y pensar distinto, ese fue el pecado de muchas personas en esos días, concluyó doña María Julia Marroquín de Vallejo.
Al recoger las memorias de Leticia Maribel, mi amiga y paisana  viroleña que conoció a Mauricio Vallejo, pienso también en mi padre, que no fue desaparecido como los 8,0000 salvadoreños que da cuenta la historia, pero que fue borrado de la existencia por los enemigos de la vida, cuando ese fatídico 15 de mayo de 1986 le asesinaron en la entrada de su casa, en el Reparto Los 44, por el simple hecho de servir a su pueblo desde la Alcaldía Municipal de Santa Ana, un pecado que algún día deberán aclarar con el conocimiento público de la verdad y pedir perdón, los enemigos de la vida y fundadores de los escuadrones de la muerte.
Leo entonces un fragmento de un poema de Mauricio Vallejo dirigido a su entonces recién nacido, y pienso en lo que mi padre, Prof. Gregorio Rigoberto Amaya Lovos pudo haber pensado en el instante de su martirio:

“… Qué chillidos de varón hijo y por la bocha echás una atarraya bolsona de estrellas.
Todo te ensalivás!
Quizá llorás por el ruido de los helicópteros que están va de pasar y pasar…”
(Tomado de artepoetica. net)

Mauricio Vallejo, es parte de esa sangre generosa que ofrendó la vida en el sueño de las buenas nuevas para nuestro país,  y como ya lo ha dicho Alí Primera “Los que mueren por la vida, no pueden  llamarse muertos y a partir de este momento es prohibido llorarlos.”
Mauricio Vallejo, poeta amigo,  te saludan reverentes las nuevas generaciones, donde te encuentres, que la paz sea contigo.
San Salvador, 15 de septiembre de 2014.

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