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A barrer

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

Me habían encomendado barrer la sala de la casa. Siempre estaba llena de polvo, porque afuera la calle era de tierra y con la lluvia se expandía por doquier e inundaba todo. Así que era natural cada vez que iba a Tonacatepeque con mis abuelos que me tocará el ejercicio de barrer, entre otras actividades como abrir y cerrar agujeros.

Yo tomaba la escoba y daba golpetazos con la escoba hacia afuera, como si quisiera golpear una pelota con un palo de golf. Arrojando el polvo por todos lados, incluso salpicando las paredes y los muebles. Mi papá Tony me observaba. Yo seguía con la tarea encomendada sin percatarme de la mirada atenta de mi abuelo y su estudioso silencio. Hasta que sentí que posó su mano sobre mi hombro derecho.

—Así no barremos nosotros —Afirmó, con la seriedad que siempre mantenía.

—¿Acaso existe otra forma? —Me pregunté.

Y es que barrer tiene su arte. No es pasar la escoba y dejar rastros de polvo, tampoco azotar el alrededor arrojando polvo a diestra y siniestra. Se requiere cierta delicadeza para hacerlo como se debe.

Barrer implica compromiso, para dejar un buen resultado. Si un acto tan sencillo como barrer se nos complica y no procuramos hacerlo con excelencia, es seguro que nos constará mucho cualquier otra actividad. Y solo aparentar que se ha barrido tampoco es la solución como una vez vi hacer a una persona: ocultando bajo los muebles el promontorio de polvo y desperdicios, y se excuso diciendo: “para que no lo vea la suegra”.

Aquella instrucción de mi abuelo la consideré algo sencillo y que cualquiera es capaz de hacer (una realidad), pero a la vez es el recuerdo más fuerte que tengo de él. Una camaradería, como otros tantos secretos que me confió aquella tarde en que cumplí trece años y me mostró muchos de sus tesoros apilados en una gaveta de un archivador.

Lo tengo tan presente cuando tomó la escoba y me mostró que el polvo y la basura se reunía al centro de cada habitación para recogerla con una pala, repasando las veces que fuera necesario para que no quedara huella del polvo y luego depositar los despojos en un recipiente o en una bolsa. Después el cuidado de percatarse que no quedara absolutamente nada en el suelo.

—¿Viste? Ahora la recogés todo con cuidado que no quede nada.

Me dio la escoba y salió de la sala. Desde entonces seguí la instrucción con fidelidad. No hubo necesidad que me volviera a enseñar el método, me había quedado claro como el agua de la montaña.

Una tarde, una semana después, barría en la casa de la colonia Santa Clara. Procurando no fallar en la instrucción de mi abuelo. Úrsula se percató:

—Niña Yuly, mire, Mauricito barre igual que Don Tony.

Mi mamá Yuly guardó silencio viendo que repetía los mismos pasos de baile que me abuelo al barrer, ese silencio que con los años dejó ver que el abuelo seguía una costumbre silenciosa que venía con su familia, una de las pocas tradiciones que se quedaron fijas como una señal que curiosamente la mayoría de los anussim y los judíos sefardíes procuraban guardar.

Y así, barriendo, aprendí que cada cosa debe hacerse con esmero, porque trae una lección y con seguridad un secreto de familia.

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