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VUELTA AL POETA GILBERTO SANTANA, A LA FLOR Y A LA ESTRELLA

CLARABOYA

Álvaro Darío Lara

Cae perpendicular el sol abrasador de San Salvador sobre nuestra humanidad, y siempre será así, el cálido mediodía, apenas refrescado por una débil ráfaga de viento.

Siempre será así, cuando evocamos a ese bohemio empedernido que en el lejano recuerdo se llama Gilberto Santana, poeta nacido en el capitalino barrio de Candelaria, en 1945 y ausente desde 2010.

Santana perteneció, de acuerdo a una nota periodística de Mercedes Durand (1933-1999), publicada en Diario El Mundo (página de Cinconegritos, 29 de junio de 1985), al legendario y mítico grupo literario “La cebolla púrpura”, tan emblemático a inicios de los años setenta, donde sobresalieron especialmente, por su obra y trágicas muertes, los poetas Jaime Suárez Quemain (1949-1980) y Rigoberto Góngora (1951-1981).

Gilberto, al igual que el poeta Ulises Masís (1925-1992) fueron los últimos poetas bohemios, particularísimos, urbanos, de una capital que cada vez se distancia más de su ayer.

De estatura regular, piel morena, acentuada por el sol inclemente, voz pausada y melodiosa, andar calmo, Gilberto siempre tuvo ese aire que el romanticismo nos perfiló del aeda, como un ser volátil, intenso, mitad dios, mitad demonio. Y es que, ya pasado de copas, Gilberto, se convertía en un furioso y atormentado ángel caído. Se le veía por San Salvador, en su calles y parques, formalmente vestido, y en ocasiones, de corbata de encendidos colores. Era amante de la Mozart y de Bach. Y disfrutaba tanto la pintura universal como la paleta de nuestros artistas locales.

Su poesía, sin embargo, y nos referimos a aquella que publicó bajo el sello de la Editorial Universitaria del país, en 1976, titulada “Calendario clandestino” (Presentación de Matilde Elena López; dibujos de Augusto Crespín), nos evidencia un estilo epigramático, conceptual y hermético; una palabra trabajada con el fino buril de la síntesis, que cuida cada término y cada construcción, donde se advierte un dejo de caustica ironía.

Gilberto Santana se inscribe en ese grupo conformado por artistas, escritores y periodistas que fueron asiduos parroquianos de las históricas cafeterías, cervecerías, parques y bares de un San Salvador que es ya una imagen en blanco de la nostalgia.

Rostros que surgen de los impenetrables caminos del tiempo: los poetas Luis Galindo (1929-1990), Ulises Masís y Lilian Serpas (1905-1985), la Lilian maravillosa que fumaba cigarrillos en la cafetería “El porvenir” y que atravesaba las bulliciosas calles de la ciudad, entre la niebla y la locura de su sobrenatural poesía; el profesor y crítico de arte Jorge Cornejo (1923-2005), el periodista

Francisco Aragón, y tantos otros con quienes cruzamos en aquellos años de adolescencia y primera juventud, un café, una cerveza, un tropical guaro blanco, mientras las horas se consumían entre interminables conversaciones sobre literatura, libros, personajes y sucesos nacionales, teniendo como escenario y telón de fondo un país que comenzaba a desangrarse en ese drama que fue nuestra guerra civil.

Una vez, Gilberto, reflexionó poéticamente sobre el significado, sobre el profundo simbolismo, que guardan los objetos personales ya en desuso: los vestidos, las cartas, las amarillentas fotografías. Contó que había encontrado en un basurero un traje de novia. Mientras narraba el hecho, la poesía lo arrebataba de la mesa en donde estábamos, para llevarlo al ámbito de los misterios, de las intuiciones: ¿quién llevó ese traje?, ¿por qué el amor termina en un lugar inmundo?, ¿por qué la felicidad de ahora será el dolor del mañana?

Se hacía muchas preguntas. Y nos lanzaba otras.  Ese era su talante. Talante de aquél que encuentra hasta en lo más cotidiano la voz de la poesía.

Y es que Gilberto vivió su vida totalmente de forma poética. Embelesado en la belleza del eterno instante. Gilberto comprendía esa ley universal del permanente tránsito: del ir y venir de luz y de la materia.

En otra ocasión, Gilberto narró la historia de una jovencita, amante del arte, que fue su amiga, y que falleció en los años ochenta, víctima de una común enfermedad, que, en otras condiciones, pudo ser vencida. La niña se llamaba Roxana Yamilet Rosales Ventura, y para ella, Gilberto escribió unos sentidos versos, que bien se aplican al mismo poeta.

Para que no se olvide ni Roxana ni el poeta que cantó su vida y su muerte, compartimos el poema “Elegía para una flor”, que retrata la estatura humana y estética del querido amigo, que inició ya   hace unos años, el camino que todos llevamos al Absoluto, la vuelta al principio eterno.

“Elegía para una flor”: “/ “Que se queden mis palabras/ junto a la fosa en que duermes/ y que sean estos versos/ un panal que la recuerde”.  Pedro Geoffroy Rivas.

“Hace un año/que partiste, Roxana Yamilet/ por los caminos silvestres/que conducen a la casa/ de los Santos. / Hoy hace un año/ que nos dejaste solos/ como la primavera/ con sus árboles tronchados, / sin pájaros y poemas/ como barcos dormidos/ en la arena de un mar/ inédito y prohibido. / Así nos quedamos/ esperando que regreses/ transmutando en las flores y luceros/ en la sonrisa de los niños/en una fuga de Bach/ en los amarillos de Van Goh. /Y cuando hayas regresado, /Sor Roxana/ diáfana, inmutable, / subiremos a la verdad absoluta / de tu encuentro. / Porque creo en los encuentros/ en la resurrección de los muertos/ en la transmutación de la flor y la estrella/ y en los regresos/ de los santos. / Por eso te esperamos, /Roxana Yamilet. / Monja devota de los Ángeles, /tú, elegida por Dios, / para volverte/ flor de Jericó, / y cantaremos himnos de alegría/ en tu regreso”.

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