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martes , 17 octubre 2017
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Vivir la solidaridad como buenos samaritanos

German Rosa, cialis s.j.

En el mes de marzo estamos conmemorando la vida y la memoria viva del P. Rutilio Grande y de Mons. Oscar Romero. Dos grandes personajes en la historia de El Salvador porque su luz ilumina la oscuridad de la violencia en el mundo de hoy.

Ambos vivieron una vocación de amor y servicio al pueblo de El Salvador. Ellos amaron con ternura, hospital practicaron la justicia y caminaron humildemente con Dios. Ambos vivieron a fondo los cambios de la Iglesia con el Concilio Vaticano II, la Conferencia de Medellín y cargaron con los sufrimientos de los pobres y de los humildes de El Salvador. Ambos fueron fieles a la voz de Dios en medio de la injusticia, acompañando a los más afectados por la violencia y la guerra durante los años 70’s. Cargaron con la cruz del pueblo de El Salvador, vivieron con pasión su vocación humana, cristiana y sacerdotal hasta dar la vida por los pobres, los humildes y lo sencillos. Dicho brevemente, fueron solidarios con las víctimas y los empobrecidos hasta dar testimonio con su propia sangre. Mons. Romero, Rutilio Grande y muchos salvadoreños más constituyen una constelación cuya luz brilla mostrándonos el camino hacia la justicia y la verdad. Símbolos de la solidaridad humana en un mundo donde se sacrifican tantas personas buenas a causa de la violencia. Pensemos un poco sobre el tema de la solidaridad como experiencia humana y espiritual.

1. La espiritualidad de la solidaridad

El ser humano es solidario porque su propia constitución le hace ser de esta manera. Hay rasgos fundamentales de la realidad humana que nos inducen a pensar que es propio de la constitución de la persona el ser solidario.

Desde esta perspectiva, nos damos cuenta que el hombre y la mujer son solidarios porque su propia realidad humana manifiesta este espíritu de solidaridad que lleva al compromiso con los demás. El hombre y la mujer no son solamente solidarios espiritualmente, sino que además son solidarios en las acciones concretas por alcanzar los grandes objetivos o metas que los plenifican.

Somos solidarios porque somos capaces de reaccionar ante la tragedia, las catástrofes naturales, y los problemas humanos de distinta índole. La inspiración de la solidaridad es la certeza misma de responder adecuadamente con otros ante los problemas que no pueden resolverse al margen de la convivencia, ni de lo comunitario, lo cual supone que quien es solidario pertenece a un cuerpo social. La solidaridad es una mística y ésta hace referencia no sólo al aspecto racional de la solidaridad. También hay una dimensión trascendente, hay un aspecto divino, hay también imágenes, símbolos que expresan la solidaridad, etc. (Cfr. Ermanno Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Tomo II, Editorial Herder, Barcelona, 1987, p. 619).

El que vive “la mística” que inspira la solidaridad en nuestro contexto actual es quien es capaz de salir de la actitud conformista y confortable de buscar lo que es sólo su provecho y su propio bienestar. El que es capaz de dar este paso fundamental es quien se atreve a viajar a lo más hondo de su intimidad, sumergirse para vivir este momento sublime de hacer de su acción, de sus actos este puente entre lo que vive, lo que cree y lo que espera con su realidad externa, asumiéndola, transformándola. Esta experiencia de vivir solidariamente lo exterior desde lo más íntimo, nos sitúa en un justo equilibrio entre lo que somos individualmente sin negar lo particular, y lo social que me hace descubrir el encuentro con el otro. Hay en definitiva el encuentro y la comunión con el Gran Otro (Dios mismo) en ese intento de ir y volver, de salir y entrar en nuestro interior. De la intimidad se da el paso al encuentro con el otro, el prójimo, el próximo. Se articula la contemplación y el compromiso con el otro, con los demás.

Alimentar nuestra acción solidaria con espiritualidad supone superar todo tipo de dualismo que restringe la acción del Espíritu al ámbito privado o de la intimidad; una espiritualidad sin dualismos hace que la calidad de la vida sea coherente, tenga continuidad con nuestra fe radical en el sentido antropológico y también teológico. Es decir, el ser humano que actúa en la historia es el mismo que vive su dimensión fundamental de confianza en sí mismo y actúa con los otros en sus acciones solidarias. Así mismo, el Dios que encontramos en lo más íntimo de nuestra propia intimidad es el Dios que actúa en la historia.

Desde esta perspectiva, la solidaridad es radicalmente crítica, incompatible con el escepticismo que puede llegar a tolerar los diversos modos de convivencia sin aceptar el compromiso fundamental del bien universal. La solidaridad activa y efectiva es un modo de determinación de los hombres y mujeres que asumen su condición humana y su situación real. En este sentido, no podemos ser plenamente humanos sin ser solidarios, tampoco prescindiendo de la situación histórica y social de nuestros tiempos.

También es evidente que la solidaridad puede ser para lo bueno como para lo malo. Uno puede estar adherido o asociado a una causa, empresa u opinión de otro u otros para hacer el mal. Tal es el caso de la violencia bajo sus distintas manifestaciones. En este caso, esta adhesión es negativa, destructiva y perniciosa; pero cuando hablamos de solidaridad con mística y espiritualidad, hablamos de la solidaridad que de suyo es positiva, constructiva y beneficiosa. Desde esta óptica, la solidaridad nos impele a superar esta concepción pobre e insuficiente de la persona que busca hacer el mal real y objetivo, pero también critica las acciones personales e institucionales que buscan hacer lo que les conviene para su mayor provecho, sin considerar sus consecuencias de cara a la convivencia, a lo que es común en la sociedad. También una espiritualidad que lanza a la solidaridad es una espiritualidad inserta en la cultura, es decir, es una espiritualidad inculturada, lleva a tener una conversión, una claridad para inteligir la realidad en constante transformación. Por esta razón esta espiritualidad impulsa, empuja a participar de los movimientos sociales tales como: los que propugnan el respeto de la dignidad de la mujer, los que valoran las diferencias étnicas y el pluralismo cultural; la conservación y la armonía de la especie humana con la naturaleza, la participación activa de los movimientos pacifistas y de los derechos humanos, etc.

Vivir la dimensión espiritual en el hecho mismo de ser solidarios es dar lugar a las creencias, a las convicciones, a la fe radical, es decir sí a la confianza honda y sentida, así como a la esperanza de lo nuevo y de lo que va a cambiar, que nos lleva a crear vínculos con el otro o con los demás; pero además nos conduce a vivir según el Espíritu de Dios siendo solidarios, siendo sensibles ante el dolor, ante el sufrimiento del próximo.

Nos atrevemos a pensar que la acción que nace de la solidaridad humana tiene una espiritualidad subyacente, una mística que se basa en principio en la realidad misma del ser humano, cuya raigambre puede remitirnos al hecho mismo de ser creatura que puede desplegar su capacidad de creer y entender dentro de lo posible el misterio de Dios. Se puede ser solidario de hecho sin profesar explícitamente la fe cristiana. La solidaridad puede ser entendida como expresión de lo que es el hombre en sí mismo, la mujer en sí misma, pero también se puede ser solidario(a) siendo cristiano(a). En este caso la acción solidaria no sólo es posible por el hecho mismo de nuestro ser persona sino porque también es alimentada por una espiritualidad, una mística que vislumbra el carácter de ultimidad que tiene la solidaridad humana.

2. Vivir la solidaridad para enfrentar la pobreza, la exclusión y la violencia con espíritu de buenos samaritanos (Lc 10,29-37)

La condición fundamental para ser hombres y mujeres solidarios(as) es de suyo ser simple y llanamente humanos. Esto es evidente en la parábola del buen samaritano, que nos hace entender lo que significa acercarse al que sufre, al drama y la tragedia del otro, los otros, de los pueblos. El buen samaritano es quien carga con aquel hombre que le ha sacado del camino para salvarlo del final inminente de su muerte sin ninguna posibilidad de que éste pobre hombre despojado y golpeado pueda elegir, ser agente, autor y actor de su propio futuro porque la situación en que se encuentra le ha sido impuesta. Es decir, este hombre ha perdido toda capacidad en vida de ejecución, de decisión, así como de aceptación del curso de su destino conforme a sus proyectos porque no puede realizarlos.

No hay que olvidar que quien carga con el pobre hombre tirado por los caminos, carga con su dolor, su sufrimiento, la tragedia y el drama de su vida. Sin caer en paternalismos, ni crear dependencias porque quien ha sido liberado de la muerte, luego emerge para asumir su situación tal cual. Además este hombre tirado por los caminos puede ser también símbolo de una comunidad, de un pueblo o de una multitud.

Obviamente, la parábola del buen samaritano nos transmite la enseñanza evangélica del amor al prójimo, pero en este caso quien ama también se muestra solidario. Desde nuestra perspectiva, más allá del esquema de la ley que obligaba al sacerdote y al levita, quienes se preocupaban por su fiel observancia en todas sus prescripciones cúlticas rituales, se destaca que las acciones solidarias son para los “buenos samaritanos” una posibilidad real de convertirnos en prójimos de quienes nos sacan del camino, sin preocuparnos en principio por adquirir la salvación como resultado de nuestras acciones, porque en definitiva, la salvación es una acción gratuita de Dios quien se hace solidario con la humanidad y la creación.

El buen samaritano es un hombre común, ordinario, es el extranjero y el hereje, un ser humano que ama y es solidario no porque intente comprar la salvación, ni porque quiere un premio o una bendición de Dios como una manera de retribuir sus buenas acciones. Si lo planteamos de otra manera, podemos preguntarnos lo siguiente: ¿No habrá una imagen de Dios en el hombre y la mujer que se muestran misericordiosos y solidarios con quienes están tirados por los caminos sin pretender con esto tener algún tipo de retribución? Una cosa importante que podemos inferir de la parábola es que el ser humano próximo del otro(a) no necesariamente debe ser practicante del culto, puede ser que no sea creyente, solamente es un ser humano que tiene la posibilidad de cargar con aquel que lo ha sacado de su itinerario. Es decir, la calidad y la cualidad de quien es próximo no es otra que la de ser simplemente humano, sensible y dispuesto a ponerse solidariamente en camino con el que ha sido víctima de quien no ha sido su prójimo.

Desde nuestra realidad histórica, la espiritualidad tiene el carácter de un cierto atrevimiento para asumir lo que es vulnerable en nosotros y en los otros. Ha habido momentos dramáticos en los cuales se nos ha impuesto el dolor y el sufrimiento, hechos que nos pueden ayudar a tener una mayor sensibilidad para los grandes movimientos del Espíritu de Dios porque éste revolotea y anida en lo débil y lo vulnerable. De ahí que una espiritualidad que mueve a la solidaridad con los vulnerables, los débiles, en nuestro contexto los marginados y los pobres, está en sintonía con Dios, precisamente porque El se hace presente en todos ellos.

Desde la experiencia de fe en Jesucristo, hay una espiritualidad fuente primaria de la acción solidaria. Esto nos muestra que la realidad humana misma tiene esta predisposición a comunicarse con Dios que es de suyo amor y nos hace capaces de amar, y también nos hace capaces de salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro. La espiritualidad de la solidaridad es una vía de acceso a Dios que nos ayuda a descentrarnos de nosotros mismos para ser en plenitud actuando con Dios y los demás. No hay que olvidar que aquel que recojo del suelo o que encuentro en el camino no solamente me hace solidario, sino que me hace descubrir la presencia de Dios en él. El otro me hace descubrir a Dios. Decir esto va en la dirección de situarnos y exponernos para una verdadera experiencia de Dios.

La espiritualidad es el ejercicio del espíritu humano que entra en diálogo con Dios. En este diálogo con Dios nos situamos como creaturas de cara a nuestro principio u origen creador, descubriéndonos como creaturas creadas y limitadas, pero al mismo tiempo este diálogo nos provoca para ir al encuentro con Dios en lo cotidiano, quien nos envía y nos hace ponernos en camino para alcanzar al final nuestra plenitud en él mismo.

Una espiritualidad auténtica se manifiesta en esta práctica que nos convierte en los próximos del otro(a), de los otros(as), de los pueblos y de la humanidad.  Al vivir la solidaridad como espiritualidad, la dimensión contemplativa no me hace salir del cuerpo social, de la historia, sino que tiene una continuidad en la misma realidad y la acción solidaria de esta manera está orientada al fin último y definitivo, es decir, los cielos nuevos y la tierra nueva. La acción creadora de Dios nos convoca a la actividad co-creadora para recrear la historia de acuerdo a su proyecto, su plan de salvación.

3. Somos más los que queremos ser solidarios y vivir como hermanos

En una realidad donde reina el individualismo y el utilitarismo del mercado, aparentemente la solidaridad es una apuesta equivocada. Pues no lo es, porque realmente somos más los que queremos un mundo más humano, donde reine la justicia, la fraternidad, la verdad y la paz. Cosas que no pueden comprarse en el mercado, ni se supone que son el resultado automático de la ley de la oferta y la demanda.

Somos más los que creemos que es posible un mundo de hermanos y hermanas, un mundo solidario, un mundo sin tanta guerra, ni violencia, sin tanta miseria, pobreza o injusticia. Somos más los que queremos una sociedad más equitativa y participativa. Somos más los que creemos en los derechos humanos y la lucha por conservar el medio ambiente, somos más los que creemos en la utopía de la verdad en contra de la mentira, de la esperanza en contra de la desesperanza, del amor en contra del odio. Somos más los que estamos seducidos por la dignidad humana y de la creación entera… Somos más los que creemos en la justicia a pesar de la injusticia. El Papa Francisco dijo una bella expresión de profunda humanidad en su viaje reciente a México, en ciudad Juárez: “Sentí ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido” (http://www.jornada.unam.mx/2016/02/18/politica/002n1pol). Un largo ¡aauuuhhh! Seguido de aplausos acompañó esta frase. El pueblo agradeció con un grito que se oyó hasta el otro lado de la frontera: “¡Se ve, se siente, el Papa está presente!”.

Al igual que el Papa, Rutilio Grande, Mons. Romero, los mártires de la UCA, tantos mártires de El Salvador, cuya inspiración primaria es la luz de Jesucristo crucificado y  resucitado, y al igual que tantos personajes de la historia como Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, la ambientalista indígena Berta Cáceres asesinada en Honduras recientemente, etc., somos más los que queremos sumarnos para ser parte de esta gran caravana de la luz que extirpa la oscuridad de la violencia, de la mentira, de la injusticia, de la miseria, y del mal real en la historia. Somos más los que queremos ser verdaderamente solidarios, es decir, simple y llanamente humanos o bien auténticamente cristianos.

La ambientalista Berta Cáceres hoy brilla más con su luz para conservar la creación que antes, así como brilla más la luz de Rutilio Grande, Mons. Romero, los mártires de El Salvador. Muchos se equivocaron al querer apagar la luz de todos ellos, pero ahora se han convertido en una luz universal para extirpar la oscuridad del mal en la historia. Esta constelación de tantas estrellas se ha convertido ahora en la vía láctea que hace descubrir el camino de la verdad y de la justicia en el mundo y en la historia. Ellos nos han enseñado y nos han dado testimonio de lo que significa poner el corazón e invertir la vida, gastándola por los demás, como auténticos samaritanos. Vivieron en el mundo identificándose con los grandes desafíos de la humanidad, y ahora constituyen una comunidad de solidaridad abierta para el mundo y para todos los que quieren gastar la vida con un verdadero sentido de plena humanidad.

La luz de quienes han sido víctimas de la violencia ahora resplandece y desenmascara a sus victimarios hasta que prevalezca la justicia ahora y también más allá de la historia.

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