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Vida universitaria

Luis Armando González

Afinales de 1982 –según recuerdo—, hice mi examen de ingreso en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA); en enero de 1983 dio inicio el curso de admisión, con una duración de aproximadamente un mes, en el que tendría mi primera experiencia como estudiante universitario. Uno de los platos fuertes de este curso de admisión eran las matemáticas básicas; el otro plato fuerte estaba dedicado a lo que se denominaba “Universidad y Sociedad”, complementado con aspectos relativos técnicas de lectura y elaboración de apuntes y esquemas de clase.   

Esta segunda parte tuvo un impacto decisivo en mi forma de entender y de experimentar, lo cual comenzaba a hacer en ese momento, la vida universitaria. En el curso de admisión, el texto de apoyo se titulaba, precisamente, Universidad y Sociedad, cuyos contenidos sustantivos –densos en lo histórico y en lo teórico— estaban referidos la historia, filosofía y estructura funcional de la UCA. Entendí por qué esta universidad se definía como una “universidad para el cambio social” y también qué significaban sus tres funciones fundamentes: docencia, investigación y proyección social. Lo que estaba escrito en esas páginas lo comencé a vivir desde el momento en que tomé asiento para escuchar las clases de los profesores José Luis Henríquez (Universidad y Sociedad) y Raúl Liborio (Matemáticas).

Me comencé a familiarizar con el ir y venir de estudiantes y profesores en las gradas y pasillos que llevaban (llevan) a las aulas en los edificios A, B y C. Era imposible no percatarse de la actividad interminable en la Biblioteca, de la que me hice un asiduo visitante en mis primeros dos años como alumno. También era notables las actividades culturales –musicales, teatrales, poéticas— que tenían como protagonistas a estudiantes de distintas carreras. En fin, el campus universitario rebosaba de quehaceres que iban más allá de recibir clases, pero que no eran ajenas a la madurez intelectual, cultural y social que se esperaba de un estudiante de la UCA.            

Esta rica vida universitaria estaba complementada por compromisos académicos de la mayor envergadura y de trascendencia socio-política tanto en las sesiones de clase –con profesores que se tomaban su trabajo con la seriedad (sin controles que los obligaran, por ejemplo, a cumplir un determinado horario de entrada y de salida)— como en las tareas de investigación y de proyección social en las que estaban involucrados los mejores cuadros académicos de la UCA. El rigor académico y el compromiso se vivían el campus cotidianamente y toda mi trayectoria formativa y, posteriormente, mi trayectoria como empleado de la UCA estuvieron marcadas por aquéllos.

Hablo de la UCA porque fue su vida universitaria –en los elementos que he destacado y en otros—la que en primera instancia me marcó con los rasgos de un universitario. Pero no fue (ni ha sido) la única institución en dejar huella en forma de ser universitario y mi forma de entender la vida universitaria. Mis años de estudio en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Sede México) enriqueció (creo yo) los dos aspectos señalados arriba. Mis visitas regulares, durante ese tiempo, al Colegio de México, la UNAM y la Universidad Pedagógica (siempre en México) también lo hicieron. Y, en El Salvador, hasta antes de 2020, mis experiencias docentes en la Universidad de El Salvador, la Universidad Gerardo Barrios y la Universidad Don Bosco añadieron elementos de riqueza a mi visión de la vida universitaria.

La conclusión que saco de todas esas experiencias es que la vida universitaria sólo es tal cuando hace posible: a) la transmisión-debate de conocimientos entre alumnos y maestros (docencia); b) la discusión-debate de problemas que se traduzcan en investigaciones sobre distintos ámbitos de la realidad natural o socio-natural; c) la crítica pública y la formación de juicios informados en la sociedad (proyección social); d) la realización de debates internos (foros, conferencias, charlas, etc.) que involucren a académicos y estudiantes (y sectores sociales interesados); e) la publicación académica permanente; f) el intercambio-promoción de actividades culturales en los campus universitarios en los que se promuevan y generen obras y creaciones artísticas; y g) las interacciones, intercambios y relaciones personales (cara a cara) entre los integrantes de las comunidades universitarias.

Estoy convencido que una vida universitaria auténtica involucra aspectos como los anotados (y otros); es decir, que la vida universitaria no puede reducirse a la mera dinámica de clases, misma que, si se fuerzan las cosas, puede reducirse aún más a intercambios virtuales. Es necio defender que esta última reducción no es viable (y necesaria) para determinadas dimensiones de la docencia e incluso para algunas materias y carreras. Pero conducir todas las actividades docentes (todas las carreras, todas las asignaturas y todas las actividades formativas) a lo virtual no parece ser lo más razonable.

Pero volviendo al meollo de lo tratado en estas líneas: la vida universitaria es más amplia que las actividades docentes en el aula, lo cual –lamentablemente—comenzó a imponerse como criterio único (o casi único) del ser universitario en distintos lugares. Las universidades son tales no sólo cuando son el espacio para el desarrollo de clases de primer nivel, sino cuando investigan, publican e inciden en la conciencia colectiva. También lo son cuando se convierten en espacio para el intercambio de opiniones informadas y razonables; y cuando se convierten en espacio para la convivencia social cordial y tolerante. O sea, lo propio de la vida universitaria es ser un foco de civilidad social y cultural. Y, si ese foco se apaga, las sociedades pierden uno de los faros que las orientan para ser mejores.        

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