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Una reflexión sobre lo transcendental

Luis Armando González

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Las expresiones “trascender”, site “trascendente”, “trascendencia” y “trascendental” (o “transdencental”, como decía Xavier Zubiri) tienen sentidos y usos extremadamente variados. No sólo son usadas en diferentes ámbitos y contextos, sino que en cada uno de ellos no significan necesariamente lo mismo. Son expresiones atrapadas en las más diversas connotaciones, lo cual dificulta establecer su mejor (o más adecuado) sentido.

Surgidas de los debates teológicos medievales, esas expresiones ocuparon un lugar en la filosofía (moderna y contemporánea) y se hicieron voces de la calle, del habla común. De tal suerte que lo extraño sería que alguien (ciudadano común, profesional, académico, etc.) no hubiera usado, en algún momento de su vida, al menos una de las expresiones aludidas.

Así, en el habla común (en español), una palabra que suena con frecuencia es “trascendental”, para referirse a algo crucial, extremadamente importante, urgente, imperioso, extraordinario, algo que se prolonga en el tiempo. Por ejemplo, una búsqueda en Internet arroja que para algunas personas son “canciones trascendentales” las de los Beatles “y algo de Michael Jackson”. Otra entrada en Internet se titula “12 noticias trascendentales para Cuba y los cubanos en 2012”. Entre otras noticias “trascendentales”, destacan: “el Papa Benedicto XVI visita Cuba”, “la epidemia del cólera”, “la implementación de nuevas regulaciones aduanales”, “la aprobación de Ley Tributaria” y “el paso devastador del huracán Sandy”. Por último, en otro ejemplo, una persona puede decir a otra: “tengo algo trascendental que decirte: voy a renunciar a mi empleo y me iré para otro país en forma definitiva”.   

Por esos rumbos anda el uso común de la palabra trascendental. Distinto es el uso teológico no sólo de la palabra “trascendental”, sino de las que se derivan de ella. En la Edad Media, se estableció con bastante firmeza –siguiendo la elaboración de San Agustín a propósito de la “Ciudad celestial” y la “Ciudad terrena”— que lo trascendental estaba ubicado en el orden celestial (divino), siendo Dios el ser trascendente en sentido absoluto. Es decir, lo trascendental es lo opuesto –como realidad—  a lo terreno, al aquí y al ahora de los hombres; lo trascendental –lo trascedente— es lo opuesto a lo inmanente.   

Al orden trascendental pertenecen todos los entes que están más allá de lo mundano (Dios y su cortejo de ángeles, arcángeles y querubines). La trascendencia es la cualidad esencial de lo trascendental; pero lo trascendental no es algo fijo, es algo dinámico: es algo que trasciende permanentemente –que toma distancia y niega— lo terrenal; lo trascendental es algo  trascendente, porque está trascendiendo lo terrenal. Así, es normal que en un texto de teología se diga lo siguiente:

“Trascendencia es un término de origen latino que significa «ascender más allá», sobrepasar, exceder los límites. Cuando decimos que Dios es trascendente, nos referimos a que Él está totalmente por encima de todo lo creado. No está sujeto a ningún limitación alguna. Él absolutamente independiente y está más allá de todo lo que existe… En el sentido ontológico, el ser de Dios es completamente distinto a todo otro ser. No hay nada de criatura en el Creador. Es y será siempre «otro» inescrutable. Por lo tanto, epistemológicamente Dios excede también toda nuestra capacidad de conocimiento. Ninguna criatura puede abarcar a Dios con su conocimiento de criatura. Dios es misterio. Él lo sabe todo, nosotros únicamente  podemos saber parte. Dios es totalmente puro, nosotros somos pecadores. Dios solo desea lo justo y bueno; nosotros deseamos con frecuencia lo malo y nuestros afectos son una mezcla de cosas buenas y malas” .

No se trata de debatir sobre el rigor o no de la cita anterior. Es nada más para ilustrar una forma de argumentar usual en el campo teológico-religioso (cristiano). Hay que anotar, asimismo, que en este campo las controversias acerca de la naturaleza de lo trascendental han sido y son abundantes.

Por ejemplo, aunque se acepte que Dios es el ser trascendental por excelencia, siempre ha estado sujeto a discusión –aunque más en la Edad Media que en la época actual—, el tema de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (¿cuál es el carácter trascendente de los dos últimos respecto del primero, si se asume la postura de Santo Tomás de Aquino en el sentido de que “el único Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Padre no procede de nadie, el Hijo procede del Padre (generación), el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (no es generación)” ?).

Como quiera que sea, en los albores de la filosofía moderna el término “trascendental” comenzó a adquirir variantes importantes y ciertamente polémicas. Entre filosofía y teología siempre ha habido una fuerte imbricación. Y la teología medieval estuvo fuertemente influida por el platonismo y el neoplatonismo. La filosofía moderna –que alcanza su esplendor en la filosofía clásica alemana (Kant, Fichte, Schelling  y Hegel)—, aunque está movida por un ímpetu crítico frente al pensamiento teológico predominante, no sólo influye en el mismo y contribuye a su modernización , sino que se vale de algunas categorías conceptuales de la teología y las replantea en otro sentido.

Es el caso de la categoría que nos ocupa. Y aquí es inevitable mencionar a Inmanuel Kant (1724-1804) quien utilizó la expresión “trascendental” para referirse no a lo que está más allá de lo inmanente (terreno), en un ámbito celestial, sino para aludir a lo que está más allá de la experiencia: a lo que no puede ser objeto del conocimiento científico, que se basa en la síntesis entre las categorías a priori del entendimiento y los datos de la experiencia. A la esfera de la trascendente pertenece el noúmeno, la cosa en sí.   

“Llamo transcendental –dice Kant— a todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos, como del modo de conocerlos, en cuanto que este modo es posible a priori”. En ese sentido, Kant inscribe su visión en lo que se conoce como la filosofía de la subjetividad, en el cual el sujeto cognoscente ocupa el lugar central en la realidad. Lo trascendental, como conocimiento del modo en que se conoce, radica en la interioridad subjetiva humana.   

“Kant distingue dos tipos de condiciones que se han de cumplir para que podamos experimentar un objeto: las condiciones empíricas y las condiciones a priori o trascendentales. Las condiciones empíricas dependen de la estructura empírica del sujeto –su circunstancia física y psicológica– y son particulares y contingentes… Frente a estas condiciones Kant creyó que existen otras, a las que llamó trascendentales, y que no dependen de las circunstancias o peculiaridades empíricas del sujeto sino que descansan en la estructura misma de la mente. Estas condiciones son universales y necesarias y no pueden dejar de darse ni modificarse ni con el desarrollo de la técnica ni con el avance de la ciencia. Estas condiciones son las formas a priori de la Sensibilidad y las categorías del Entendimiento” .

Después de Kant, los autores que siguieron usando el término –no todos, incluso algunos lo aborrecieron (como Marx, por ejemplo)— mantuvieron la misma línea de razonamiento. Es decir, no ubicaron lo trascendental en un más allá de lo real (natural y humano), sino en el más acá (en lo inmanente). Uno de los autores que lo hizo de manera sistemática y continuada fue Xavier Zubiri (1898-1883), en libros como El hombre y Dios y El Hombre y la verdad (aunque no sólo en ellos).

Dicho brevemente, para Zubiri lo trascendental –la trascendentalidad— está en la realidad misma, en su estructura, en su esencia, en sus fundamentos. El “de suyo” de la realidad es trascendental. De tal suerte que la inteligencia humana –en sus distintas modalidades: inteligencia sentiente, logos y razón— debe apoderarse de la trascendente no como algo que atrae desde una realidad externa, sino “estando en la realidad”. En Zubiri, el ser humano no puede escapar de la realidad a nivel intelectual, porque sentientemente está atado a ella, impelido por ella a ir hacia su verdad, o sea, hacia sus fundamentos, donde radica lo trascendental último de la realidad. El ser humano –el hombre diría Zubiri— está religado al “poder de lo real”.

Hasta aquí con esta reflexión sobre lo trascendental. ¿Por qué en un espacio de realidad nacional una reflexión como ésta? En lo inmediato sirve de poco. Pero, en el fondo, puede ayudar a estar alertas ante clima de “medievalización” cultural que se va imponiendo en el debate público en nuestro país (y en otros). Como van las cosas, no va a ser raro que las negaciones de lo humano (del cuerpo, principalmente) y la valoración de un orden celestial a la manera medieval se generalicen, dando pie a que lo trascendental–medieval cobre fuerza del lado de los conservadores y neoconservadores en su desprecio a la libertad de elección y de conciencia que tan penosamente se ha conquistado.     

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