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Una juventud que vuelve a las calles: de los liceos franceses a la acampada de Madrid

Por Concepción Burgos|Colaborador.

Mientras Europa debate el crecimiento de la extrema derecha entre los jóvenes, las protestas en Francia y la acampada por la vivienda en España muestran otra cara del descontento de una generación

Durante los últimos años, buena parte del debate político europeo ha estado marcado por el crecimiento de la extrema derecha y, particularmente, por su capacidad para atraer a sectores jóvenes. Elección tras elección aparecen nuevas señales de un desplazamiento hacia posiciones nacionalistas, antiinmigración y autoritarias.

Pero las últimas semanas están mostrando otra imagen de la juventud europea. En Francia, miles de estudiantes han salido a las calles, bloqueado institutos y protagonizado jornadas de protesta por las condiciones de la educación. En España, cientos de tiendas de campaña ocupan nuevamente la Puerta del Sol de Madrid, esta vez alrededor de una cuestión que atraviesa especialmente a las nuevas generaciones: la dificultad creciente para acceder a una vivienda.

Son movimientos distintos, sin una dirección común y nacidos de problemas diferentes. Pero ambos revelan un malestar generacional que no necesariamente está encontrando su expresión política únicamente hacia la derecha.

Francia: de los institutos a una protesta nacional

Las movilizaciones francesas comenzaron a mediados de septiembre en Créteil, en las afueras de París. Entre las principales denuncias estaban la falta de profesores y personal, las aulas saturadas, el deterioro de los edificios escolares y las desigualdades existentes entre los centros educativos.

Lo que parecía inicialmente un conflicto localizado comenzó rápidamente a extenderse. Los estudiantes organizaron huelgas de clases y bloqueos en las entradas de los institutos. Después llegaron movilizaciones en otras ciudades y protestas universitarias. Para comienzos de octubre, más de un millar de liceos habían resultado afectados de alguna manera por las movilizaciones y también se registraban protestas en decenas de centros universitarios.

Las imágenes comenzaron a recorrer Europa: estudiantes concentrados frente a los institutos, barricadas improvisadas, marchas y una fuerte presencia policial. El conflicto, sin embargo, se hizo rápidamente más complejo. En algunas ciudades se produjeron incendios, daños contra edificios y enfrentamientos con la policía. El Gobierno francés sostiene que grupos violentos han aprovechado las movilizaciones estudiantiles para provocar disturbios, mientras participantes del movimiento y sectores políticos de izquierda denuncian una respuesta policial desproporcionada y un intento de criminalizar las protestas.

Miles de personas han sido detenidas desde el comienzo de las movilizaciones, una parte importante de ellas menores de edad, y se han registrado heridos tanto entre manifestantes como entre integrantes de las fuerzas de seguridad. La dimensión alcanzada por el conflicto obligó al Gobierno a celebrar reuniones de crisis.

Pero quizás el elemento que habrá que observar durante los próximos días sea otro: las protestas han comenzado a superar los límites de los institutos. Organizaciones estudiantiles preparan nuevas movilizaciones, mientras sectores docentes y organizaciones sindicales como la CGT han expresado apoyo o convocado acciones relacionadas con el deterioro de los servicios públicos.

Francia conoce históricamente el significado que puede tener el encuentro entre movilización estudiantil y conflicto social. Sería prematuro establecer paralelismos con otros momentos de su historia, pero la evolución de las protestas dependerá en buena medida de si permanecen fundamentalmente dentro de los centros educativos o consiguen conectar con otros sectores de la sociedad francesa.

Madrid: una pequeña ciudad levantada en la Puerta del Sol

Mientras Francia vive bloqueos y enfrentamientos, Madrid presenta una imagen completamente diferente. La Puerta del Sol vuelve a estar ocupada por tiendas de campaña.

La movilización comenzó después del desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que llevaba décadas viviendo en su casa. Su caso provocó protestas y terminó convirtiéndose en símbolo de un problema mucho mayor. Maricarmen consiguió finalmente regresar a su vivienda, pero la acampada permaneció.

Para entonces, quienes habían llegado a la Puerta del Sol ya no estaban hablando únicamente de un desahucio. Hablaban de alquileres, especulación inmobiliaria, fondos de inversión y de las dificultades que encuentran miles de jóvenes y familias para acceder a una vivienda. En pocos días la plaza comenzó a transformarse.

Las tiendas se multiplicaron hasta superar el millar y aparecieron zonas para dormir, espacios de distribución de alimentos, enfermería, asesoramiento jurídico, lugares de reunión y diferentes  comisiones encargadas de organizar la vida cotidiana. Los propios participantes comenzaron incluso a poner nombres a algunos espacios de la acampada. Surgieron lugares como Calle Maricarmen o Plaza de las Precarias.

La comida llega mediante donaciones de vecinos, pequeños comercios y personas solidarias. Hay turnos para limpiar, cocinar y organizar los espacios. Las decisiones importantes se discuten en asamblea. Durante unos días, quienes denuncian no poder acceder a una vivienda han construido una pequeña ciudad improvisada en uno de los lugares más simbólicos de Madrid.

Pero detrás de esa imagen está uno de los problemas sociales más importantes de la España actual. Para una parte creciente de la juventud, tener trabajo ya no garantiza poder abandonar la casa familiar. Los alquileres absorben una proporción cada vez mayor de los ingresos y comprar una vivienda resulta prácticamente imposible para amplios sectores.

Por eso las reivindicaciones de la Puerta del Sol se han ampliado, los participantes reclaman mayores protecciones para los inquilinos, medidas contra los desahucios, regulación de diferentes formas de alquiler y límites a la actividad especulativa de grandes propietarios y fondos inmobiliarios.

La discusión llegó también al Congreso, donde las medidas propuestas por el Gobierno sobre vivienda volvieron a mostrar las dificultades políticas existentes para alcanzar acuerdos. Mientras tanto, la acampada decidió continuar.

Ahora comienza una discusión posiblemen te más importante que la propia permanencia en la plaza: cómo llevar la movilización hacia los barrios y cómo convertir la protesta temporal en una organización capaz de continuar cuando desaparezcan las tiendas de campaña.

Una Europa más contradictoria de lo que parece

Francia y España no viven la misma protesta. En Francia, el detonante está relacionado con las condiciones de la educación y el movimiento ha adquirido un carácter mucho más conflictivo, acompañado de enfrentamientos y una intensa respuesta policial.

En Madrid, la movilización gira alrededor de la vivienda y se desarrolla principalmente mediante una acampada, asambleas y redes de solidaridad. Sin embargo, detrás de ambas aparecen algunas preguntas similares. ¿Por qué estudiar durante años ya no garantiza estabilidad? ¿Por qué tener empleo no garantiza poder pagar una vivienda? ¿Por qué una generación que ha crecido en sociedades más ricas y tecnológicamente más desarrolladas que las de sus padres siente que tendrá mayores dificultades para alcanzar independencia económica?

Estas preguntas aparecen precisamente cuando Europa observa el crecimiento de la extrema derecha entre determinados sectores juveniles. Por eso las imágenes de Francia y Madrid introducen un matiz importante. La juventud europea no se está moviendo en una sola dirección.

Una parte expresa su frustración mediante posiciones nacionalistas, identitarias o antiinmigración. Otra está llevando ese descontento hacia las calles alrededor de problemas concretos como educación, vivienda, salarios o servicios públicos. No sabemos todavía cuánto durarán estas movilizaciones ni qué quedará de ellas.

Las protestas francesas pueden disminuir cuando los institutos recuperen la normalidad. Las tiendas de la Puerta del Sol terminarán siendo desmontadas en algún momento. Como ocurre con cualquier movimiento social, su verdadera dimensión probablemente solo podrá evaluarse después. Pero estas semanas han dejado una imagen que también forma parte de la Europa actual.

Mientras los titulares anuncian el crecimiento de una nueva derecha entre los jóvenes, miles de integrantes de esa misma generación bloquean institutos franceses o duermen en tiendas de campaña en pleno centro de Madrid. No representan necesariamente un proyecto político común ni anuncian por sí solos un cambio de época. Simplemente recuerdan que el descontento juvenil europeo sigue abierto y en disputa. Y quizá esa sea la noticia más importante: la generación que muchos daban por perdida para la tranformación social ha vuelto a ocupar las calles.

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