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lunes , 23 octubre 2017
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Un Sábado después de la guerra

Un Sábado después de la guerra

Tercer capítulo de la novela escrita por Alfonso Velis Yobar para tres mil

Alfonso Velis Tobar
Poeta, no rx investigador y ensayista
M.A Carleton University

Felizmente  Garibaldi  viviendo por aquellos tiempos en el Barrio “El Calvario”, seek   de aquel pueblito enclavado en las montañas, cialis de clima muy frío, un río de vientos templados todo el tiempo. Muy cerca a un lado, la vieja alcaldía, revestida de láminas, donde  cientos y cientos de golondrinas, vienen volando por los cielos,  hacen sus nidos,  pasan volando casi todas las tardes del verano. Esa Alcaldía, que ya ni existe, más que solo en mi imaginación de ayer. En este momento en su mente y recuerda la alta torre de lámina, donde muy pequeño cuántas veces se había subido allá arriba, por las escaleras de madera. Esos grandes galerones como cuesta arriba, para llegar hasta las campanas; y el reloj que se oía  tan sonoras sus  campanadas.  Esa alta torre donde un reloj con números romanos marca la hora de las tres, cuando son casi las seis de la tarde. … Así oía  Garibaldi el repicar loco del tiempo, de aquel reloj que el alcalde, no mandaba nunca a arreglar;  el alcalde era tan negligente, como el reloj mismo del pueblo. Dormido Garibaldi  pensaba que “alcalde más muela”, sirviente y solo baja la cabeza, a todos los ricos de por aquí, que manejan lo como títere, o pájaro bobo. Aquí primero es la “jaylaf”, luego  aquellas campanadas, dándose cuenta de la hora, desde el interior de su casa que se levanta imponente en una esquina, de este barrio El Calvario. Como a una cuadra de la Iglesia Colonial, donde asiste toda la que dice, ser la feligresía católica de este pueblito;  bellísimo por sus parajes montañosos, por sus perennes ventarrones,  como pequeños huracanes, que cierran de ramplón  puertas y ventanas.  Aquel pueblito  de ayer, que por su frescura verde y por ser lugar natal, verde que te quiero  verde,  verde de bosques, colinas y pinares que aunque no son de la gente pobre, si no de los patriarcas del dinero originarios de por aquí. Estos montes revisten de frescura los tiempos de mis octubres  locos, para elevar mis barriletes, desde este patio que mira al cielo,  donde hay clima saludable, acogedores vientos, de los que jamás nos olvidamos; y es de lo que el viento se  llevó con sus demás pesares y recuerdos en la vida que hemos vivido…

Es una casa de calicanto, es decir de anchas y de resistentes paredes de adobe, piedra, paredes bien repelladas, encaladas color blanco, que con el tiempo, parecían grises, por el humo de las casas vecinas. En esta casa abundaban las ventanas, las anchas puertas,  dos balcones altos que daban a la calle principal del barrio, donde veía pasar a las gentes con su cántaro en la cabeza porque venían de la fuente de San Andrés. Pasaban entierros y casamientos, procesiones y leían el bando del pueblo, cantado por Beto Zetino, policía Municipal. Esta casa con persianas de cedro muy eternas, bañadas de un barniz café oscuro, diseñadas por don Miguel Ángel Gallegos, que vive en vista opuesta a su casa.  No era una vivienda muy lujosa que se diga, pero tenía buena apariencia, con su presencia; sola ella, en una esquina, se levantaba, muy imponente, cuando aún, no habían cerrado la calle, para construir la escuelita General “Francisco Menéndez”, ni el kindergarten Nacional; era una gran casona, común, sencilla,  de pueblo, porque en nada,  se parecía tampoco, a las casas de los ricos locales; pero tampoco era, como las tristes viviendas de las familias pobres, que vivían en las casitas más chiquitas, lamentablemente los más pobres, que no tenían viviendas, vivían en los alrededores y tenían que pagar alquiler en los cuartitos de los enormes mesones, de la niña Clarita Rivas, de su querida tía Chabela Castaneda, Don Quile Viafuerte y la niña Chefita Vallejo, caseríos desperdigados, a los alrededores de aquellas casonas de esquina,  de tejas tupidas. No habían cometido la descabellada, la  canallada  idea de cerrar la calle, la cual era muy transitable, por el  público; un alcalde, para colmo del Partido Oficial, siempre eran gobiernos militares y se pasaba la guayaba de uno al otro por esa época. Total que cerraron la casa,  con y o sin el consentimiento de la gente,  ningún acuerdos con don Toño, se dispuso cerrar esa calle,  que daba acceso en dos zancadas  al parquecito, a la Iglesia y a la plaza pública. Además destruyeron la vieja Alcaldía de lamina, de que les contaba hace un rato,  para construirla tras la cúpula de la Iglesia, de la calle central, con la toma de la calle, serviría para construir, los dos centros educativos,  el Grupo Escolar y el Kindergarten. Por tanto la Alcaldía nueva, que mando a construir el gobierno, la movieron más al centro de la calle, pues antes el parque la adornaba, al cerrar la calle, importó poco dejar a escondidas. Aquella hermosa casona de la conocida familia de Garibaldi. Casona, que le robaron, no solamente su apariencia hermosa vista, de imponente esquina.  Sino que robaron también parte de su predio, con el consentimiento tonto de Don Toño, quien a veces, de tan buena gente que era, que se pasaba de muy bueno, con su carismática actitud, “cristiana” diría yo, para que donara hasta su corazón a las campanas. Desde entonces aquella esquina, fue perdiendo, o más bien perdió todo su encanto.  Esquina alegre, que antes se mantenía pero llena de niños,  perdió su magia, con la ausencia de las rondas y de aquella algarabía fragante de niños como encabritados en el campo;  jóvenes locos, sus hermanos,  su camada de amigos del barrio, el Negro Oscar, el primo Ismael – compañeros de escuela y de vagancias y picardías de cipotes- Raúl Melgar, Valentín, Mario Calderón, Orlando Menjivar, con quien siempre andaba Garibaldi dándose verga, peliandose a trompones,  siempre que venía, de San Salvador  de visita a su pueblo.  Pero sus mamas, la niño Fausto Menjivar, habían sido grandes amigas de confianza en su juventud, en la escuelita del pueblo de sus años mozos; en tiempos que dicen, que eran profesoras las famosas profesoras de apellido Posada, de esas profesoras de antes, la niña Evita y la niña Otilia Posada quienes pasaron a mejor vida.  Todo pasaba en aquella casona ¡Que tardes y noches  enteras, gozaban todos muy alegres! se gozaban los habidos  juegos más picarescos, de  la calle entre todos los de la camada, de su barrio querido al más pícaro y jodido, por entonces.

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