(El rigor de PBS, ayer y hoy, frente a los momentos decisivos del país)
Raúl Palacios
Hay momentos en que el periodismo vuelve a mirarse en el espejo y se pregunta por su razón de ser. No por su alcance mediático ni por su capacidad tecnológica, sino por su responsabilidad ética frente a la historia. Uno de esos momentos ha regresado a la conversación pública salvadoreña con la reciente emisión de un documental de PBS, un medio estadounidense cuya tradición investigativa lo ha convertido en referente de rigor y credibilidad.
No es la primera vez que PBS dirige su mirada hacia El Salvador. Y no es la primera vez que lo hace en un momento crítico. Lo digo no solo como periodista, sino como testigo directo de un episodio que marcó la memoria colectiva del país. El 24 de marzo de 1980, mientras era entrevistado por PBS en Los Ángeles, la conversación se interrumpió abruptamente: una llamada telefónica anunciaba el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Minutos después, tres mujeres bajaron de un automóvil llorando y gritando: “¡Han matado a Monseñor Romero!”. Ese instante quedó grabado en mi vida como una herida abierta y como una confirmación del papel que los medios internacionales pueden desempeñar cuando la historia se desborda.
Hoy, más de cuatro décadas después, PBS vuelve a colocar a El Salvador en el centro de un documental que presenta hallazgos, testimonios y documentos sobre la situación política actual del país. No corresponde aquí reproducir sus conclusiones ni emitir juicios personales sobre figuras públicas. Pero sí corresponde subrayar algo esencial: la importancia de que un medio con la trayectoria de PBS dedique tiempo, recursos y metodología a investigar un caso salvadoreño.
En tiempos donde la información circula con velocidad, pero no siempre con veracidad, un documental de PBS representa un ejercicio de periodismo que se toma en serio la verificación, la evidencia y la responsabilidad pública. No actúa a favor ni en contra de nadie. No responde a intereses partidarios. No busca agradar a gobiernos ni complacer a oposiciones. Su único compromiso es con la verdad verificable, con el interés ciudadano y con la obligación ética de documentar aquello que tiene impacto en la vida democrática.
Para El Salvador, esto tiene un significado profundo. Somos un país cuya historia ha sido narrada, distorsionada, silenciada y reinterpretada desde múltiples ángulos. Hemos vivido guerras, dictaduras, transiciones, esperanzas y desencantos. Y en cada etapa, el periodismo ha sido puesto a prueba. A veces ha estado a la altura; otras veces ha sido cómplice del silencio. Por eso, cuando un medio internacional con prestigio decide investigar nuestro presente, no deberíamos verlo como una intromisión, sino como un recordatorio: la democracia necesita ojos que miren, voces que pregunten y manos que documenten.
El documental de PBS no sustituye la labor de los periodistas salvadoreños. Tampoco pretende hacerlo. Pero sí aporta algo que es valioso para cualquier sociedad: una mirada externa, independiente y basada en evidencia. Una mirada que no está condicionada por presiones locales, por temores cotidianos ni por dinámicas internas de poder. Una mirada que permite contrastar, contextualizar y comprender fenómenos que, desde dentro, pueden parecer normales, inevitables o incluso invisibles.
La relevancia de este documental no radica únicamente en su contenido, sino en su método. PBS trabaja con documentos, testimonios, análisis de expertos y verificación cruzada. Su tradición es la de un periodismo que no se conforma con declaraciones oficiales ni con narrativas dominantes. Esa actitud, la de investigar con rigor y publicar con responsabilidad, es un servicio público que trasciende fronteras.
El Salvador ha vivido demasiadas noches oscuras como para permitir que la luz del escrutinio se apague. La memoria de Monseñor Romero, aquel día en que su asesinato interrumpió una entrevista y estremeció al mundo, sigue siendo un llamado a la conciencia. No a la confrontación, sino a la responsabilidad. No al miedo, sino a la verdad.
Por eso, más allá de las conclusiones del documental, lo que debemos valorar es el gesto: un medio internacional que decide mirar hacia nosotros con rigor, con método y con respeto por la evidencia. En un tiempo donde la propaganda se disfraza de información y donde la opinión se confunde con verdad, ese gesto es un acto de servicio público.
El periodismo serio no salva países. Pero sí puede evitar que se pierdan. Y en ese esfuerzo, toda mirada honesta, venga de donde venga, es necesaria.
“Y PBS no está acusando a Nayib Bukele en su gestión presidencial, sino exponiendo una realidad que la prensa alineada con el gobierno ha preferido ocultar, salvo los medios que el propio documental menciona como fuentes.”
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