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Todavía tengo una utopía bajo la almohada (2)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Y para evadir esa hojarasca de ilusiones y desengaños, que paradójicamente, están en grosero concubinato, mientras tomadas de las manos flotan en las coyunturas, hay algo que debe decirse sin reparo, algo que espera audiencia, con paciencia, en el estrechísimo pasillo que lleva al palacio popular de la justicia social que, por cuestiones tácticas e ideológicas, ha sido construido en la última morada de Eurídice: la lucha en el inframundo de los valores sociales por construir una nueva lógica política debe tener como referentes la dignidad ciudadana y la disciplina de clase. Así de simple. La ilusión y la indignación deben traducirse en una protesta creativa y multitudinaria que no cometa el pecado capital de mutar en violencia física o verbal –al extremo de las injurias más barrocas- contra quienes, siendo pueblo, no comparten las mismas ideas ni tienen la misma historia de lucha con sus respectivas y detalladas paranoias, las cuales pueden ser tan furiosas como indiscriminadas.

Una vez y otra vez más –y todas las veces que sean necesarias, como si se fuese el nuevo Prometeo o el Sísifo tropical- hay que buscar escalar los soberbios volcanes de la “otra resistencia popular”, usando la masa crítica de los cuerpos-sentimientos como un todo prendido del alma, ese milenario y aleccionador concepto de algo que, sin existir, es poderosamente simbólico e innegablemente real, ya que modifica el comportamiento personal y colectivo. Esa otra resistencia popular tan fascinante como esperanzadora (que muchos ven como “sospechosa” porque no comprenden la fase originaria de todos los movimientos sociales destinados a ser revolucionarios, en el corto o mediano plazo) que ha envuelto a la comunidad de los hastiados con el bipartidismo -que junta a los pobres y empobrecidos con los apenas menos pobres y con los que se sienten o saben excluidos- no debe llevar a la que llamo “maldición del ladino” (desconfiar de los semejantes y atacarlos de forma despiadada), ya que la tarea organizativa y de construcción de la conciencia social es hacerles comprender que su destino esta atado al de los que ven como “los otros”. Y es que el camino de la refundación del país no se puede transitar “solos” (ni es propiedad de ningún partido político en particular), ya que la libertad y dignidad de unos solo tiene validez en la libertad y dignidad de los otros.

La pregunta casi retórica –que surge al reflejo debido a las muchas décadas de demagogia, desencantos y desilusiones que deberían tener al pueblo en un estado de total postración- es: ¿cuál es la meta de quienes han decidido buscar otro camino? La meta es declararse en rebeldía permanente y no volver a aceptar pírricas migajas ni de democracia ni de sociedad; es mantener izadas las mil reivindicaciones, en tanto los trashumantes del salario empapados de sudor por las interminables jornadas de trabajo, no puedan tener en propiedad absoluta, una casa digna. La rebeldía y la resistencia popular estarán intactas mientras la única movilidad social que conozca el pobre sea la descendente: del lote rural al mesón; del mesón al dormitorio público; del dormitorio público a la calle; de la calle a la fosa común. Esa nueva forma de resistencia popular seguirá firme si a nuestros hijos les siguen robando la infancia, y a nosotros las papeletas de votación y los impuestos, tanto en la tierra como en el cielo. Llegados a este punto de la historia política del país, creo que es el momento oportuno para abrir la fase de la insatisfacción social, una insatisfacción que no claudique ni se prostituya, debido a que no podemos estar satisfechos hasta que la justicia social, la recompensación económica y la dignidad cultural nos lluevan a cantaradas hasta que el desierto de la pobreza se convierta en una tierra fértil que impida la repetición del hambre.

A la sociología crítica le compete recorrer las calles, los cerros y los valles para apropiarse del imaginario colectivo y descubrir, o decodificar, las motivaciones que están ocultas en la acción social que ha llegado al borde del hartazgo político. No olvidemos que la inmensa mayoría de los que tomaron la decisión de cambiar las cosas y la lógica política en las urnas –para bien o para mal, eso lo dirá el tiempo- recorrieron grandes pruebas del espíritu y densas torturas del estómago. Muchos de ellos apenas acababan de salir de la cárcel clandestina de las ilusiones utópicas de las cuatro últimas décadas, ese lugar sin coordenadas ni barrotes tangibles que, paradójicamente, puede ser el más cruel de todos, porque el preso es a la vez el carcelero, y el juzgado es al mismo tiempo el juez. Muchos de ellos peregrinaron desde territorios donde su búsqueda de una vida digna los ha dejado ahogados en las correntadas caudalosas de la represión y fulminados por los rayos de la ferocidad de la pobreza crónica.

Todas esas personas que con certeza e incertidumbre cual dos caras de la misma moneda, se movilizaron día y noche para tratar de cambiar las cosas a su manera, son los veteranos de la guerra del sufrimiento, veteranos sin pensión por reclamar. Luego volvieron a sus lugares de origen con la ilusión de que, aunque sea a pausas, su situación va a cambiar, pero saben que deben evadir el pantano de la impaciencia. Por tal razón me atrevo a confesar que todavía tengo una utopía bajo la almohada.

Ese fetiche de mis fetiches es mi sueño salvadoreño. Tengo bajo la almohada la utopía de que un día mi país le hará honor a eso de que es “la tierra que nos sustenta, la familia que amamos y la libertad que nos defiende”. Tengo la utopía de que el pobre y la comida serán capaces de sentarse juntos en la mesa. Esa utopía es posible porque aún es posible la esperanza. Y si El Salvador será salvado para convertirse en una gran nación, esa debe ser una misión que debe cumplirla el pueblo por sí mismo.

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