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“Tentaciones y estropicios” historia, memoria y literatura

 

Tania Bello Regalado,

Colaboradora

 

Lo primero que noté al leer Tentaciones y Estropicios fue que la arquitectura diseñada en los personajes y sus historias, es el producto de una relación íntima y cálida entre el autor, Carlos Henríquez Consalvi, Santiago, y el texto literario. Esta relación nos es sustancialmente indescifrable para quien lo lee, porque nunca sabremos, al menos con la misma claridad de Santiago, cómo le fueron revelados estos nueve relatos. Probablemente esta revelación se dio en los sueños diurnos del quehacer cotidiano, esos sueños, que despierto, Santiago tuvo al hojear los archivos documentales que en distintas etapas de su vida llegaron a sus manos. O también pudo suceder en un día de absoluta lucidez o en una noche de absoluto insomnio cuando Santiago hacía un repaso en la dimensión desconocida de sus recuerdos y fantasías más preciadas.

Quiero decir que este libro es, en primer lugar, un viaje por la historia y los recuerdos que se confunden con los sueños y, en segundo lugar, un testimonio de las revelaciones literarias que complementan a esa historia y a esos recuerdos.

La parte histórica del viaje inicia con el relato “La muerte los miraba desde el mar”, un retrato de la tragedia tropical que parte de lo ordinario a lo extraordinario y nos demuestra cómo un hecho aparentemente insignificante puede provocar grandes calamidades. Luego pasamos por “Tentaciones y estropicios” que juega, astutamente, con la dialéctica del determinismo divino y el pecado que es practicado sin remordimientos. Un tercer relato es “La pluma sobre el colchón”, narración sobre un crimen insólito que representa que la justicia, aparte de ser ciega, es también muda y sorda según la conveniencia de los poderosos. Y esta primera parada histórica termina con “El clavo de llamarse Miguel”, en donde Santiago toma la voz de Miguel Mármol a través de Roque Dalton para que consideremos como, en algunas ocasiones, son las circunstancias las que hacen al revolucionario y no viceversa.

La segunda parte del viaje parece ser una amalgama literaria que explora la ciencia ficción y la fantasía con relatos como “El día que desapareció Notre Dame” en el que saboreamos la lengua francesa, así como el titulado, “Los gnomos de Herguijuela”, caracterizado por expresar una dulzura muy palpable que causa nostalgia por revivir un recuerdo tiernamente atesorado. Casi terminando el recorrido, se encuentra el texto “Vadre retro Satanás” que, aunque es introducido con una expresión del latín medieval, nos transporta a los olores y albores del sur de Latinoamérica; mientras que “El aparecido” nos recuerda que las más grandes personalidades literarias son fantasmas del pasado que inspiran el presente y moldean nuestro futuro. Finalmente, llegando a nuestro destino, el último relato “La Leyenda del Chongue” demuestra con naturalidad la belleza de la inocencia, que es casi ingenuidad, de la tradición oral salvadoreña.

Si bien los archivos históricos fueron una fuente importante de inspiración para esta obra, la imaginación literaria hace de las suyas, es la gran victoriosa: crea diálogos, dota de vida a personajes, embellece paisajes y colorea una historia que fácilmente podría ser simplemente gris.

Y esto nos obliga a dejar de lado, al menos por un momento, el puritanismo histórico. No es ilegítimo que en el mundo literario creemos nuestra propia versión de la historia con el fin de reanimarla y realzarla, tal y como lo hizo Santiago en su libro. Es un placer culposo querer aceptar las narraciones basadas en hechos históricos como las certeras: nos provocan un sinfín de sensaciones, constituyen parte del ideal de la belleza y la tragedia poética; y nos hacen apreciar todavía más la literatura como una de las expresiones artísticas más sublimes.

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