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Tekwani Tet Lingüística — Poética — Hermenéutica

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, view  

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Desde Comala siempre…

 

I.  4.  Texto en español

La piedra que come gente/La piedra carnívora/El jaguar petrificado (0)

Aquí vienen Uds. (1)

Y/con (nosotros que) te traemos estas flores, (2)

para que te/le rebaje la cólera (3)

pasamos por aquí. (4)

(ojalá) que no me asuste(s), piedrita/honorable piedra; (5)

ahora ya me voy/ahora ya me voy de aquí, (6)

aquí se-te queda(s) con Nuestro Señor/se-te quedas con Nuestro Señor. (7)

Notas:  tecuanitet “piedra que come gente” < te-kwa-ni “el/la que come gente, devorador(a); carnívoro/a” + tet “piedra”, la cual apaciguan con flores.  Está hacia la salida de Nahuizalco en “Teshícal”, Texical.  Dicen que habla y que principalmente come niños.  No la han quitado porque le “puede sobrevenir un castigo al pueblo”.  La utilizan como altar al cual, los lunes y jueves, los nahuizalqueños enfrentan con gritos, lanzas y machetes (Baratta, 272).  Te/le refiere el uso informal o formal que sólo aclara quizás el diminutivo en el renglón (5), en su interpretación reverencial).  Mah-mawi, “tener miedo (Campbell, 330).

II.  Versión poética

El pedrusco alega.  “Así que los humanos se arrogan el derecho de hablar de la realidad y se llaman realistas”.  Nadie piensa en el sueño de las piedras, reflexiono.  Nadie imita su dureza y duración sin palabras.  Nadie produce frutos como el guayabo, a colores distintos, rosado, blanco, amarillo.  A formas variadas, redondo o perulero.  Ni crea flores aromáticas como el limonero y el naranjo.  Tampoco los humanos rotan por siglos como los astros.  Ni provocan la luz del sol ni la sombra de la luna.  “Pero se creen superiores por organizar guerras justas y destruirse.  Ungidos por el destino a destruir el medio ambiente.  A volvernos polvo por el sacrificio diario que llaman alimento”.  “Admito que entre nosotras hay quienes exigen recompensa.  Mira a tu izquierda.  Se llama Tecuanitet, la piedra (tet) que come (cua) humanos (te)”.  Es una fiera, noto, un jaguar (tecuani) petrificado (tet), me digo.  “En ella se retribuye el malestar que le causan a la tierra.  A Tonantzin, a Nuestra Madre a quien nadie recuerda”.  “Lee en mi tersura de piedra la muerte que te auguran los Dioses.  Luego que te devore la piedra en jaguar”.

III.  Lingüística

Se anota la distinción tipológica radical del náhuat-pipil y el castellano.  El título esboza dos diferencias esenciales: aposición y nominalización de oraciones completas.  Por aposición se entiende que dos palabras tekwani tet —jaguar piedra— se relacionen sin subordinación como sucede en inglés: a rock jaguar.  En castellano se necesita establecer una correlación entre ambos sustantivos o usar un adjetivo: piedra de/en jaguar; jaguar petrificado, viceversa, piedra carnívora.

La traducción se complica al advertir que la primera palabra se compone de tres unidades: te-, kwa y –ni: índice personal de complemento directo, raíz del verbo “comer” y sufijo agentivo.  Pese a la aliteración castellana se glosaría “el actor/agente que come gente”.  En castellano no existen índices pronominales sino pronombres independientes nominativos (yo…) y clíticos acusativos y dativos (me…) que se caracterizan por su movilidad y por ser palabras separadas.   En cambio, en el náhuat-pipil los índices son prefijos y, para el caso del te- —objeto indefinido de persona—, y el de su antónimo ta- —objeto indefinido de cosa—se forman oraciones completas al preceder a la raíz verbal desnuda, sin terminación flexional: ø-te-kwa, “come gente”, ø-ta-kwa, “come algo”, donde el prefijo nominativo cero (ø-) marca la tercera persona singular que podría sustituirse por ni-, “yo”, u otra.

No sólo estos casos gramaticales por índices clasifican al náhuat-pipil como lengua a marcación en el centro rector —en el ejemplo citado, en el verbo.  Además, esos índices apuntados —los de objeto indefinido— se conservan al nominalizar esa palabra que resulta de una verdadera oración.  Por ello, si el castellano obligaría a eliminarlos, “el comedor de gente; el carnívoro”, el náhuat-pipil los conserva: te-kwa-ni.  Se llama “principio descriptivo” esta tercera característica —junto a la aposición nominal y la marcación en el centro rector— que en su conjunto establecen una diferencia tipológica tajante con el castellano.  En breve, las oposiciones gramaticales serían: aposición vs. subordinación (1); índices obligatorios vs. flexión (2); nombrar por descripción vs. nombrar por rótulo (3).

El segundo rasgo tipológico —índices obligatorios— lo reiteran los verbos en los versos (1) y (2): ante-wits-et, “uds.-venir-plural”; tite-wiika-t, “nosotros-venir-plural.  Los índices anti/e- y titi/e- parecerían anómalos, ya que la forma esperada sería an- y ti-, tal cual lo confirma el renglón (4): ti-panu-t, “nosotros-pasar-plural”.  Luego de an- y ti-, la presencia de ti/e- le otorga su carácter insólito en la gramática, pues sería difícil interpretarlo como índice de complemento, tal cual el que antecede a kwa, “comer”.  La terminación de ambos verbos anota que existe un plural genérico para la primera y tercera persona: -t.

El verso (2) tite-wiika-t ini mu-xuchit, “te traemos estas flores”, establece una manera peculiar de referir el complemento indirecto.  En vez de marcarlo en el verbo con un índice dativo, lo explicita el posesivo mu- ante el complemento directo: “traemos estas tus flores” (nótese la falta de un prefijo direccional, -al-wiika, “hacia aquí-tomar”, y de separar ti-te-wiika-t la oración completa diría “a gente traemos estas tus flores; te traemos gente (y) estas flores”, interpretación imposible para el intransitivo wits, “venir”).

Además, la expresión imperativa difiere también de la castellana.  No la marca una flexión verbal sino un nuevo índice en prefijo, xi-, en los versículos (3) y (4).  Esta obligación la completa la partícula ma en (5), la cual añade una modalidad subjuntiva de ruego, consejo o exhortación.  En ese mismo renglón (5), el verbo maw-ti se deriva de la raíz “miedo/temor” y el sufijo causativo –ti, “miedo/tremor-causar”, idéntico al que cambia el sentido del intransitivo miki, “morir”, al verbo transitivo, mik-tia, “matar; morir-causar”.  Ese versículo (5) aclara el referente directo del rezo — tet-chin— cuya terminación diminutiva connota tanto su tamaño como, más seguramente, un reverencial, reemplazando la oposición Ud.-tú del castellano.

De nuevo, se anota un cuarteto de rasgos tipológicos del náhuat-pipil, inexistentes en castellano: marcación dativa en el posesivo (facultativa quizás); índice imperativo y partícula subjuntiva; sufijo causativo y diminutivo-reverencial.  Por último, se anota la presencia de dos nombre relacionales wan, “y/con; compañía”, y pal, “beneficio”.  Tal categoría gramatical reemplaza las preposiciones castellanas y, en el primer caso, también la conjunción.

En síntesis, ocho rasgos gramaticales —inexistentes en castellano— definen la tipología lingüística del náhuat-pipil.  Recapitulando, estos atributos son: aposición (1); índices obligatorios en el centro rector (2); nombrar por descripción y oraciones completas nominalizadas (3); marcación dativa en el posesivo (4); índice imperativo y partícula subjuntiva (5); sufijo causativo (6), sufijo diminutivo-reverencial (7) y nombres relacionales (8).  Obviamente, existen distinciones gramaticales aún más tajantes.  Empero, en ese breve texto “La piedra carnívora” estas ocho cualidades separan la gramática náhuat-pipil de la castellana, a la cual se asimila por traducción traidora, es decir, por hegemonía cultural.

IV.  Hermenéutica 

En el Libro I:1.10 de la Política de Aristóteles (http://remacle.org/bloodwolf/philosophes/Aristote/politique1.htm), se establece un presunto postulado universal, quizás en Occidente.  Existe una ruptura categórica del sonido o voz (phone) animal (zoos) a la lengua humana (logos) la que funda el ente social (politikon).  La cuestión se complica al considerar que esa agregado superior, el estado, se localiza en un entorno natural específico que la política aristotélica deja sin comentar, ante todo si la asociación política se restringe a la ciudad griega (polis).

Podría suponerse que la triple supremacía masculina —la del hombre sobre la mujer, la del padre sobre los hijos y la del amo sobre los esclavos (I:1.5-6)— implicaría una hegemonía similar del hombre hacia el medio ambiente.  Empero, tal digresión no la justificaría el texto aristotélico de inmediato, salvo al afirmar lo natural del mando y de la obediencia por jerarquía (I:1.4-5).  Acaso este escalafón se proyectaría a la relación del humano con la fauna, la flora y la geografía.

Empero, la presencia de una piedra carnívora cuestiona el carácter inerte que le atribuye la sociedad humana, al alimentarse de igual manera que un ente biológico depredador.  Ne Taltikpak —la Tierra misma— se alimenta de compuestos vivos que la nutren a diario.  La línea divisoria se opaca entre lo orgánico y lo inorgánico, hasta que la piedra misma adquiere el derecho a la palabra.  Citando otro mito, nexti taketsa profiere una oración enigmática ya que a una sustancia inerte se le atribuye el habla: “la ceniza habla”.  Taketsa, el habla deriva del erigirse (ketsa), acaso por el acto mismo de levantarse en existencia.

Por episteme náhuat-pipil, quizás todo objeto se dota de un logos que anuncia su calidad propia de estar-en-el-mundo.   En este mundo, la absorción de energía —el carácter depredador— define la condición natural del ente.  Según el ciclo biológico elemental, la tierra, lluvia y astros alimentan la flora.  Las plantas nutren los animales, quienes sustentan al humano.  Para clausurar el lapso, el deber social responsabiliza al último eslabón de abonar el cosmos —verdadera ofrenda religiosa— que enriquece o arruina la Tierra.  Así concluye el ciclo nutritivo que liga al ente político con el mundo, con el espacio-tiempo-energía que lo sustenta.

La piedra carnívora ejemplifica uno de esos múltiples seres naturales que exigen la reciprocidad humana de prodigarles un alimento semejante al que la naturaleza les brinda en demasía.  El temor pétreo que genera equivaldría al acto depredador que la sociedad humana le impone a lo natural al extraer materias primas para su consumo diario.  En un mundo vivo y sensible, no solo la Tierra aterra, sino la acción social acomete el mismo acto de terror, al comer, sembrar, construir, ya que la cultura transforma lo natural al destruirlo.  Al cabo, la piedra depredadora —viceversa, el jaguar petrificado— representa el símbolo patente de un imperativo categórico intangible: le reciprocidad en la physis.

V.  Coda

El hilo conductor del ensayo propone que no existe un enfoque único a la lengua.  Ni la lingüística, la poesía, la exégesis, etc. agotan su contenido.  En cambio, se necesita un enfoque múltiple que jamás agotará el fenómeno, se le llame comunicación uniforme (yo = tú) o performativo autoritario (yo > tú), ciencia o política.  A manera de diálogo, la propuesta combina el rescate etnohistórico del archivo, el análisis gramatical, la recreación poética subjetiva y la interpretación hermenéutica.

Si la lingüística definiera la lengua, viviríamos en un encierro de sonidos y de reglas gramaticales sin un mundo ajeno a la palabra; de negar su estudio formal, este artículo no se publicaría en ningún medio digital.  Si la poética definiera la lengua, la subjetividad bastaría para definir ambos universos, el lingüístico, el de palabras, y el concreto, el de hechos; de negarla, no habría libre arbitro personal ni sensibilidad.  La interpretación presupone esa doble arista —gramatical y subjetiva; competencia rígida y performancia libre— sin reducirla a ninguno de esos niveles.

En cambio, es necesario transitar hacia un ángulo de mira distinto, donde el texto relate su trasfondo mito-poético: su cosmovisión.  En ese arraigo a lo real, la cultura acepta que su ser político convive con el entorno, un ente vivo y palpitante que lo sustenta.  Tal sería el primer paso hacia una hermenéutica que englobe los diversos niveles de análisis, sin desdeñarlos ni reducirse a ellos.  Por último, es obvio que faltaría el trabajo de campo que establezca la presencia viva de la piedra carnívora, al igual que los rezos actuales que derivan del archivo estudiado.  Se trata de un quehacer más arduo que la búsqueda de un patrimonio material que a menudo opaca lo intangible.  ¿Qué sería de la piedra carnívora/jaguar petrificado si su logos no lo articulara el náhuat-pipil?  Lo mismo que le sucede a la memoria presente sin archivo…

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