CLARABOYA
Álvaro Darío Lara
Aparecimos como república independiente, luego del fracaso del sueño unionista, gracias a un incuestionable arrojo de las élites económicas y políticas de mediados de ese convulso siglo XIX. Ya que si algo podemos afirmar es el indómito coraje que impulsó a esos sectores para crear un nuevo país, con tan estrecho territorio y posibilidades.
En contadas ocasiones, hemos tenido discusiones serias y fundamentadas sobre el proceso de independencia y lo que vino después. La mayoría de nuestra educación cívica ha descansado en un libreto casi invariable de héroes y leyendas. Sin embargo, con el aparecimiento, en nuestra vida cultural, de los estudios superiores de Historia y de otras ciencias afines este panorama ha experimentado cambios prometedores.
Dejando lo estrictamente académico y yendo a la escena del quehacer nacional, lejos, muy lejos, estamos para que reine la sabiduría política entre nosotros, y esto es dolorosísimo, para una sociedad que a través del tiempo ha sufrido tanto y para quienes han tratado de promover, en diversos momentos, la dignidad, la honradez, el respeto al estado de derecho y al llamado orden constitucional.
Pero, evidentemente, este mal no es nuevo. Ya los mayores nos dejaron constancia de los pecados de algunos hijos de esta República, afincada en el corazón del trópico.
Yendo entonces, a la pluma elegante y castiza del humorista salvadoreño don José María Peralta Lagos (1873-1944), encontramos en su libro “Burla Burlando” (1923), un retrato a propósito del primer centenario (que sí dejó por lo menos algunos monumentos) del patriótico grito, y en general, de los avatares de la independencia, veamos: “¿Fue un error nuestra independencia? ¿Fue un acierto de nuestros próceres? No lo sé; pero estoy seguro de que, si ellos resucitaran, llenos de vergüenza nos escupirían a la cara. En Colombia, todavía en vida del Libertador, se cantaba esta copla: `Bolívar tumbó a los godos; /Y desde ese aciago día, / Por un tirano que había, /Se han vuelto tiranos todos´. ¡Y es que nada hay que deprima tanto la dignidad humana, como la tiranía de un hombre!… Cien años son suficientes para juzgar de las aptitudes de un pueblo para gobernarse dignamente. Durante un siglo de vida seudo-libre, hemos probado hasta la saciedad nuestra ineptitud para la vida ciudadana, con nuestro desconocimiento del Derecho, con nuestro horror a la Justicia, y el desprecio de todas las conveniencias. ¿Podrá esperarse algo bueno de nosotros? ¿Sabremos aprovechar tan triste experiencia? ¿Tendremos conciencia del peligro que supone la continuación de semejante estado de cosas? ¡Quién sabe! ¡Lo dudo mucho y quiera Dios que me equivoque! Que la parte consciente de la sociedad lo siente y desea un cambio es un hecho innegable y consolador, que no otra cosa significa el actual movimiento unionista. Porque la unión es nuestra última esperanza, la última carta”.
Asimismo, en su artículo festivo “Nuestro Baobab”, del libro de marras, refiriéndose al arbolito que “nuestros buenos padres” plantaron aquel 15 de septiembre, dice Peralta Lagos: “¿Pero cómo sembrarían los próceres el dichoso arbolito, que no ha prosperado? ¿Qué clase de tierra escogerían? ¿Qué especie o variedad elegirían que tan pequeño se ha quedado, tan chiquitín que cupo en una maceta?”.
De los abonos urgentes los más doctos y nobles tienen conciencia, falta que los más, aviven el seso. ¡Qué los dioses nos ayuden encontrar el camino, la fórmula, para que el arbolito se alce sobre la justicia y la libertad! ¿No es cierto, estimados amigos? Ojalá.
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