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Sí, somos terroristas

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Sí, lo acepto, esta sigue siendo mi patria aunque yo no tenga patrimonio: millones de hombres sudados sin desodorante; un hervidero fascinante de mujeres que sí saben de dónde proviene el agua que beben para lavarse desde adentro los pecados. Sí, lo confieso (con las manos cruzadas en la nuca y ante los testigos inapelables del combate urbano que pone a orinar sólido a los ladrones públicos; lo confieso ante la patética mayoría legislativa que, por falta de instrucción notoria y atrofia en el músculo del sentido común, no distingue entre un codo sucio y un culo constitucionalista mal lavado que, con mirada canina, nos imputa y amenaza con detención provisional mientras se investigan los hechos delictivos del pueblo): somos terroristas porque en un país que no es apto para la vida es la única opción que tenemos.

Sí, herrumbrosos títeres de la burguesía, somos terroristas porque luchamos codo a codo con el pueblo para impedir que nos roben el agua limpia quienes, hace décadas, nos robaron la sangre cuyo color rojo jamás se olvida cuando la lavaron a plena luz del día con las tísicas mangueras de los bomberos castrenses que borraban la evidencia de masacres feroces. Sí, ignorantes pregoneros de la miseria purulenta del alma de capital variable; sí, diputaditos demagogos que leen discursos que engañan al pueblo; sí, ladrones asalariados que hacen de la bandera patria una colcha para encerrar sus letales flatulencias… somos terroristas porque dinamitamos los bunkers de la sed capitalista con la pólvora seca del coraje colectivo; porque apedreamos las ventanas sin rostro de quienes han convertido el país en un nauseabundo mercado de baratijas tan desechables como la conciencia del pecado pecuniario.

Yo denuncio, yo grito, yo veo, yo huelo, yo lucho junto a millones de militantes de la utopía que sembrarán el terror en: las mesas sin sal de los pobres; los cerros sin ejidos que huelen a bombas de destrucción masiva y cianuro; los hospitales sin medicinas ni médicos honestos; las casas de empeño donde el mínimo salario mínimo toma un poco de fuerza. Sí, lo confieso ante el juez de la tuberculosa causa de los impunes ricos; lo confieso con la mano izquierda en los huevos y la derecha en la conciencia: somos terroristas, porque derribamos con libros piroclásticos los semáforos donde pernoctan los niños y, con los escombros, levantamos escuelas para darle paso a la luz verde de las ideas que giran en silencio; somos terroristas porque le robamos una tortilla a quienes nos han robaron todas las cosechas de maíz desde los tiempos en que nos hicieron adorar un dios nuevo que no habla nuestro idioma y, para terminar de joder, toma Coca Cola.

Y a nosotros nos llaman terroristas y nos echan el agua bendita del gas pimienta para que se nos salga del pecho el indomable demonio de la justicia que nos hace inmunes al paludismo y al conformismo; y nos persignan a patadas para que, por la señal de la santa cruz de los nazis criollos, seamos cristianos resignados al robo de los embusteros filibusteros que se quedan con la carne y la leche espesa. Sí, somos terroristas, cabrones; sí, somos terroristas, patrones de lo ajeno, porque en camisa rompida le expropiamos las calles a quienes, con decretos amañados y ejércitos rabiosos, nos expropiaron el país completo con el tétrico beneplácito de los historiadores oficialistas; porque con botellas vacías les quebramos los vidrios a quienes nos quebraron el alma un 30 de julio; porque no nos ponemos de pie para cantar el himno que celebra las iluminadas noches de Washington y el muro anti-inmigrantes; porque usamos el gas pimienta como enjuague bucal para que la denuncia no tenga el mal aliento de los cobardes oportunistas; porque le colgamos mantas en las rejas a quienes colgaron las cabezas de los subversivos de barro en la entrada de los pueblos; porque hacemos que el volcán de Fuego entre en erupción para anunciar que este pueblo no se dejará arrebatar el agua; porque los estudiantes les gritan “hijos de puta” a quienes hicieron de la política, un burdel, y de la ideología, una Celestina en chancletas.

Sí, lo acepto ante cualquier inepto que nos reprima… este sigue siendo mi país: en la vecindad donde juego a la ruleta rusa con los tiempos de comida, un puro de marihuana imperando en el imaginario de quienes no tienen fuerza para imaginar el futuro. Dominando el paisaje de mi ventana: una torre de apartamentos de treinta pisos que demuestra que para los ricos la balanza comercial siempre es favorable y que su crédito está gordo y sin problemas de colesterol. Sí, lo confieso con la artritis de mi analfabetismo, somos terroristas porque hemos decidido usar las 283 mil palabras que existen para cantarle a la patria nueva que se niega a nacer muerta en el tugurio que colinda con las mansiones; porque le ponemos una barricada incendiaria a la injusticia sifilítica de la plusvalía que carcome las entrañas de las maquilas y la plaza Libertad donde los desempleados juegan al trabajo y a la casita sin hipoteca; porque quemamos llantas en el salón azul para desvanecer el semen amargo que les da la vida a los indoctos que no entienden que el agua es nuestra.

En la marcha contra la democratización de la sed: un mar agitado de consignas juveniles que no olvidan la lucha de sus padres. Sí, somos terroristas, porque hemos recuperado el turno del ofendido y si nos lanzan gases pimienta les devolveremos la nube piroclástica de la dignidad; si nos sacan una pistola cobarde, les sacaremos un cañón de consignas imbatibles.

Anoche oí decir a un asalariado de la ANEP -uno de esos expertos en redactar decretos expropiadores- que la empresa privada solo quiere hacer más eficiente el servicio de agua en favor del pueblo, que no se van a lucrar del agua, que con los empresarios del agua seguiremos siendo un pueblo feliz que canta y se baña a diario. Eso sería como poner a un lobo hambriento a pastorear ovejas. Y lo oí preguntar con cinismo ¿cómo se privatiza el mar y el subsuelo? Y si le hemos de creer a su burda ironía, entonces nos iremos a bañar en las playas que besan a los ranchos de lujo; exigiremos que el oro que se extrae de las minas sea repartido entre todos nosotros.

Sí, somos terroristas, porque exigiremos que el tacuacín que nos quiere robar el agua sea declarado hijo espurio de la universidad… y quemaremos su título.

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