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Santos y bohemios

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

No sé quién me metió la idea de que la bohemia era el único camino del literato. Sin embargo, quien lo dijo en algo no se equivocó. El literato necesita vivir para escribir y es en la bohemia y la libertad donde puede encontrarse a sí mismo. Vivir entendido no como el verbo llano que conocemos de vegetar por la vida, sino vivir como experimentar, tener vivencias como por ejemplo para describir una calle que hemos transitado, en donde dimos nuestros pasos y escuchamos el sonido de nuestros tacones golpeando el pavimento para levantar polvo o escuchar el crujir de las hojas secas que inundan la acera. Así como tener el tino para enmarcar la emoción que tuvimos al caminar o que nos evoca al ver ese lugar desde lejos.

Mis primeras aventuras por la bohemia literaria fueron gracias a algunos escritores, donde Carlos Santos tiene un rol protagónico. Vivía cerca de mi casa y lo veía pasar con su ondulante y abundante cabellera que parecía brincar sobre sus hombros cubiertos por camisas cuadriculadas de mangas largas que abotonaba hasta la mitad de su pecho. Iba en la acera que estaba frente a mi puerta, caminando a toda velocidad.

Un par de veces nos cruzamos la vista sin conocerlo. Él se percataba de mi mirada y me veía de reojo al alejarse. Lo percibía joven, o mejor dicho juvenil. No me resultaba común un tipo mayor con las “grebas” largas,  combinación que le daba un aire de ser alguien de libros y a la vez una estrella de rock. A pesar de que lo vi incontables veces sobre la Avenida Izalco, no había hablado con él. Algo que al final se rompió gracias a la casualidad.

Con el conjunto de artistas jóvenes que frecuentaba, teníamos la temeraria empresa de formar un grupo de teatro. No sabíamos cómo ni qué hacer, así que al principio nos reuníamos para arrojar humo y hablar carburo para hacer desaparecer la tarde. Nos presentábamos como una agrupación escénica sin obra y sin formación, orgullosos de eso que nos convertía en vagos a ojos de muchos. En una de las tantas “presentaciones” que tuvimos nos encontramos con Donal Paz, actor y titiritero amigo de mi papá, que nos quiso ayudar para que el grupo tuviera sentido y no nos dedicáramos a la exclusiva actividad de perder el tiempo, y nos presentó a Godofredo Carranza, quien dirigió la parte de danza de la obra Un solo golpe al caite (de la que mi papá escribió el guión). El maestro Godo se convirtió en nuestro director de teatro, en mentor, patrocinador de pan dulce y cigarros, y amigo.

Un día leíamos una obra de teatro y realizábamos unos “poemas colectivos” sentados en las mesas de cemento del parque San José cuando se apareció la figura del cabello rizado que saltaba al caminar. El maestro Godo se levantó y le gritó: “¡POETA!”. Santos se quedó perplejo, fue diplomático y se acercó a nosotros. Nos acompañó en la mesa y comenzó a conversar. El maestro Godo con su candidez le mostró lo que hacíamos. “Están desenterrando cadáveres”, dijo Santos.

En ese momento no tenía idea de lo que hablaba el tipo de las greñas. ¿Cadáveres? Para nosotros eran poemas colectivos, algo que nos enseñaba el maestro Godo para ser solidarios, comunitarios y comunistas. ¿Por qué un poema sería un cadáver? Después de la conversación con Santos nos dimos cuenta que el ejercicio era algo que ya hacían los poetas del parnasso francés, y se denominaba Cadáver exquisito. Vaya bochorno y nosotros pensando que habíamos descubierto la sal del mar. La literatura comenzó a cobrar otro sentido desde ese momento, descubrimos el universo francés y la vanguardia literaria justo un siglo después de que la crearan.

No tardamos en buscar la compañía de Santos para escucharlo hablar de los poetas malditos, de la generación beat y sobre todo del poeta peruano César Vallejo. Pasaba buena parte de la mañana en su casa bebiendo café instantáneo disuelto en agua helada junto a él, en tanto lo escuchaba recitar de memoria los poemas del peruano. Y después lo acompañaba a los bares para realizar el ejercicio de oído: adivinar de quién era el poema que Santos recitaba. Ni sentía las horas aprendiendo con su conversación y la que tenía con el resto de sus amigos. Ninguna de aquellas conversaciones era sobre el frío o el calor, siempre era sobre literatura, filosofía y arte.

La bohemia se convirtió en la oportunidad de conocer otra parte del mundo, me ayudó a darme cuenta que había mucho más de lo que había aprendido y descubierto en mis escasos diecinueve años. La bohemia me abrió el apetito por el conocimiento.

Después la vida siguió su curso y me di cuenta que mi alma buscaba el equilibrio y el sosiego de la soledad con sus lecturas y ejercicios hasta que sentado en la terraza de un café observo a lo lejos aquellas calles en las que aprendí a amar la literatura gracias a Santos y a la bohemia.

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