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REFLEXIONES SOBRE EL MISTICISMO

Delia Weber, S.R.C. (No. 1)
(De la Revista El Rosacruz, Enero de 1962)
Búsqueda de la verdad

El misticismo es una doctrina de carácter metafísico que considera el mundo ideal suprasensible mucho más que el Universo físico.

El místico realiza una comunión espiritual, interior, con Dios. Busca a Dios por el camino de la Verdad; o la búsqueda de la Verdad lo lleva al encuentro de Dios. Su anhelo supremo es realizar a Dios en todos los actos de su vida, hasta convertirse en materia pura y digna de una total reintegración a Él.

El místico se forma por una labor de sedimentación espiritual muy lenta y muy ardua. En verdad que una vida no sería suficiente para escalar los peldaños de una cúspide mística.

El místico es aquel que, retirado del mundo y de su lucha banal, busca la divina luz; es aquel que, en la fragua del torbellino humano, sin poder o sin querer escapar de la acción, busca la divina luz, o aquel que a medias, a sabiendas o inconscientemente, entre soledades e inquietudes, también busca la divina luz. El místico espera la próxima oportunidad que le brinde el crisol de la vida, para templar mejor el acero de su alma. Incorpora a su continente, y suma a su realización, las sublimes verdades reveladas ya a los maestros iluminados. La divina luz que busca es la Verdad. Y la Verdad es el camino del origen; es el anhelo de la unión suprema –es Dios.

El místico ama la Verdad, busca la Verdad. Y, cuando la descubre, o la realiza, se siente poseído de una inefable e inexpresable alegría suficiente para transformar en luz las tinieblas, para descubrir y amar la Vida hasta en las piedras. Ahonda el místico serenamente en las raíces del dolor humano, porque sabe que el dolor de la experiencia alcanzada es la escala que lleva a la planicie más allá del dolor, en el ascenso hacia la perfección.

La gran verdad: la humildad

Entre las virtudes que trata de alcanzar el aspirante está la humildad –la flor más perfumada del jardín interno, la de mayor valor. La humildad, en el verdadero místico implica un conocimiento profundo de la psicología humana. Aparece como el ropaje que ampara y defiende la sabiduría verdadera. No es ignorancia del propio valer –el místico está bien despierto-; es verdadera consciencia de introspección; es verdadera consciencia del Todo.

La humildad libera al místico de despertar envidia y contraer la responsabilidad de sus consecuencias en su corazón. Lo libra de humillar a quien sinceramente crea estar más lejos de su grado en la posesión del conocimiento. Lo cuida de sí mismo, de su propia ufanía; lo protege de la vanidad de su propio destello. La práctica de esta maravillosa virtud suelta las riendas del Amor.

El maestro, el sabio o el santo perfecto, llega a la conquista unificadora del silencio, y aun cuando sus palabras son pocas, el discípulo sigue constantemente sus huellas, adivinándolo, descubriéndolo, comprendiéndolo.

La elocuencia del místico no es la del orador deslumbrante sino la del poseedor de la Verdad Perfecta. No es el relámpago fugaz que ilumina; es la luz permanente que disipa las sombras.

Las más grandes atalayas místicas que han pisado la Tierra –grandes sabios, grandes santos, redentores y guías de la humanidad- ni siquiera han escrito ellos mismos su mensaje. Porque no han podido limitarse; porque el mensaje está incorporado a su consciencia en tan perfecta y única unión de pensamiento, palabra y obra, que sería algo imposible para ellos desglosarse para considerarse a sí mismos y cuidarse, como el artífice, de estar seguro de la perfección de la obra y de la consideración de la posteridad.

El verdadero místico no siente esta preocupación, ni este temor. Es él en sí mismo la unidad perfecta, indivisible. Es él mismo la llama del fuego que se levanta hacia arriba, sin cesar, hasta consumirse. Sencillamente él es. Tiene consciencia de sí mismo como acopio integral de la substancia divina, más allá de los grados terrenales, por la vía láctea.

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