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Queda la palabra

Javier Alas,

Antologador

 

Dentro del universo literario, quizás el del antologador sea el trabajo más detestado, empezando por el antologador mismo. En algunos aspectos hasta cruel, en la labor de seleccionar lo que queda y lo que se rechaza, fácilmente pueden cometerse verdaderas injusticias; tanto en lo que se deshecha como en lo que se acoge.

El resignado antologador ejecuta, pues, su trabajo de escoger. Pero mil cabezas tienen sus particulares criterios, sobran las opiniones y no escasean las críticas. Esto no significa que mil cabezas cristalicen una mejor antología, sino solo mil antologías distintas, con profusas sazones.

Incluso tratando de la misma materia, una antología resultará disímil si es abordada de forma independiente por personas distintas. En los conceptos y en los gustos está la variedad, o algo similar. El antologador no es un demiurgo, sino un hombre de letras con, asumimos, buena fe, y luces y alcances propios. Su antología, así, es válida: plausible o cuestionable, pero congruente con su concepción. Dice el refrán que la pera no puede dar olmos, ¿o sería al revés?

Luego, ¿cómo dos cabezas logran ponerse de acuerdo, digamos la de Enrique Sorto Campbell y la mía, ambos en calidad de compiladores, sobre la materia de escritores en la universidad donde laboramos? La calidad es un primer criterio, fundamental. El haber laborado o seguir activo en la universidad es el requisito. De hecho, es el concepto: escritores en la universidad, narradores, ensayistas y poetas; filósofos y académicos, investigadores, y eruditos. Y más poetas.

Me uní al proyecto de la antología cuando este llevaba un tiempo de gestación y cierto avance. La idea de una publicación de escritores de la universidad, claramente era no solo afortunada, sino lógica, porque la universidad ha sido y es prestigiada por literatos de reconocida pluma, empezando por los propios rectores, antes David Escobar Galindo, ahora Enrique.

Y, como figuraban suficientes nombres, en algún punto la opción de elegir algunos se tornó más viable. Es la naturaleza de una antología, seleccionar, si buscamos su raíz griega, aunque mi profesor de lógica de la universidad me rete, por explicar un término recurriendo su mera etimología. Porque el vocablo y el profesor de lógica no pueden bañarse dos veces en el mismo río, se sabe.

Abordamos así la tarea de establecer a quién se admitiría y a quién se descartaría, y nos preguntamos, por última vez, quién, en su sano juicio, emprende la tarea de cometer una antología. Pero justo entonces destelló otra perspectiva con mayor fortuna y hasta consuelo. ¿El aspecto educativo de una antología? Sí, porqué no. ¿Su carácter difusivo? Además. Y rendir homenaje a los que ya partieron, y a los que quedan. También la luz salva.

Un poeta de Islas Canarias, gusta de mirar a las antologías como mapas literarios. Es una bonita conceptualización, o «guapa», como diría él, Ernesto Suárez. Un mapa literario del mundo sería hermoso, o el mapa de un país, el de una ciudad. O, en este caso, el mapa íntimo de la Universidad «Dr. José Matías Delgado». Pero qué mapa guapo, está majo.

Y poco a poco los nombres fueron dando corpus al volumen. Y hubo el alivio de que construíamos, pieza a pieza, voz a voz, una antología. Una selección, no un compendio. Un ramillete, no una enciclopedia. Narrativa, poesía y reflexión de tono filosófico. Desde el autor más joven, Mario Zetino, a Escobar Galindo y Carmen González Huguet; estos últimos, Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística 2011 y 2017, respectivamente.

Por las circunstancias del caso, hicieron falta en la obra dos, tres autores, cuyas pesadas ausencias lamentamos. José Enrique Silva, Ricardo Bogrand… Los trece restantes pueden con propiedad representar la esencia, el concepto, de escritores en la universidad, de la universidad.

Con algunos autores solemos cruzarnos por los pasillos, el café puede ser opcional. Algunos ya han partido hacia otros mapas invisibles, y unos más honran con su presencia otras coordenadas de un mapa mayor. Pero su palabra queda, sigue aquí, entre nosotros. Y es una palabra con aspiración de horizonte.

 

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