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QUE SIGA LA FUNCIÓN

 

Marlon Chicas

El tecleño memorioso

Escudriñando en la memoria se viene la imagen cuando en agosto de 1974, en el lugar que ocupa actualmente el Colegio de Altos Estudios Estratégicos, frente a la otrora Feria Internacional, se ubicó –en ese año-  los tradicionales juegos mecánicos y circos de las fiestas agostinas.

Allí se instaló uno de los más famosos circos internacionales llamado Bartok. En su fachada principal yacía la figura de un payaso tocando un enorme trombón. Recuerdo una carpa con bellos colores, maravillosas luces y el característico olor a aserrín. En su interior, una galería con descansa-pies; en el palco, sillas metálicas coronadas de almohadones, para las tiernas, y no tan tiernas, posaderas de los espectadores.

Generalmente, en la temporada de agosto son frecuentes, en nuestro medio, las tormentas acompañadas de fuertes vientos, que arrancan lo que encuentran a su paso, provocando pérdidas a muchos circos, juegos mecánicos y ventas instaladas para la temporada, tal y como le ocurrió, en una ocasión,  al maestro de los payasos salvadoreños, el grandioso “Chocolate”.

En esas fechas, dispuso mi hermana mayor (+) invitarnos a mi hermano y a mí, a disfrutar de tan atractivo espectáculo. Ataviados con nuestras mejores galas, iniciamos el viaje a ese mundo de fantasía. Realizando la cola de rigor para adquirir los boletos, ingresamos al sagrado recinto de la risa, con la emoción de disfrutar de aquel espectáculo.

En su interior, una multitud de padres, madres y abuelos, con sus hijos y nietos, esperaban, impacientes, el inicio de la velada artística, en tanto una grave voz anunciaba por un parlante: “¡Señores artistas primera llamada!” En el escenario, el personal técnico afinaba detalles de sonido; en tanto, el operativo, adecuaba la pista para evitar algún percance con los artistas.

Cuando todo estaba, aparentemente listo, y la emoción había llegado a su máximo nivel,  sobrevino una fuerte corriente de aire, acompañada de sonoras ráfagas de lluvia, que  estremecieron los mástiles de la carpa, la que amenazaba con caer sobre el público asistente. Las carpas laterales bailaban al son del huracanado viento, en tanto la cúpula central del circo parecía alzar el vuelo hacia el gris turbulento del infinito.

Por su parte, mi hermana mayor, extendió sus brazos para cobijarnos amorosamente, suplicando al Divino Hacedor calmar la furia de la madre naturaleza; en tanto el dueño del circo, con ojos llorosos, y cara de preocupación, se inclinó en la tarima principal rezando al Creador para que cesara aquel inesperado acontecimiento. A los ruegos de muchos padres y niños ahí reunidos, sobrevino una repentina paz que aquietó el agua y el viento.

Luego del monumental susto, el Maestro de Ceremonia vestido de levita roja, botines negros y sombrero de copa, externó: “¡Después de la tormenta, qué siga la función!”. Una pléyade de artistas arribó, arrancándonos risas, gritos y aplausos. Definitivamente fue la mejor manera para festejar, desde el circo,  al Divino Salvador del Mundo. Así que, no lo olviden, donde estén y cómo estén: ¡La función debe continuar!

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