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POEMA DE LA ROSA MUERTA

Por Julio Enrique Ávila

Inédito

 

Era una noche tan obscura, tan irremediablemente obscura,

que no me encontraba ni a mí mismo.

En esta noche sin cielo, la sombra había huido

y las luciérnagas,

lágrimas de algún lucero en pena,

se habían apagado…

Era una noche tan obscura

que hasta la sombra había huido!

 

Y era un silencio tan pesado,

que un ave no habría podido volar.

Ni un ladrido, ni un croar en el estanque,

ni un grillo con su desvelo,

ni el caer de una hoja.

Un silencio tan angustioso

que hasta mi propio aliento

me causaba espanto.

 

¿Por qué estaba yo allí,

encadenado, inmóvil,

sin poderme escapar?

Cómo añoraba un rayo de luna

para aferrarme a él.

Cómo añoraba un ruido,

aunque fuera un sollozo;

para asirme a él.

 

Si yo era tierno como un niño,

tierno y cobarde como un niño,

¿Por qué mi alma y mi cuerpo

estaban fríos y duros

como de pedernal?

¿Por qué estaba yo allí,

encadenado, inmóvil,

sin poder escapar?

 

Cómo me dolía el apego a la vida!

Cómo me dolía, cómo me dolía

el apego a la vida!

 

De pronto, en mi mano entumecida

tembló algo como un aleteo,

algo suave, liviano y húmedo

como mojado en sangre…

¿Sería alguna mariposa destrozada

que buscaba refugio?

De seguro era algo más tierno,

algo más tierno y más cobarde que yo!

 

Cómo me dolía ser tan tierno y tan cobarde,

y estar temblando, estar temblando,

y sentir en mi mano aquella cosa,

suave y liviana como un aleteo,

aquella cosa frágil que buscaba refugio

en mí, en mi mano fría y dura

como de pedernal.

 

Luego un viento errante, que aullaba,

estremeció la noche.

Y estremeció mi alma,

y estremeció el silencio,

y estremeció hasta el misterio

de las cosas muertas.

 

Tras el viento la nieve.

Era como un tropel de osos polares

que mordieron mis carnes y mis huesos.

Yo no la vi ni la oí – ¿cómo verla

y oírla en aquella noche, en aquella noche ciega y sorda?-

pero adiviné su traje impalpable de fantasma.

Y más que nunca, más que nunca,

me dolió el apego a la vida!

 

Al fin, al fin! un fugitivo rayo

penetró en la noche, tímido y rastrero

como el pequeño río

cuando se entrega al mar.

Y a su luz pasajera,

vi, con asombro,

lo que había en la mano…

Lo que había en la mano!

 

No era una mariposa destrozada… No!

Lo que había en mi mano era un milagro…

Era un milagro!

En mi mano fría, casi congelada,

había florecido una rosa!

 

Era un milagro trágico!

En mi mano fría, casi congelada,

había florecido una rosa,

y yo no lo supe hasta que estaba muerta!

Y yo no la vi, ni la aspiré,

hasta que estaba muerta!

 

Hubo luego un resplandor

de bosques incendiados.

Amaneció. Y entonces comprendí

que todo estaba muerto.

 

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