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Paran, suben, bajan, arrancan

Patricia Hernández Lovo,

Escritora

Paran, suben, bajan, arrancan, paran, suben, bajan, arrancan, paran, suben, bajan, arrancan. Multipliquemos esto por 8, por 7, por 365, por 10, por 15, por 20, quién sabe cuántos años. La monotonía es la realidad de la mayoría de los conductores del transporte colectivo en El Salvador.

La gente no es gente si no se le identifica como gente. Para los teóricos, el auto-reconocimiento y el heteroreconocimiento son los componentes esenciales de la identidad. Es decir cómo creo que soy, y cómo creen los demás que soy.

Abordo unidades de transporte colectivo una tras otra, tras otra, tras otra, números específicos, números al azar, para estar en casa, para estar perdida. ¡Quién sabe! Lo mismo da. Pero sólo desde este año he tomado una firme decisión y es simple: saludar.

Si nos saludan nos sentimos contentos, apreciados, humanos. Si no nos saludan, somos cosas, objetos, monstruos. Las cosas y los objetos son inertes, los monstruos rechazados, temidos, repudiados, son lo otro, lo deshumanizado.

A los buseros les falta amor, reconocimiento social, su labor no es fácil, sufren, al igual que todos, del hacinamiento y la mala vida de nuestro diminuto país tropical. Si los saludamos, los volvemos humanos: buenos días, buenas tardes, buenas noches, feliz viaje, muchas gracias. Los jalones, golpes y empujones podrían disminuir con solo cinco frases al día si todos nos propusiéramos hacerlo.

“¡Ay qué moralista esta chava! Ya se viene con los buenos modales y los principios, qué aburrido, mejor dejo de leer”. Si usted lo desea, a este punto, puede dejar de leer, pero como sé que no es un alienado más, no lo hará.

La idea que aquí propongo es, que, en lugar de subir, tirar unas monedas, esperar un vuelto, evitar el contacto visual y buscar un asiento, nos detengamos diez segundos a emitir una frase de dos palabras que nos enseñaron cuando éramos chiquitos: el saludo.

 

Quizá si todos lo hiciéramos las actitudes cambiarían, el monstruo dejaría de ser monstruo, se humanizaría, “como nosotros” que somos “buenos ciudadanos” y vestimos de oficina y de chaqueta. Quién sabe, tal vez el índice de accidentes por maltrato al usuario disminuiría radicalmente.

En fin, no nos falta calle, ni a ellos escuela, solo sentido común, empatía, cortesía elemental. Como el agua, el saludo no se le niega a nadie, ni aunque nos vulneren o abusen, ni aunque nos avienten e insulten. Al final la gota siempre rompe la piedra, siempre cala, siempre abre caminos. Quizá la piedra seamos nosotros los de a pie, los que pensamos con “sosiego”, sin ruidos, sin esquelas, sin carreras, sin pitazos.

Sí, y quizá actualmente seamos nosotros las víctimas, pero ese “energúmeno” que nos avienta las monedas no se ha construido solo, es un molde, un prototipo que los sistemas crean poco a poco con cada arrancón de motor. Estos sistemas que en teoría deberían ser: “conjuntos de funciones que operan en armonía y poseen reglas que regulan su funcionamiento”, son muchas veces causantes de los peores males. Acá no nos referimos únicamente al sistema económico o político, acá hay patrones complejos mucho más fuertes. Como sabemos existen subsistemas dentro de un sistema. Al referirnos a subsistemas hablamos de pequeños grupos que también poseen sus propias normas para operar y en una sociedad tan vasta como la nuestra, estos grupos se diversifican: “mimos, cantantes, sicarios, superhéroes, amigos, enemigos, casa, calle, rangers, pussy, pobres, ricos…”

En fin, un variopinto conglomerado de seres vivos pululando en un perímetro del tamaño del lago Titicaca, interesante, ¿verdad?

Regresando a los ‘buseros’, la mayoría de estos individuos que llamamos “energúmenos”, generalmente, se identifican con ‘la calle’ al final de cuentas, es éste su ecosistema, su subsistema, al menos durante sus horas de labor. ‘La calle’ que podría definirse como: la astucia de ganar la partida a los problemas cotidianos con el menor esfuerzo posible, de sabérselas de todas todas, la escuela de la vida. ‘La calle’ es amoral dirán muchos, es empírica, no tiene reglas claras, es sucia, es fea, es indigna, no obstante ‘la calle’ también es cultura y a todos nos hace falta un poco de esa cultura. “La calle” bien empleada es muy útil en países como el nuestro donde los recursos son limitados, donde los depredadores acechan para robarte el hueso, donde el hacinamiento te lleva a matar. En “la calle” la gente aprende a hermanarse a defenderse y defender a los suyos. En la calle hay pasiones e instintos, lazos inquebrantables, hay sangre por sangre, emociones y sentido común, de grupo de pertenencia, los extraños son ajenos, distintos. Es por eso que nosotros, los transeúntes somos percibidos como distintos, como ajenos a su mundo, aunque quizá seamos más parecidos de lo que creemos. Lo que aquí se expone no es una tesis sociológica acerca de la identidad de los ‘buseros’, faltaría más, es más bien un llamado al sentido común y a un pragmatismo humanizado, todos somos personas y nos gusta ser tratados como personas, y mientras no existan máquinas que conduzcan un autobús, habrá siempre un ser humano, con el que habrá que lidiar como ser humano.

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