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De po-Ética re-Volucionaria Nostalgia y Esperanza de Guerr(ill)a III

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

[email protected] /

https://nmt.academia.edu/RafaelLara

Desde Comala siempre…

 

IV.  Desenlace arquetípico en re-Volución

Los dioses —el estado y el poder político— sólo se calman por el sacrificio de los mejores…

El sesgo poético le concede a la idea de revolución un sentido singular.  La alza más allá del concepto político de cambio brusco por “la intervención directa de las masas […] cuya energía se volatiliza sin organización dirigente” (L. Trotzky).  También ilustra su empeño más allá de los cambios de paradigma científico que desarrollan perspectivas copernicanas del objeto a analizar (T. S. Kuhn).  En ambos casos, el representante sustituye al representado.  Si el cabecilla se legitima en el pueblo; la ciencia lo realiza en el objeto inerte.  Se asigna la ley jerárquica: “a unos corresponde por naturaleza aplicarse a la” ciencia “y al gobierno del Estado”, “a los demás obedecer” (Platón, V: 474b).  Más actual, en Rosario Castellanos ese reparto de oficios la establecen “los oficiales del puerto”, quienes rigen “el transito terrestre”.

Por lo contrario, en una poética de la revolución, el prefijo (re-) desglosa su trayecto en ciclo.  Ciclo de vida y ruptura.  Así lo especifica el poeta británico William Blake desde finales del siglo XVIII e inicios del XIX.  En su interpretación del “Libro de Job” (1825), la revolución ocupa el lugar central de las cinco etapas del instante poético, a saber: inocencia, experiencia, revolución, noche oscura y nueva vida.  Tal es la visión en espectro a desglosar en seguida.

Luego del candor receptivo del aplauso, la experiencia impone una vida de castigos y rencores.  La “inocencia” ofrece la “vida pastoral”.  Las atenciones plácidas las descalabran acusaciones de impiedad, error y abandono de la Ley suprema.  Tal profanación la explica la afición satánica de la propia poesía: del poeta mismo.  Quebrantado de salud, pierde credibilidad, amigos y posición social.  Lo acusan de traición a los principios más elementales: desacato al poder, inmoralidad pública, locura endémica, derroche de palabras sin sentido, etc.  Censurado por todos, debe reconocer su propia culpa la cual atenta contra el nuevo orden.

Si acaso no merece la pena capital, debe postrarse ante la Ley y reconocer su grave infracción.  De la ofensa pública —la perfidia privada— derivan la enfermedad y ruina social.  Ambas las amerita por su vida disipada y afrentas continuas.  Sin confesarlas —sin excusarse de los agravios reincidentes— el cuerpo y el alma lo corroen.  Las enemistades se vuelven pústulas indelebles.  Casi nadie le habla, ya que el exilio y el aislamiento consignan su culpabilidad.  La razón y la justicia siempre se compaginan con el poder, en un giro cambiante de derecha a izquierda, viceversa.  La falta de sumisión confiesa la mayor maldad, la de pertenecer “al bando del demonio”.

En ese instante poético se realiza el adagio “sólo en soledad, solitario y solo.  Como el loco en el centro de su locura” (L. Cardoza y Aragón).  Ungido por la re-volución, el poeta no merece el triunfo, ni tampoco anhela imponer su lógica por la autoridad que siempre justifica la Verdad única.  En cambio, “cuestiona” el propósito de su vida personal en el contexto re-volucionario.  La “selva de la noche” le atribuye la “estéril hojarasca de errores”.

Excluida de todo honor —proscrita por el poder político y académico— la poesía re-volucionaria alza su derecho po-Ético.  La poesía —se insiste— edifica una escritura de la historia desde la vivencia en ruinas del hecho revolucionario.  Así lo consignan dieciocho poetas en esta antología: trece hombres; cinco mujeres.  Ellos vislumbran en la paz —en el triunfo electoral— los escombros de sus ideales.

En revancha, siempre debe “impedirse “ que la  poesía “ofrezca en las representaciones de los seres humanos […] una imitación viciosa, desprovista de nobleza y de gracia”.  De lo contrario surge “el temor que los guardianes del Estado contra-ataquen” (Platón, Libro III).  Como en antaño, “sólo deben admitirse en nuestro Estado los himnos a los dioses y las alabanzas a los hombres” en el poder (Platón, X: 67a).  La desobediencia constituye la mayor afrenta, al “no obedecer al que manda” (V: 472b).  La amenaza es clara: “no permitirles componer poemas en nuestro Estado” (III: 401b).

Asimismo, en esos añicos de huitztes puntudos, la poesía funda una ética.  Por el hecho mismo de nombrarse, la revolución es acto po-Ético que dirime su resultado.  Su república ideal anhela siempre la loa que alabe su labor a ritmo de poesía.  Empero, “la victoria del vencido, del oprimido, es clara:” la poesía “tiene mayor altura moral que” el poder político, al cual no se doblega (C. Jung, “Respuesta a Job” (1952)).

Por su auto-conciencia, no necesita de un objeto —hacer de otra experiencia un objeto— para asegurar su existencia superior por un decreto de la razón.  “El/La poeta habla de sí sin desviar el pensamiento hacia lo ajeno”; imita (mimesis) la vivencia” propia (Platón, Libro III).  Bajo el imperio de la técnica —ante el reino de la política— el oficio crítico e inventivo de la poesía jamás desfallece.  Asevera la primacía por “la imitación de la experiencia sensible” sin intermediario ajeno (E. Aurbach,”Mimesis” (1942)).  En lenguaje coloquial, la poesía se sitúa en las antípodas del “entonces dijo que le dijo…”.

En coro, la revolución no expresa la apoteosis del triunfo —la toma del poder— ni declara la dinastía estatal de la inteligencia.  Tampoco el análisis reemplaza los sentimientos ni el cuerpo vivo del ser humano.  Por ello “la superioridad de” la poesía “no podrá ser ya eliminada del mundo” (Jung), salvo de cercenar la lengua de su función creativa primaria.  Entonces ya no expresaría la auto-reflexión, ni le atribuiría cualidades culturales a lo natural.  Ya no habría discurso político ni científico, salvo en algoritmo predecible.

Entretanto, antes de levantar los muros de la utopía técnico-racional —el nuevo cambio— la poesía levanta brazos y palabras.  Perpetúa el antiguo arquetípico de la “revolución”, en el sentido que Blake le atribuye a su antecesor: Job.  Se reitera, el verdadero revolucionario enfrenta “la noche oscura”.  Se la impone el pacto político de la traición, el régimen del poder de sus antiguos camaradas.  Los nuevos regentes del poder remedan los gobernantes de la “república” platónica, cuya preferencia honra el rédito político, mientras a “pleamar” la poesía es “la hija de los desastres” (Alberti).

Su autoridad señala e inculpa a esa “buena revolucionaria” quien a coro entona el versículo XII:4 de Job (véase ilustración “VIII.  Revolución” y leyendas).  A sabiendas que la “revolución” “de noche taladra los huesos en mí, y no descansan los dolores que me corroen” (XXX:17), la esperanza la sella el porvenir distante.  “Es breve el júbilo de los malvados, Y un instante [¿un siglo?] dura la alegría del impío?” (Job, XX:5, véase ilustración inicial).

 

Ilustración VIII.  Revolution (Revolución), Blake.

Al centro, brazos alzados, la poesía re-volucionaria declama:

Que sea estéril aquella noche, No entren en ella gritos de júbilo (Job iii: 7).

“Perezca el día en que yo nací (Job iii: 3)

Entonces se sentaron en el suelo con él/ella por siete días y siete noches sin que nadie le dijera una palabra, porque veían que su dolor era muy grande.

(Job ii: 13).

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