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Océanos: emergencia climática y desequilibrio ecológico

Marc Cerdà i Domènech 

Tomado de Agenda Latinoamericana

Los océanos se encuentran en las puertas de un colapso ecológico sin precedentes. La elevada presión antrópica a la que están sometidos amenaza trágicamente el papel fundamental que juegan en el desarrollo de la vida acuática y terrestre. Dentro de este marco, el desarrollo del sistema urbano-agroindustrial capitalista en los últimos 50 años, sin duda, ha multiplicado los conflictos ambientales marinos configurando un escenario de desequilibrio ecológico y climático a gran escala. En el presente artículo, se pretende exponer sintéticamente algunos de los principales impactos antropogénicos sobre los sistemas marinos derivados de la crisis ecológica y climática, así como sus repercusiones sobre las poblaciones humanas. En el año 2019, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) presentó el Informe Especial sobre el Océano y la Criosfera en un Clima Cambiante (SROCC). En él se detalló, con precisión científica sin precedentes, el impacto del cambio climático sobre los océanos. La conclusión más trascendental que se extrae de este informe es que, como resultado del calentamiento global, los océanos incrementan su temperatura más rápido de lo que se creía. De hecho, se calcula que los océanos han absorbido ya más del 90% del exceso de calor del sistema climático desde 1993. En continuar con estos ritmos, las proyecciones realizadas por los científicos del IPCC han situado el incremento de la temperatura superficial del océano entre 1,1 y 2,4 grados en el año 2050. Pudiera parecer poco significativo si no fuera porque este incremento supone en primer lugar, un cambio de las temperaturas del agua marina que repercute negativamente sobre la fisiología de ciertos organismos marinos. Y, en segundo lugar, un incremento de la desoxigenación, es decir, la reducción de la concentración de oxígeno en el agua del mar. De acuerdo con diferentes estudios realizados, el volumen de agua marina anóxica se ha multiplicado por cuatro en los últimos 50 años. Esto ha conllevado que actualmente, más de 245,000 km2 de superficie marina sea considerada como zonas muertas, es decir, zonas sin capacidad para soportar ecosistemas complejos. En consecuencia, el calentamiento de los mares podría reducir un 17% la biomasa marina a finales de este siglo afectando especialmente a los peces y mamíferos marinos, muchos de los cuales son especies de interés comercial para el sector pesquero. Al mismo tiempo, el incremento de las temperaturas marinas y atmosféricas es el principal vector del deshielo de los casquetes polares de Groenlandia y la Antártida y consiguientemente, del incremento del nivel del mar. Las reconstrucciones han permitido determinar que el incremento del nivel del mar se acelera desde el 1960. Es decir, el nivel del mar aumenta y lo hace cada vez más rápido. En este sentido, las estimaciones realizadas por el IPCC predicen un incremento del nivel del mar de entre 0,5 y 1 metros de media en el año 2100 dependiendo de los escenarios considerados, lo que afectaría aproximadamente, a unos 6 de millones de personas que viven actualmente, en zonas costeras vulnerables. Es más, según un informe de la Comisión Económica para América Latina, el incremento del nivel del mar tendrá un impacto severo en los 72.000 km2 de costa de la región, siendo los ecosistemas de México, Brasil y Colombia especialmente los manglares, los más perjudicados. Una vulnerabilidad que se traduce en la pérdida de 20.000 dólares americanos por cada metro cuadrado de playa perdido. Al mismo tiempo, los océanos son uno de los mayores sumideros que intercambian carbono con la atmósfera. Se calcula que los océanos absorben el 31% del dióxido de carbono (CO2) antropogénico emitido por la quema de combustibles fósiles. El incremento del carbono disuelto en las aguas marinas incrementa el proceso de acidificación dificultando la formación de estructuras carbonatadas de los organismos marinos, por ejemplo moluscos, lo que está disminuyendo la productividad total del océano. Pero como todo sumidero, la capacidad del océano para almacenar CO2 atmosférico es limitada y que se verá reducida en los próximos 30 años. Sin capacidad para absorber más carbono, los informes prevén un incremento del CO2 atmosférico y la subsecuente intensificación del calentamiento global.

Una de las primeras conclusiones de los impactos del cambio climático sobre los océanos es su repercusión en los ecosistemas marinos y sobre los recursos pesqueros. Esto es significativamente relevante en cuanto la pesca constituye una fuente alimentaria primordial en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe así como también Asia y África. Si bien es cierto que el cambio climático constituye la principal amenaza para los recursos pesqueros, no podemos obviar que otras prácticas han contribuido significativamente al deterioro de los recursos pesqueros. Entre ellas cabe destacar las prácticas abusivas de la pesca industrial que ha dejado los principales caladeros mundiales en estado crítico. De hecho, según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el 33% de las especies marinas con valor comercial están sobre explotadas. Una situación crítica que se intensifica como resultado de la contaminación de las zonas costeras y la presencia de plásticos en las aguas marinas. El potencial descenso de los recursos pesqueros obviamente supone un reto humanitario y podría poner en peligro la seguridad alimentaria de millones de personas en todo el mundo. El contexto ecológico de los océanos y mares no es para nada alentador. Lejos de ser una cuestión meramente intrascendente, el impacto del cambio climático, el deterioro de los hábitats marinos o la pérdida de biodiversidad tiene consecuencias severas sobre la calidad de vida de las personas. Aun así, hay señales de esperanza. Un estudio reciente ha demostrado que los océanos pueden recuperar entre un 60% y un 80% de la biodiversidad marina y los hábitats en 30 años. Para ello será necesario reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y el consumo de energía. Asimismo, reforzar los mecanismos de colaboración entre las autoridades gubernamentales para mejorar la protección, restauración y gestión sostenible de los recursos marinos y ampliar la red de áreas protegidas marinas. En este sentido, los países de América Latina y el Caribe ya son una de las primeras regiones del planeta en conservación marina cuadruplicando en los últimos años, la extensión de sus áreas marinas protegidas. Indudablemente, muchas otras regiones seguirán este ejemplo.

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