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Observaciones sobre ciencia, poder político-militar y cuentas insaciables de resultados (I)

Eduard Rodríguez Farré y Salvador López Arnal

Papeles de relaciones ecosociales y del cambio global

1. Si de relatar y resumir se trata 

  Los seres humanos somos sobre todo seres que cuentan historias, según nos enseñó el malogrado Stephen Jay Gould. Organizamos el mundo que está a nuestro alcance o sobre el que pensamos como una serie de relatos. Este es el nuestro para esta ocasión.

En torno a 2011, ExxonMobil ya había destinado unos 16 millones de dólares a financiar una red de más de cuarenta “organizaciones de base” opuestas a los estudios científicos que demostraban el cambio climático antropogénico, a reclutar a científicos (¿científicos?) para la publicación de artículos (generalmente no reseñados ni evaluados por colegas e investigadores) en los que cuestionaban los hechos, pruebas y argumentos reconocidos por la gran mayoría de la comunidad científica, y a facilitar la intervención reiterada de estos “expertos” en los medios de información, también de intoxicación por supuesto, con la finalidad de sembrar la duda y la confusión entre sectores, lo más amplios posibles, de la opinión pública norteamericana [1].

Quien habla de ExxonMobil puede hablar de TEPCO [2] y recordar la generosa e irresponsable ayuda, cuando no sumisión, del gobierno nipón y de numerosos científicos y técnicos convenientemente remunerados. En el puesto de mando las directrices e intereses de la multinacional japonesa propietaria de Fukushima y sus alocadas aventuras productivista [3]. El color del dinero deslumbra, puede deslumbrar.

Si a ello sumamos los fraudes científicos, algunas informaciones o declaraciones poco cuidadosas o tergiversadas en los media, los especialistas acríticos y los escándalos sobre conflictos de intereses que aparecen con frecuencia en la prensa generalista, e incluso en revistas especializadas, la conclusión parece inferirse con fuerza huracanada y en absoluto discutible, la disidencia queda anulada, a riesgo de ser tildado, sin derecho a réplica, de ignorante y reaccionario en grado sumo. Más allá de momentos y personajes heroicos (Galileo, Servet, Einstein, Betune, Vavilov,…) la ciencia y la tecnología contemporáneas, se afirma, son instrumentos de indudable y probada eficacia, al servicio del poder político (especialmente de su arista más peligrosa, desequilibrante y antihumana, la atómico-militar) y del otro gran poder, éste algo más oculto, el que ostentan y poseen las principales corporaciones del mundo. Ningún racionalismo completo y humanista que se precie y toque realidad, se sostiene, puede aspirar a alianza alguna con la tecnociencia actual. Nuestra tecnología, nuestra ciencia no es un instrumento de emancipación, como se pensó ingenuamente en épocas ilustradas, sino más bien de todo lo contrario, de sumisión, explotación y ecosucidio. Q.e.d., queda demostrado, por decirlo a la forma euclidiana.

Comentar, discutir, ampliar la perspectiva de análisis, aquilatar, refutar en más de un punto, matizar –noción clave en este texto- es el objetivo central de este artículo, un trabajo pensado desde una convicción gnoseológica que toma pie en una reflexión de los años sesenta del siglo pasado del filósofo y lógico (y maestro nuestro) Manuel Sacristán (1925-1985). La esencia de la ciencia, escribió en el número 2 de la revista clandestina Horitzons

[…] se encuentra mucho más en las palabras del presocrático que grita “el Sol no es un dios, sino un trozo de piedra incandescente” [Anaxágoras] que en los servomecanismos de las máquinas electrónicas que computan los datos óptimos para la propaganda de la Coca-Cola (sin que con esto pretendamos, naturalmente, que la ciencia como técnica no sea un momento del concepto global de ciencia).

La ciencia positiva tecnificada moderna, proseguía, es una especialización de la razón, “determinada tanto por las condiciones de la producción moderna como por la específica resistencia de la naturaleza del hombre, dato natural dialécticamente cualificado por estas condiciones”. La ciencia, en el sentido pleno de su concepto, es, efectivamente, debe seguir siendo, la empresa de la razón: la libertad de la consciencia. Y, por supuesto, “la ciencia positiva como técnica recibe pues su impulso de la ciencia como razón”.

2. Si de reflexionar, opinar y matizar se trata

Si el realismo tiene mil caras, en el cómputo aproximado del gran filósofo analítico Hilary Putnam, la ciencia y la tecnología contemporáneas superan ampliamente ese número. Es asunto proclive a una alta y más que arriesgada tensión especulativa hablar en términos generales de las vinculaciones de algo tan complejo, diverso, amplio, en absoluto estático y con tan numerosas prolongaciones y variantes sociales, culturales, económicas, militares y políticas como es la tecnociencia contemporánea con instituciones tan o más complejas como las grandes multinacionales y los Estados y las organizaciones políticas (partidos, sindicatos, agrupaciones, agencias, organizaciones, fundaciones, etc), algunas, muchas de ellas si se quiere, aunque no todas por supuesto, a su servicio o bajo su orientación manifiesta u oculta.

Sin olvidar esa enorme complejidad, puede afirmarse de forma general, y sin riesgo de extravío, error o ceguera de dogma, que algunas instituciones políticas, los Estados entre ellas, a través de presupuestos o partidas económicas más o menos ocultadas, abonan y facilitan –y a veces intentan orientar- el desarrollo de determinadas ramas y programas de investigación por sus potenciales aplicaciones, especialmente las militares.

Por otra parte, a las corporaciones, fundaciones y mecenas asociados no les suele empujar como principal motivación de su intervención en este ámbito la pobre y desnuda aspiración gnoseológica de amor al conocimiento per se. No es éste el valor que rige sus actuaciones y sus ansias (monopolísticas) de ampliación de la cuota de mercado aunque, ciertamente, en otras casos lo que realmente impera es mejorar su imagen filantrópica. Los beneficios. la acumulación de capital, son sus metas centrales en el caso de la industria y, por supuesto, generan sus propias normas (confidencialidad, participación en beneficios,…) Estas no siempre o casi nunca casan bien con la búsqueda rigurosa e ininterrumpida, socialmente comprometida y crematísticamente no obsesionada que para muchos, también para nosotros, es o debe ser la ciencia. La verdadera narratividad, no la usualmente publicitada en encuentros y reuniones ad hoc, de las grandes multinacionales y los grandes poderes políticos, nacionales e internacionales, no suele tener páginas o escenas ajustadas al guión que hemos señalado.

Sin embargo, como en tantas ocasiones, matizar (matiz es concepto nos enseñó Manuel Sacristán), no confundir ni confundirnos, no tratar ni pensar reductivamente procesos y circunstancias muy heterogéneos, no unir lo que no de ninguna manera debe ser unido de manera automática (ciencia con poder, ejércitos, explotación, comodidad, servilismo y dinero) es también aquí punto básico. Si el cientificismo alocado [4] no es un humanismo prudente ni una aconsejable filosofía de la praxis tampoco lo son el simple (y fácil) antirracionalismo anticientífico o la descalificación global -y muchas o algunas veces muy desinformada- de las prácticas, finalidades y conquistas científicas.

Nuestra posición al respecto, expuesta de forma general, puede ser enunciada en los siguientes términos:

Una crítica frecuente irrumpe en tendencias relacionadas con lo que, erróneamente en nuestra opinión, suele denominarse saber o pensamiento “alternativo”. La ciencia, se afirma, sigue sumisa y al pie de la letra las directrices de gobiernos o grandes corporaciones cuyas prácticas pueden -incluso suelen, se remarca- transgredir normas consensuadas. Los científicos en general, algunos de ellos sin apenas resistencia, no tienen independencia real de criterio y actuación, están al servicio, sumisos conscientemente además, de esos poderes y de sus aspiraciones. La resistencia crítica es nula.

Pero no es así realmente, las caricaturas y simplificaciones no suelen ayudar a una comprensión ajustada. Tampoco en este caso. En ningún departamento, centro de investigación o facultad de ninguna universidad pública conocida (no entramos en el ámbito de los centros privados), se recibe un boletín oficial o unas exigentes directrices empresariales que obliguen a mantener una determinada posición en una disputa científica. Las novedades, controversias en numerosos puntos, temas y perspectivas, incluso en asuntos básicos, son “el estado natural”, el ser real de la ciencia y de todos los científicos que hagan honor a su nombre. En ciencia no existen, no deben existir dogmas ni directrices externas. La ciencia y el “sostenella y no enmendalla” son en general, no nos atrevemos a afirmar siempre y en todo lugar (las cosmovisiones y las implicaciones temáticas y profesionales directas ejercen su papel por supuesto [5]), ámbitos con intersección vacía. Así ha sido hasta ahora en la mayoría de los casos, así debe seguir siendo en el futuro por motivos poliéticos, por dignidad, por las propias características de la aspiración científica y en beneficio del propio desarrollo del saber humano.

Esa forma de hablar, el uso, frecuente en ocasiones, de la expresión “ciencia oficial”, no es correcta ni justa ni ajustada. La base “teórica” de muchos de los grupos y colectivos que se presentan como partidarios o generadores de una “ciencia alternativa” y más moderna es, en realidad, muy antigua y en general bastante o muy desinformada. Algunas veces se pregunta-insinúa: “y la ciencia oficial, ¿qué opina de este o aquel asunto?”. Los científicos que no han renunciado a serlo, la gran mayoría, no siguen instrucciones. Ni de gobiernos ni de las grandes multinacionales ni tampoco, si actúan con rigor y corrección, de sus intereses particulares o de colectivos afines. La opinión que suelen dar, y que sin duda puede estar equivocada o ser incompleta en muchos casos, es el criterio científico mayoritariamente aceptado por la comunidad de investigadores, por los practicantes de la ciencia normal por usar la conocida terminología (ciertamente gastada y algo imprecisa) del físico y filósofo Thomas S. Kuhn. Pero el colectivo como tal, esta o aquella comunidad científica, los científicos madrileños o argentinos o las científicas francesas, chinas o rusas no reciben ninguna instrucción de ningún organismo, público o privado, sobre lo que tienen que decir o sobre el modo en que tienen que manifestarse en determinado asunto. No habría verdadera ciencia, no se practicaría buena ciencia, no se ayudaría al avance del conocimiento humano en caso contrario. Quien obrara así no podría ser considerado miembro de la comunidad científica, su actuación sería criticada y rechazada.

En ciencia (y no sólo en ciencia como es sabido), la libertad de investigación y la honestidad en la generación y presentación de los resultados es esencial. También aquí, por supuesto, la corrupción, el engaño y el fraude, que no desconocemos ni justificamos en ningún caso, son huevos de serpientes muy dañinas y mortíferas. Pero no son, éste es el punto, norma ni ley ni práctica generalizada urbi et orbe. El espíritu crítico no puede, no debe transformarse en espíritu inquisidor.

Todo lo anterior no es obstáculo para reconocer la existencia de nudos mucho más sombríos que no pueden ser desconocidos.

Notas

1) Véase Chris Hedges, La muerte de la clase liberal, Madrid, Capitan Swing, 2015, pp. 104-105 (traducción de Jesús Cuellar).

2) Tokyo Electric Power Company, la empresa propietaria, entre otros reactores, de la central nuclear de Fukushima

3) Véase Eduard Rodríguez Farré y Salvador López Arnal, Ciencia en el ágora, Vilassar de Dalt (Barcelona), El Viejo Topo, 2012, cap. VI.

4) Lowell Wood es ejemplo destacado. Antes de convertirse en proponente de la “Opción Pinatubo” (rociar la estratosfera con sulfato para luchar contra el cambio climático), era conocido por estar detrás de los elementos más fantasiosos y militaristas del programa de defensa de la administración Reagan conocido como “Guerra de las Galaxias”.

5) Naomi Klein (Esto lo cambia todo, Barcelona, Paidós, 2015, p. 67) da el siguiente ejemplo: el 97% de los científicos en activo dedicados al estudio del clima considera que los seres humanos somos una causa importante del cambio climático; en cambio, entre los geólogos económicos, entre los científicos que estudian las formaciones naturales para su potencial explotación comercial por la industria extractiva, el porcentaje es apenas del 47%. Así, pues, má de la mitad de estos últimos opina o dice opinar que no existe un cambio climático debido a causas humana

*Eduard Rodríguez Farré es miembro del Comité Científico de la UE sobre Nuevos Riesgos para la Salud; Salvador López Arnal es miembro de CEMS (Centro de estudios de los Movimientos sociales) de la UPF

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